Capitalhumanismo.

Destacado

EL CAPITAL HUMANO.

PRÓLOGO.

 

“Ciencia económica” es un término que cada vez se extiende más en círculos economicos, atribuyéndosela sin rubor en análisis, estudios, y hasta simples artículos. Pero si lo analizamos en rigor, la inmensa mayoría de ellos, por no decir todos, ni siquiera intentan aplicar la metodología o el razonamiento científico. Esto es así porque, en vez de empezar de cero, a base de sólidos pasos, caminando cautelosamente sobre certezas, (“pienso, luego existo”, etc) casi siempre lo hacen a partir de un punto, un sistema económico, generalmente el dominante, sin explicar los procesos  mentales que hayan determinado que sea el más adecuado, y sin mediar la más mínima demostración de que lo sea, por supuesto. Y no sólo eso, sino que además, gran parte de estos escritos se centran en tratar de desentrañar el funcionamiento de tal sistema. Y eso es tremendamente perturbador…

Porque, si no conocemos en profundidad el funcionamiento y las implicaciones de tal sistema… ¿Cómo hemos llegado hasta él? ¿Se puede crear una máquina sin saber exactamente cómo funciona? De hecho, las máquinas no se crean para que “funcionen”, sino para realizar una función. Y es en base a la función que se le requiere como se realiza su diseño y se puede comprobar si realmente sirve a los propósitos planteados o no. ¿Qué función se le requiere a un sistema económico? ¿Qué fundamentos, en qué principios científicos se basan? La impresión que da es que tal sistema es una máquina que no sabemos exactamente cómo funciona, que no sabemos qué esperamos realmente de él y que nos limitamos a mantenerlo en marcha para ver a dónde nos lleva. Y que a eso llamamos: “ciencia económica”.

Pero si queremos desarrollar de verdad una ciencia económica, lo primero que debemos tener en cuenta es la universalidad de las mismas, es decir, las leyes de la ciencia deben tener validez en cualquier tiempo y lugar, del mismo modo que las leyes matemáticas tienen vigencia en todo punto del universo, y la tendrán desde el principio hasta el fin del tiempo. Así, una verdadera ciencia económica serviría para explicar los fundamentos económicos desde la prehistoria hasta nuestros días, y más allá. Y eso es imposible partiendo de un ordenamiento económico determinado. Un sistema económico debe ser el lugar de llegada de planteamientos y razonamientos lógicos, no el de salida.

Porque economía lo es todo, es decir, todas las posibilidades, todos los ordenamientos con todas sus variables, incluido aquellos que todavía ni hemos imaginado. En esas condiciones, acotarnos el terreno limitándonos a explorar uno o varios sistemas preconcebidos se antoja poco práctico o esclarecedor. Pero sobre todo poco científico. Por ello es preciso empezar determinando los principios y fundamentos de la economía, porque es la única forma de dilucidar hasta qué punto los distintos sistemas respetan o favorecen estos principios.

Así las cosas… ¿no tienen curiosidad sobre los resultados que ofrecería un verdadero análisis científico de la economía? ¿A qué conclusiones, pero sobre todo… a qué soluciones podriamos llegar? Pues siganme, porque la economía no es tan complicada como nos quieren hacer creer. Y los resultados les van a sorprender. Es más, les van a impactar. Sobre todo porque llegaremos a ellos a través del método científico, de razonamientos lógicos y por tanto irrefutables.

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Una cosa que debemos tener muy en cuenta es que, nos guste o no, no somos más que animales favorecidos por cincunstancias evolutivas. Y como tales, nos regimos por parecidos instintos, impulsos y motivaciones. Las acciones de unos y otros están determinadas por la búsqueda de recursos con los que saciar una serie de necesidades que empiezan en la misma supervivencia y a partir de ésta se puede extender a apetitos, caprichos o frivolidades. Eso ha sido así desde la más remota antigüedad, lo es ahora, y lo seguirá siendo en el futuro. De hecho, cuando nuestras naves arriben a otros mundos, seguirán topándose con el mismo problema: se encontrarán una serie de recursos con los que tendrán que cubrir una serie de necesidades. Si los primeros superan a las segundas, la colonización será viable. De lo contrario será precisa alguna aportación exterior, aunque sea bajo la fórmula del comercio.

Desde aquí hasta el último rincón de la galaxia, el problema de cualquier economía consistirá básicamente en administrar los recursos disponibles lo mejor posible. Y tales recursos serían:

-La materia prima, incluidos los seres vivos y sus productos.

-La energía capaz de transformarlos y transportarlos.

-La mano de obra y el conocimiento para dirigir estas transformaciones y darles valor, así como organizarlo todo de una manera funcional.

El correcto aprovechamiento de tales recursos garantizaría el éxito de cualquier ordenamiento económico, y es este grado de aprovechamiento el que determina la eficiencia de tales sistemas. Y basta un simple vistazo para darnos cuenta que los vigentes hasta la fecha adolecen de importantes deficiencias en la gestión de todos y cada uno de estos puntos.

Ahora bien… ¿son estos recursos iguales, tienen todos el mismo valor? Para empezar hay una diferencia fundamental: los dos primeros estan confinados bajo directrices físicas, no racionales, o bien siguen sus propios intereses, como es el caso de los seres vivos, de forma que podrían catalogarse como contenedores de valor, ya que de no verse alterados por una acción o trabajo humano, tenderían a mantener las mismas características, y en base a ello su valor, o esos cambios se sucederían de forma azarosa, no dirigida.

Mientras únicamente la actividad o el trabajo humano tiene capacidad de crear valor consciente. Cosa lógica además, ya que si una acción no añadiera valor a algo, no tendría sentido hacerla, por lo que no se podría calificar como un trabajo. Porque las acciones económicas humanas se pueden ordenar básicamente de tres maneras: aquellas que añaden valor o utilidad, que serían “trabajo”, aquellas que el resultado es indeterminado o mixto, y aquellas que restan valor y utilidad, que serían “consumo”.

Hay que tener en cuenta que, en economía, cuando hablamos de ‘valor’ nos referimos casi en exclusiva a ‘valor de cambio’. Para entender la diferencia habría que pensar en la tierra, el sol y el aire. Todos ellos tienen valor de vida y muerte para nosotros, sin embargo los dos últimos no tienen valor de cambio porque todo el mundo tiene libre acceso a ellos. Para que algo tenga valor de cambio tiene que haber al menos dos operantes y una carencia, escasez o necesidad. Por ello, lo que le da valor de cambio a la tierra no es su valor intrínseco, sino que no haya suficiente para todos o no todos tengan acceso a ella. Si la tierra se considerara un bien común, también ésta perdería su valor de cambio.

De esto se desprende que no habría valor de cambio sin la propiedad privada, y que ésta no tendría sentido sin la escasez. Y por esa regla de tres se puede intuir que es la escasez la que le da valor de cambio a la propiedad privada, y toda vez que es el trabajo humano lo único que puede mitigar o resolver esta escasez, por lógica se puede deducir que si queremos crear un sistema más eficiente, es el trabajo humano el que debe estar por encima y condicionar el valor de cambio de los contenedores de valor y los medios de producción, y no al contrario, por la simple razón de que, en contra de lo que solemos pensar, el valor de cambio expresa una magnitud negativa.

Esto es así porque si lo que crea el valor es el trabajo, es el trabajo el que debe marcar la unidad de medida del valor. De este modo, cuando algo tiene un valor de cambio alto medido en unidades de trabajo, significa un alto “consumo” de trabajo por unidad de producto, y por tanto menos unidades de trabajo disponibles para crear más productos y reducir la escasez; del mismo modo que una mayor eficiencia en el cultivo de tierras reduce la escasez de alimentos y con ello su valor de cambio, lo que a su vez afecta al valor de cambio del terreno. Hay que decir también que hablamos de trabajo cuando éste sólo es el medio, lo que soluciona la escasez no es el trabajo, sino la producción. Y cuando hablamos de eficiencia, por tanto, nos referimos a producción por unidad de trabajo.

Es interesante apuntar que si el mismo trabajo se pusiera en común, es decir, se pusiera a disposición de intereses comunes, podriamos encontrarnos con que ya nada tendría valor de cambio. Pero esto es muy complicado por una razón: el trabajo también tiene un precio, que al ser el de la unidad creadora del valor, se convierte en la verdadera medida del valor. Ya que… ¿por qué trabajamos? Como ya dijimos, no somos más que otra especie animal, y a éstos sólo hay dos formas de forzarles a realizar un trabajo; mediante la recompensa o el castigo (placer/displacer). Así, si trabajamos es porque obtenemos como fruto del mismo algo que nos proporciona más placer, o que al menos nos compensa el displacer sufrido. Lo mismo que los animales, es el placer el fin último de todas nuestras acciones, y por tanto la verdadera medida de nuestra riqueza y nuestro progreso. Por eso es tan complicado poner el trabajo en común, porque nuestro placer/displacer es personal e intransferible,  y por ello sentimos más justo y cómodo un pago individual e inmediato que un beneficio colectivo más progresivo y por ello más dificilmente perceptible y cuantificable.

Toda nuestra economía puede comprenderse en términos placer/displacer. De hecho y por extraño que pueda parecer, lo hace de manera más sencilla y sorprendentemente exacta, como demostraré. Aquí hay que tener en cuenta un hecho que es consecuencia de cambiar la unidad de medida del valor al placer/displacer; y es que al cambiar la unidad de medida o referencia, la perspectiva de todo cambia, entre ellas aquello que Marx definió como “plusvalía” y que ahora se nos presenta bajo un aspecto bastante diferente.

Salta a la vista que el displacer que nos produce el proceso de crear algo, no tiene por qué corresponderse al placer que obtengamos del producto una vez terminado. Pero es esta diferencia la que nos impulsa a realizar este esfuerzo o trabajo. Y en un sistema basado en el placer/displacer, este saldo favorable no puede llamarse de otro modo que “plusvalía”. Dado que progresivamente se facilita el proceso de producción, principalmente a causa del uso de maquinaria, el trabajo y el displacer se reducen de forma continua, mientras que la capacidad productiva aumenta y con ello el placer total por unidad de trabajo o displacer. Lo cual quiere decir que la plusvalía real, medida en estos términos, aumenta cada vez más, -y más deprisa- lo cual, realizando una proyección simple, nos revela que el estado ideal sería donde el trabajo o displacer fuera igual a cero, para una producción o placer máxima de forma sostenible. Ecuación que nos daría como resultado plusvalía infinita o al menos indeterminable, entre otras cosas porque el precio o valor de cambio tendería a cero. Por ello el valor de cambio expresa una magnitud negativa, porque la unidad de medida y de cambio sería el trabajo o displacer, ya que un intercambio en que ambas partes son beneficiadas, placer/placer, no precisa intercambio económico. Por ello, disminuyendo el trabajo o el displacer al mínimo, también con ello se reduce el precio o el valor de cambio. Y esto acarrea una consecuencia inesperada: un sistema basado en el placer/displacer sería un sistema deflacionista.

Esto nos deja también otra consideración; hemos hablado de plusvalías cada vez más importantes, pero… ¿quién se queda o quién se beneficia de esta plusvalía? Si el valor de cambio lo fijara el displacer (o trabajo) como sugieren los marxistas, el beneficiado sería el consumidor, que obtendría más placer del que paga. Por contra, si el valor de cambio fuera el del valor que tiene para nosotros el producto, (el placer) como expresan las corrientes liberales, el beneficiado sería el productor, que obtendría mucho más placer que el displacer sufrido. Aquí, aparte de que la plusvalía dejaría de girar alrededor del eje patrón-obrero, para pasar al de productor-consumidor, habría que tener en cuenta algo fundamental…

Es cierto que un trabajo puede producir muy distinto displacer a diferentes personas, pero la parte más decisiva del displacer que produce el trabajo es precisamente el tiempo de trabajo, y dado que el tiempo discurre igual para todos, eso homogeniza de forma importante el displacer de todo trabajo, de manera que los costes de éstos se mantendrán no sólo homogeneos, sino bastante estables. Por contra, el placer que nos produce un artículo, varía enormemente para cada persona, de tal modo que unos estarían dispuestos a pagar muchísimo, algunos no los adquirirían ni a precio de coste, e incluso otros no los querrían ni regalados. Esto quiere decir que mientras los costes permanecen bastante fijos o estables, la parte más flexible es el placer o valor asignado. Aparte de ello, necesitamos un sólo trabajo y en cambio precisamos muchas mercancías.

Esto hace del displacer o trabajo una medida de cambio mucho más precisa o eficiente que el placer o valor. Es así por varias razones: el trabajo es un recurso limitado, mientras que el valor no, por ello es mucho más fácil y coherente realizar nuestros cálculos con medidas más precisas y concretas. Pero lo más importante es que a esta medida no le afecta la producción, si acaso le beneficia por menor consumo de trabajo por la llamada producción a escala; mientras que el valor sí se ve afectado y reducido por la producción en masa.

Para entender todo esto, podemos poner como ejemplo algo sobre lo que no tenemos todo el control, como pueden ser las cosechas agrícolas. Pongamos que con cosechas normales el kilo de algodón se pagase a un euro. Si algún año ésta fuera mala y la producción cayese un tercio, es posible que los precios subieran a 1,30 ¿Cual sería entonces el precio “real” u objetivo del algodón? Eso no sólo no existe, sino que no es posible. Si el precio se mantuviera a un euro, el algodón se seguiría vendiendo al mismo ritmo, pero como la producción sería un tercio menor, para finales de agosto las existencias se estarían acabando. Y esto podría tener consecuencias desastrosas para muchas industrias, que tendrían que cesar su actividad, lo cual a su vez también afectaría a otras industrias, tiendas, etc. Además sería menos justo, ya que si el precio no variara, dado que la cosecha es menor, el agricultor recibiría un tercio menos por un trabajo que sería similar hasta el momento de la recolección. El precio no es sólo un cuantificador de valor, sino un eficiente agente para casar la oferta con la demanda.

Con la industria sucede parecido, salvo por unas diferencias reseñables: primero que la producción tiene que ver menos con el azar que con una minuciosa planificación, y segundo que esta producción se corresponde muchisimo más con el trabajo empleado. Pero por lo demás, el mercado funciona de forma parecida, y así, si el agricultor no ve mermados sus ingresos, al menos en la medida que desciende la producción, también ocurre semejante en la industria, sólo que ésta puede hacerlo de forma premeditada, y además disminuyendo sus necesidades de trabajo y por tanto sus costes. Lo cual quiere decir que no le beneficia producir demasiado.

Para verlo mejor podemos visualizar el valor como una pirámide erigida sobre un suelo con ligera pendiente, para expresar las diferencias de costes, de tal modo que la media de éstos fueran, por ejemplo de 5€. La cúspide de la pirámide estaría formada por lo máximo que alguien estuviera dispuesto a pagar por el artículo en cuestión. Pongamos que fuesen 10€. Así el beneficio por unidad sería de 5€, al igual que el total. Pero imaginemos que a 9.90 hubiese otros cuatro consumidores dispuestos a adquirirlo si ese fuera su precio. Tendriamos que elegir entre un beneficio de 5€ o cinco de 4.90 lo cual no deja dudas sobre la elección. Así las distintas capas de la pirámide albergarían más y más compradores en progresión geométrica (1-4-9-16-25…) a medida que fuera bajando el precio. Así hasta llegar al suelo y por debajo de éste, que reflejarían a los que ni siquiera estuvieran dispuestos a comprar a precio de coste.

Así, aunque nos pueda parecer que al productor le interesa vender lo más caro posible, en realidad su interés es obtener el máximo beneficio, y para ello debe bajar escalones de la pirámide para llegar a una gran masa de gente, a la vez que conserva la suficiente elevación sobre el suelo o precio de coste, para extraer un gran beneficio. En el ejemplo planteado eso se consigue a precios sobre 6.25, que significaría un 25% de plusvalía sobre el precio de coste. Producir por encima de lo que puede absorver ese nivel de explotación de la pirámide de valor, obligaría a bajar los precios, deteriorando rápidamente a partir de ahí el márgen de beneficio.  Evidentemente no sólo no hay dos pirámides de valor iguales, sino que estas mismas van cambiando con el tiempo y las circunstancias. Además los productores no están solos y teoricamente no pueden acordar el volumen de producción conjunto. En cualquier caso queda claro por qué los propietarios de los medios de producción no tienen ningún motivo ni incentivo para reducir la escasez.

De ello se desprende que la producción es la clave de todo, ya que es la que determina hacia dónde se inclina la plusvalía, de modo que si se produce mucho, los beneficiados serán los consumidores, en tanto que si es al contrario, el beneficio será para los productores. A las múltiples razones que ya hemos señalado que hacen más idónea la primera opción, se une otra verdaderamente determinante, y es que consumir lo hacemos todos, pero producir sólo algunos. Esto además se ve agravado por una característica de nuestro actual sistema, que es el trabajo asalariado. Es decir, el trabajo se compra y se vende como una mercancía más y eso lo coloca bajo sus directrices y hace que le afecten las leyes del mercado que hemos señalado. Esto provoca que al igual que con las mercancías, a los productores tampoco interese la creación en masa de puestos de trabajo. Al menos de trabajo productivo.

Incluso en cierto modo eso coloca al trabajo asalariado en circunstancias más parecidas a los contenedores que a los generadores de valor. Puede parecer exagerado, pero economicamente no hay tantas diferencias entre un asalariado y un animal de tiro. En ambos casos su valor estará condicionado por su capacidad de producción. Es cierto que en el primero sólo se compra su tiempo de trabajo, no el ser en sí, pero… conviene recordar lo sucedido durante una crisis romana del siglo II a.c. en que tras un periodo de rápidas conquistas el mercado se inundó de esclavos, de forma que se derrumbó su precio.

Como decimos, economicamente un esclavo tiene parecida incidencia al de un animal o una máquina. Todos ellos tienen un precio de compra, un coste de mantenimiento y un resultado de explotación. En ese sentido, casi se podría hablar de una “mecanización” masiva de la sociedad romana. Al igual de lo que en parte sucede ahora, esta “mecanización” amenazó los puestos de trabajo libre existentes, que tuvieron también que derrumbar los precios para poder ser competitivos. La situación llegó a ser tal, que es posible que los hombres libres llegasen a ser más rentables para los patricios que los esclavos, habida cuenta de que ni siquiera tenían que preocuparse de si les llegaba para comer, vestirse o si tenían un techo. Tanto más en una época plagada de enfermedades y epidemias, donde si perdías hombres libres, enseguida acudían otros, en tanto si perdías esclavos, reemplazarlos costaba su dinero. Esto quiere decir que ser “libre” en este tipo de sociedad y economía es tan relativo como hasta dónde verdaderamente llegue tu capacidad de elección.

La sociedad romana consiguió un explendor económico que en occidente tardó muchos siglos en volver a alcanzarse. Pero lo hizo sobre los hombros de millones de esclavos y el sojuzgamiento de otras sociedades. Computado en términos placer/displacer, el de éstos también cuenta, por lo que el éxito ya queda bastante ensombrecido. Pero si hablo de la sociedad romana es porque tiene similitudes muy interesantes con la sociedad occidental actual. También nosotros vivimos la época de mayor explendor, éste también en parte se debe a la dominación económica de otros paises. Y también nosotros estamos al borde de una mecanización masiva. Pero lo más importante es que si igual que sucedía con la sociedad romana, esta prosperidad es sólo para unos pocos, o todos podemos disfrutar de ella; si el saldo placer/displacer está aumentando o si en ese sentido estamos al borde de la bancarrota.

Todo esto nos da lugar a interesantes reflexiones, que además enlazan con el concepto de plusvalía marxista. Como dijimos, no somos más que otra especie animal, y que a éstos básicamente sólo hay dos maneras de impulsarles a realizar un trabajo; mediante la recompensa o el castigo. El capitalhumanismo sólo contempla la primera opción, porque es más eficiente, especialmente si la unidad de medida es el placer/displacer.

Por eso es tan importante aprovechar todas las unidades productoras, que toda la gente que lo desee pueda obtener un trabajo, ya que de no ser así no podría exigir a cámbio de éste la recompensa que creyese justa, y entonces ya no sería una sociedad basada en el libre intercambio de placer, sino que imperaría las relaciones de fuerza y poder, ya que una sociedad que amenaza al individuo con dejarle fuera de sus medios de producción, le golpea donde más le duele, su instinto de supervivencia, con lo que en poco se diferencia con arrebatarle el fruto de su trabajo con una navaja. Cuando alguien tiene que conformarse con lo que le ofrezcan, en vez de trabajar por lo que cree justo, sólo en parte trabajará por la recompensa, pero por otra podrá tener mucho más peso el castigo, la amenaza de perder el trabajo y su medio de subsistencia. Una sociedad o sistema económico basada en el miedo y el castigo, no es una sociedad libre, ni mucho menos feliz; es una sociedad salvaje y atrasada, de o para animales… o esclavos.

A diferencia del marxismo, el capitalhumanismo pregona que la plusvalía es la diferencia entre el displacer del productor y el placer que recibe el consumidor, lo cual situa al empresario capitalista como un intermediario entre ambos, cuyo hábitat es esta diferencia y se nutre de ella. Dado los actuales medios, habría bastante plusvalía para repartirse los tres, el obrero, el empresario y el consumidor. Así sería en un sistema más justo, pero cuando entra en acción el castigo, el capitalista puede hacer que el asalariado renuncie no sólo a su parte de plusvalía, sino que ni siquiera se sienta compensado por el displacer sufrido, aceptando por temor a un displacer mayor en forma de desempleo.

Pero también a diferencia del marxismo, el capitalhumanismo no pone el énfasis sobre la propiedad de los medios de producción, sino que para éste es suficiente la soberanía sobre el trabajo propio y el fruto resultante. Para ello sólo es preciso garantizar un puesto de trabajo para todo quien lo desee, y procurar las condiciones de trabajo más eficientes y productivas posibles, pues como ya dijimos, es la producción la que determina hacia dónde se inclina la plusvalía, y si la producción es masiva, ésta se repartirá entre los consumidores, es decir entre todos, de la forma más equitativa posible, achicando el espacio entre éstos y los productores, que es donde medran los intermediarios capitalistas, reduciendo al mínimo sus fuentes de alimento.

Del mismo modo que si todos tuvieran acceso a la tierra nadie pagaría una renta por ella, y por tanto la propiedad de la misma perdería importancia y la mayor parte de su valor; así si todos tuvieran acceso a un trabajo, la “renta” o ganancia a la que el obrero estaría dispuesto a renunciar por disponer de los medios de producción del capitalista, disminuiría notablemente, así como el valor de estos medios de producción, hasta aproximarse al valor del trabajo contenido o invertido en crearlos.

Para crear un sistema más eficiente y justo, no es necesario revoluciones políticas ni sociales, sino una revolución productiva. La producción es la clave de todo, hasta el punto que es el factor más determinante. Pero no sólo cúanto se produzca, sino también qué. Se puede ilustrar esto con lo sucedido tras algunas revoluciones socialistas como la soviética. Cuando los obreros se hicieron propietarios de las fábricas y las haciendas, tomaron control también sobre las rentas producidas por unas y otras, con lo que al tener más dinero lógicamente pensaron que tendrían capacidad de adquirir muchas más cosas. Pero la producción es la que es, y no por tener más dinero va a aumentar mágicamente la cantidad de trigo, ropa, etc a su disposición. Eso sólo hizo incrementar rápidamente los precios, lo cual produjo una profunda furia y frustración, pensando que alguien continuaba enriqueciendose y aprovechandose de ellos, pero… ¿qué estaba sucediendo?

Pues sucede que los potentados gastaban ese dinero en carruajes, afeites, joyas, elegantes vestimentas… Cosas que distaban mucho de las prioridades de la masa desnutrida y harapienta. Con lo cual no sólo seguian tocando a parecidas mercaderías para cada uno, sino que provocó que quienes creaban estos carruajes, joyas, etc, perdieran la mayor parte de su trabajo e ingresos y se sumaran también a la masa frustrada y confusa. Sólo cuando la revolución política y social estuvo en disposición de desencadenar una revolución productiva se pudo mejorar la situación de toda esa gente. Esto demuestra que lo importante es el trabajo humano, no el dinero, y quiere decir que una revolución politico-social es economicamente irrelevante o superflua si no logra materializar una revolución productiva; y en cambio, una revolución productiva es tan determinante, que puede hacer irrelevante, superflua y hasta innecesaria una revolución politico-social.

Y llegados a este punto, ya podemos determinar con qué recursos contamos, el valor de cada uno, además de aclarar nuestras consideraciones de valor y su naturaleza. Con esto podemos configurar una unidad de medida y a través de ella un objetivo. Podemos identificar los principales obstáculos y las herramientas indispensables para poder superarlos… Con ello supongo que estamos preparados para concretar toda esa teoría en un sistema sólido, detallado, y eficiente que, como todos los prototipos y diseños, progresivamente pueda ser mejorado. Hay que decir que este sistema ante todo trata de ser práctico, trata de adaptarse a las circunstancias existentes antes de proponer un ordenamiento ideal, como podría hacerse si partieramos de cero. Pero hay dos circunstancias que no podemos eludir.

Una es precisamente que no partimos de cero, el reparto ya está hecho. Eso significa que los beneficiados en ese reparto no les importará tanto lo bueno o malo que sea el nuevo ordenamiento, sino lo que les beneficiará o perjudicará… En ese sentido no cabe hacerse ilusiones, medidas demasiado drásticas o extremas, por más justas que sean, no van a ser bien acogidas por estas élites. Y medidas radicales provocarían una oposición radical, y estamos hablando de gente con mucho poder… Por ello es prudente proponer una solución que puede que no sea la mejor ni más justa, pero que oferta una transición progresiva y ordenada hacia un sistema más eficiente y más justo. Eso puede que no disminuya esa oposición, pero al menos así todos tienen algo que perder y algo que negociar. No te pueden pedir que sigas aceptando o sometido a su sistema quienes se niegan en redondo a oir hablar del tuyo. Ademas… un sistema basado en la libertad y el placer, no puede comenzar imponiendose por la fuerza o el displacer.

La otra consideración es la fragmentación política. El mundo está dividido en cientos de paises, y aunque el capitalhumanismo tiene marcado caracter internacionalista, no sólo eso le fuerza a triunfar uno a uno en cada uno de esos estados, sino que tiene que estar preparado para competir contra otros sistemas económicos. Hemos afirmado repetidamente que éste es más eficiente, por lo que supuestamente no tendría que tener problema para ello… Pero las cosas no son tan sencillas. Como veremos más adelante, lo uno no tiene por qué suponer lo otro, sobre todo si no está prevenido. Un ejemplo de esto es algo que sucedía antes de la unificación alemana, cuando la RDA sufragaba los estudios de sus ciudadanos, incluso los universitarios, para luego ver cómo muchos de ellos, ya formados, se iban a la RFA porque cobraban mucho más, ya que aquellos tenían que amortizar el dinero invertido en los estudios. Independientemente de qué estado fuera más eficiente, ambos tenían aspectos en los que no podían competir el uno con el otro.

Y ahora sí podemos abordar las medidas concretas en que podrían cristalizar las doctrinas capitalhumanistas. Es sólo una de las múltiples fórmulas o modelos que podrían aplicarse, que además continuamente habrían de afinarse, pero basta y sobra para hacerse a la idea de cúales son los problemas y cúales deben ser las soluciones a aplicar.

 

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El pleno empleo, el máximo aprovechamiento de nuestra fuerza laboral, es el principio fundamental e indispensable del sistema capitalhumanista, entre otras cosas porque sólo a partir de éste se pueden implementar las medidas necesarias para permitirle la máxima eficiencia. Puede parecer un requisito demasiado exigente y complicado de alcanzar; estamos acostumbrados a que el paro esté constantemente situado como uno de nuestros mayores problemas, pero la triste y asombrosa realidad es que es muy posible que el desempleo sea un mal típica y exclusivamente capitalista. No sólo es que no sea prácticamente inevitable, como parecemos creer, sino que es completamente al contrario; no tenemos que inventar un sistema que lo solucione, sino que basta con evitar un sistema que lo propicie.

¿Por qué existe el paro entonces? ¿No encuentran una incongruencia en que haya desempleo a la vez que escasez, cuando es el trabajo humano lo único que puede solucionar esta escasez? La pregunta quizá debería ser: ¿A quién beneficia que haya escasez y/o paro?

Ya siendo muy joven se me había ocurrido una sencilla solución para todo esto. Me daba cuenta que en el paro había gente de prácticamente todas las profesiones, por lo que pensaba que se arreglaría si se pagaban unos a otros en forma de trabajo. De este modo, todos los agricultores en paro abastecerían a los demás desempleados, obreros en paro les abastecerían de fertilizantes y herramientas, y así una larga cadena con la que se crearía una sociedad propia dentro de la sociedad, capaz de otorgarse lo preciso a sí misma.

Más allá de que esto peque de inocente e irrealizable, nos da cuenta lo absurdo socialmente que es el fenómeno del desempleo y nos da ciertas claves de qué es o por qué se produce, y cómo evitarlo. En el supuesto que nos ocupa, nos encontrariamos algunos problemas insalvables. El primero y el principal serían los medios de producción. Si un agricultor o un obrero en paro dispusieran de tierras o fábricas, no estarían desempleados, o al menos tendrían medios para evitarlo. Sin acceso a los medios de producción, el sistema muere antes de haber nacido.

Aún solucionando esto, luego está el problema de la rentabilidad. Como ya dijimos, el trabajo o displacer que cuesta producir algo, no tiene por qué corresponderse con el placer que resulte de ese trabajo. En algunos casos esa diferencia será enorme y en otros muy pequeña. En el caso de estos últimos podría hablarse de escasa “rentabilidad”. En un sistema altamente productivo, en que los precios se ajusten al displacer o trabajo realizado, para igualar rentabilidades sólo habría que sumar producción y trabajo a las actividades más rentables y retraerlo de las que menos, para que fueran igualándose. Tal es así, que teóricamente a cota cero, a correspondencia exacta de precios y costes, el total del trabajo o displacer podría adquirir el total del producto del trabajo o placer, y esto no cambiaría por añadir más y más unidades de trabajo hasta agotar todas las unidades disponibles, es decir, tener pleno empleo. Al no ser así, al primar o pagar el valor y no el coste, es lo que impide que las actividades menos rentables puedan desarrollarse, restringiendo posibilidades de empleo.

En esto se ve lo asumido que tenemos conceptos erróneos. Pensamos que la rentabilidad o ganancia capitalista es un indicativo de “buena salud” o eficiencia de un negocio. Pero resulta que es al contrario: referida a sectores enteros, la ganancia capitalista es el indicativo de que todavía no se ha alcanzado la producción suficiente para que los precios se ajusten a lo que cuesta producirlos. Pero toda vez que la ganancia capitalista es la base de tal sistema, lo que nos indica es ni más ni menos que no sólo es que el capitalismo no sea eficiente, es que… ¡no puede permitirse serlo!

Y si de algún modo se encontrara un medio de superar estos obstáculos, aún queda el tema de los impuestos. En principio parece justo que todo trabajo tenga que pagar impuestos, pero el asunto es que si se les eximiera de su pago a empresas, cooperativas, negocios o asociaciones que no alcanzarían de otra forma suficiente rentas del trabajo (que no capitalistas), muchas de ellas podrían entrar en funcionamiento. Después de todo, antes en el paro no sólo es que tampoco pagaran impuestos, sino que además consumían lo que estos recaudaban. El problema en este caso sería la picaresca, cómo distinguir unos de otros cuando las fronteras se hicieran tan sutiles que apenas hubiera diferencias entre unos y otros. Ese o el mismo sistema de pago de impuestos, como luego veremos.

Resumiendo la cuestión: para que haya pleno empleo, los medios de producción deben ser más permeables y accesibles para toda iniciativa productiva. La producción debe facilitarse e incrementarse hasta igualarse a las necesidades. Como para esto no puede contarse con la iniciativa capitalista privada, hay que idear un sistema basado en la fuerza del trabajo, en el capital humano, capaz de sustutuir al capital dinerario, de modo que pueda tapar esa brecha. Aunque parezca complicado, para ello únicamente hace falta que el trabajo presente tenga el mismo valor y no haya de superditarse al fruto de trabajos pasados o capital. Y como no, pasar de un sistema impositivo que grave el trabajo y con ello lo dificulte, a un sistema que grave el consumo.

 

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Pero para obtener el máximo aprovechamiento de nuestra fuerza laboral no basta con dar empleo a todos, -eso ya se hizo en los socialismos de estado llamados: “comunistas” y no siempre obtuvo los mejores resultados- sino que hace falta un aprovechamiento eficiente de esta fuerza de trabajo. Sin una motivación adecuada es difícil que se alcancen los objetivos esperados. Si lo que nos impulsa a trabajar es la recompensa o el castigo, y dado que el capitalhumanismo sólo contempla la primera de las opciones, cuanto mayor sea la recompensa, mayor será el interés y la capacidad de trabajo de quien lo realiza, de este modo el máximo rendimiento del trabajo se alcanzaría ofertando la máxima recompensa posible, que sería recibir todo el fruto de lo que se ha producido. (Ya que si recibiera más se tendría que arrebatar al fruto del trabajo de otros)

Aquí la justicia iría unida a la eficiencia, ya que si la generación de valor es mucho más importante que su contención, la soberanía sobre uno mismo y el fruto del propio trabajo debe estar muy por encima de la propiedad sobre los contenedores de valor, incluso si consideramos que esta propiedad se sustenta sobre el fruto de anteriores trabajos. Porque a lo más que llegaría esa argumentación es a igualar ambos rangos, ya que no hay ningún motivo por el que trabajos pasados deban de tener más valor que los presentes, en especial cuando impiden que se realicen o tratan de alimentarse de ellos. De este modo, el concepto capitalhumanista de ‘eficiencia’ tambien incluye el máximo acercamiento entre lo que uno genera y lo que éste recibe por ello.

Pero vamos por disposiciones concretas. Hoy día, lo más eficiente y avanzado en materia de producción, son las maravillas técnicas y organizativas de nuestras cadenas de montaje de producción en serie. Sin embargo, incluso estos prodigios tecnológicos y logísticos pueden mejorarse notablemente, al menos en la gestión del recurso humano. En ciencia, el máximo aprovechamiento de una fuerza pasa entre otras cosas por no emplear o gastar más que la necesaria. No hay motivo para pensar que con la fuerza laboral sea distinto. Esto implicaría que la cantidad de personal empleado en cualquier fábrica, taller o factoría debería poder adaptarse inmediatamente a las necesidades de producción.

Eso significaría una libertad total de contratación y despido. Tanto mejor cuanto más se redujeran la burocracia, los requisitos y los plazos. También hay que apuntar que si nuestro concepto de eficiencia pasa por recibir lo más aproximado posible a lo que uno produce, cualquier pago por no trabajar tendría que retraerse de lo producido por otros trabajos o trabajadores, lo cual nos alejaría de este objetivo. Esto quiere decir que no podría haber ni prestaciones por desempleo ni idemnizaciones por despido. Recordemos también que es la producción el agente capaz de impulsar esta aproximación a la eficiencia, y pagar por no trabajar no ayuda ni a la producción ni por tanto a esta eficiencia.

Por esto es tan importante no ya el pleno empleo, sino el empleo garantizado, porque de lo contrario estas medidas serían imposibles o catastróficas. De este modo, para los despedidos no sería nada dramático ya que en breve tendrían otra ocupación, además de que para la empresa, debido a su formación o aprendizaje, tendrían preferencia para volver a contratarlos cuando las circunstancias lo requerieran. Incluso podrían cobrar un suplemento de ésta mientras trabajaran en otras para asegurarse su vuelta o tener que devolver lo percibido. Para el capitalhumanismo el conocimiento tiene tanto o más valor que la fuerza de trabajo.

Asimismo, si queremos que lo que reciba el trabajador sea lo más aproximado posible a lo que produce, y puesto que no todos los trabajadores de una misma empresa tienen la misma capacidad productiva, ni tienen el mismo valor para ésta, tampoco tendrían por qué cobrar lo mismo. De esta manera, los sueldos habrían de ser individuales y cambiantes, negociados directamente entre el empleado y la empresa, en base al rendimiento y el valor aportado, que de esta forma serían incentivados. El empleo garantizado evitaría abusos por una u otra parte, ya que en breve plazo el trabajador podría contar con otro empleo, y la empresa con otro trabajador. Con ello el empleado no sólo se involucra más con las vicisitudes y el devenir de la empresa, sino que serviría para evitar el llamado “efecto rebaño”, según el cual los empleados procurarían no destacar productivamente del grupo, ni por debajo para no llamar la atención de los jefes, ni por encima para no ser mal mirado por los compañeros, mediocrizando de este modo el rendimiento de toda la plantilla.

Sin duda la intensidad de trabajo aumentaría, aunque no hay que confundir esto con explotación, puesto que esta tiene que ver más con la recompensa que se obtiene, o no, de este trabajo. Y puesto que cada uno sería libre de pedir la remuneración que considerase oportuno, o en su defecto adaptar el rendimiento a la recompensa ofrecida, al menos en el plano subjetivo no habría conciencia de explotación.

Una consecuencia curiosa, además, de todo esto es que cualquier circunstancia que afectara al ambiente de trabajo de algún modo cotizaría o entraría en valor, ya que si éste fuera malo, los trabajadores demandarían más dinero para quedarse, de manera que los malos modos, despotismo, intransigencia, etc, podrian costar bastante caro. Mientras que al revés ocurriría todo lo contrario, de manera que ello presionaría a que este ambiente de trabajo fuera incomparablemente más sano. Ahí el balance placer/displacer mejoraría muchísimos enteros, aunque sólo fuera porque nadie se vería obligado a quedarse donde no quiere o detesta.

Además de todo esto, permitiría un ajuste más sutil; ya que hay puestos para los que no se necesitaría una gran valía ni especiales aptitudes o actitudes, se podría preferir situar en éstos a gente menos preparada o capaz, siempre que sus demandas salariales estuvieran en consonancia con ello. Lo cual ya no sólo sería ajustar la amplitud de la plantilla a cada momento según las necesidades de producción, sino también las necesidades de cada puesto. Un ajuste más fino se antoja imposible. Pero lo es, porque todo entraría en consideración, de modo que los trabajadores que viviesen cerca tendrían más interés en retener el empleo, de forma que sus demandas serían más moderadas que quienes viviesen más alejados, para los que el tiempo, combustible, etc,  gastado en el camino también pesaría. De un modo tan simple, la distancia media hasta los puestos de trabajo iría cayendo progresivamente de forma más que notable, con el ahorro y la eficiencia resultante, tanto a nivel personal como social.

No todo habrían de ser ventajas: un ordenamiento que da total libertad de contratación y despido, donde además los sueldos serían individuales y cambiantes, hace complicadas e inefectivas las huelgas, especialmente si las reivindicaciones  son salariales, precisamente porque esa individualidad retributiva es incompatible con casi cualquier tipo de demandas o propuestas conjuntas. Por fortuna otra cosa serían aspectos organizativos y sobre todo de seguridad. Pero si tenemos que decirlo todo, ya que hablamos de ciencia y eficiencia, hay que apuntar que las huelgas, además de no tener nada que ver con la ciencia y en sí mismas tampoco con la eficiencia, si queremos un sistema basado en la libertad de elección, el libre intercambio del producto del trabajo y la libre cotización de las distintas consideraciones placer/displacer individuales, si queremos vernos libres del castigo impuesto por abusos en las relaciones de poder, no han de tener cabida en él todas las medidas de fuerza, ni de unos ni de otros, porque el objeto de la fuerza es precisamente coartar y quebrar la libre voluntad. De todos modos, a quienes más beneficia la desactivación de las medidas de fuerza es a quienes menos fuerza o poder tienen.

La producción es la clave de cualquier sistema, pero este aspira a llevarla a la máxima expresión de eficiencia, por ello debe de cuidarla más que ningún otro, y esto incluye ofrecer las mayores facilidades a los encargados de realizarla, los trabajadores y las empresas. Para éstas además de las ventajosas medidas ya reseñadas, contarían con otra ventaja determinante e insospechada… y es que como tales apenas pagarían impuestos.

Gravar con impuestos el trabajo, como se hace ahora, es algo disparatado y sin sentido, porque no sólo es que así se perjudique este trabajo, sino porque es inútil y redundante, ya que el importe de tales impuestos lógicamente las empresas tienen que reflejarlos en el precio al que venden sus productos, de manera que al final son los consumidores quienes de todos modos acaban pagándolos. Las empresas aquí actuarían como simples intermediarios, y es de sobra sabido que cuantos menos intermediarios e complicaciones  innecesarias se introduzcan en un sistema, más eficiente será.

Cuando esbocé un sistema dentro del sistema donde los parados pudieran abastecerse a sí mismos, un gran problema era precisamente el de los impuestos. Pero no éstos en sí, sino que era algo tan simple como que si la aplicación del impuesto podría impedir la realización de un trabajo, era sencillamente porque se imponía al trabajo y antes del mismo, o en cualquier caso antes de la materialización del mismo, que sería la venta o recibo de trabajo.

Se trata principalmente de un asunto de gestión de riesgo. Aquí hay que apuntar algo muy interesante, y es que a nivel social el riesgo apenas existe. Es decir, una empresa cualquiera puede quebrar, pero todo el sector entero no lo hará mientras exista demanda. En este caso además, la quiebra de esta empresa beneficiará al resto, que se hará con su cuota de mercado y beneficios resultantes. En sectores “sanos” es prácticamente un juego de suma cero. Por eso es absurdo que el estado, que no lo padece, haga recaer sobre las empresas, -que sí lo sufren- el riesgo de que el trabajo no se materialice, de momento no pueda venderse, y aún así tenga que pagar impuestos por algo que no tiene, que aún no ha recibido. Es decir, el impuesto debe ser por el trabajo que se recibe, no por el que se realiza, del mismo modo que uno no tiene que pagar impuestos por el trabajo que hace en casa para sí mismo.

Gravar impuestos al trabajo en sí, en vez de al producto de este trabajo perjudica a quienes obtienen menos rendimiento de tal trabajo. Es decir, impide que el márgen de rentabilidad a partir del cual puede operar o compensar tal trabajo descienda, impidiendo el desarrollo de tales trabajos. Y es curioso que en estos casos siempre se aduzca que estos trabajos serían ineficientes cuando es justo todo lo contrario, es un ineficiente sistema impositivo el que impide a trabajadores y empresas operar cerca de la cota cero de rentabilidad, que sería precisamente donde -en un libre mercado- residiría la eficiencia a nivel social y el pleno empleo.

Por todo esto, el impuesto no debe recaer sobre las fuerzas creadoras de la producción, sino sobre las que destruyen o restan valor a lo producido, es decir, el consumo. No sólo un impuesto al consumo tiene muchas más ventajas que uno al trabajo, sino que es más justo. Podemos poner como ejemplo de ello unas explotaciones agrarias, una bastante más fértil que la otra. Ambas explotaciones contarían con los mismos trabajadores y pagarían los mismos impuestos. Pero la producción no sería la misma, ni los beneficios resultantes, que quedarían libres de la acción de este impuesto. Lo que se propone es simplemente el cambio de cotizar por unidad producida en lugar de por unidad productora, porque lo que crea la riqueza no es el trabajo como tal, sino el producto de ese trabajo, por tanto debe ser ese producto y no ese trabajo el que cotice.

Pero una de las cosas más efectivas y determinantes del impuesto al consumo es que afecta también a la ganancia capitalista. Porque los impuestos al trabajo sólo afectan al trabajo, es decir, a los costes, presionando con ello los sueldos a la baja. Pero todo aumento de precio después de acabado el trabajo, en el trayecto de la fábrica al mercado, que es donde se agrega la ganancia capitalista, a todo ese añadido de precio ya no le afecta el impuesto. Lo cual quiere decir que gravamos los rendimientos del trabajo mientras dejamos sin cotizar los del no-trabajo. El enemigo es el consumo, no la producción, y en ese sentido fiscalizando el trabajo en vez del consumo nos estamos dando un tiro en el pie.

Pero para entender bien el alcance de todo esto, nada mejor que un ejemplo. Vamos a comparar el resultado de la aplicación de un impuesto al trabajo y otro al consumo; pero también cómo afectan a empresas con la misma ocupación pero muy distinto rendimiento. Ambas contarían además con el mismo suministrador de material, porque este es otro aspecto sobre el que también conviene reflexionar. Las revelaciones que se extraen de todo esto son realmente asombrosas, por lo que conviene releerlo las veces que haga falta para llegar verdaderamente a entenderlo.

Así, tendriamos una empresa “A”, que por cada 100 euros de valor de producto, tendría estos costes: 40 de material, 40 de trabajo, más el 40% de impuestos a este trabajo, que sería 16. En total suman 96, con lo que el beneficio se quedaría en 4 unidades o un 4%. Por su parte, la empresa “B”, pagaría 40 al proveedor, 30 de trabajo, y 12 de impuestos. En total 82, con un beneficio de 18 unidades o un 18%.

.                                       SISTEMA DE IMPUESTOS AL TRABAJO.

.                                          EMPRESA “A”                               EMPRESA “B”

Materiales:                               40                                                   40

Trabajo:                                    40                                                   30

Impuestos (40%)                     16                                                   12

Total                                          96                                                   82

Precio venta                           100                                                 100

Beneficio                               4  –   4%                                         18  –  18%

 

Aquí ya empezamos a ver cosas interesantes; observamos cómo los impuestos al trabajo afectan más a quien más trabajo emplea o más paga por éste, es decir, a quien más en precario se mantiene, acentuando las diferencias en lugar de lo contrario, y condenándolo a no poder reducirlas, por ejemplo comprando más o mejor maquinaria. Si la empresa “A” llegara a caer, su competidora, para suplir su producción cesante, sólo necesitaría 30 trabajadores más, con lo que 10 quedarían en paro. La empresa “B” incrementaría notablemente sus beneficios, sin tener que bajar los precios, incluso pudiera ser al contrario, al tener menos competencia. Hasta el proveedor podría verse afectado al tener  ahora la empresa “B” más volumen y más fuerza para negociar precios. Es un ejemplo muy claro de que premiar o exaltar la eficiencia particular puede no sólo no promover, sino ir muy en contra de la eficiencia general o social.

Ahora veremos cómo quedaría la cosa con un impuesto al consumo en vez de al trabajo. Pero para ello primero debemos calcular cómo afectaría primero al proveedor, porque la cosa cambiaría mucho para todos. En su anterior precio de venta de material -40-, deberia incluir el precio del trabajo, sus impuestos y lógicamente su plusvalía. Si la media de rentabilidad de las empresas “A” y “B”, es de un 11%, y dado que la complejidad suele aumentar según avanzamos en las etapas de producción, y con ello el riesgo y el beneficio, la rentabilidad en estas etapas iniciales o en los proveedores suele ser menor. Pero pongamos que esta sea de un 10%. Para un precio de 40, obtendría un beneficio de 4 en cada empresa. Eso daría un precio de coste de 36. Dado que los impuestos al trabajo ya estarían incluidos, y con el nuevo ordenamiento no lo estarían, es preciso dilucidar cual es el precio del trabajo sin tales impuestos.

Para calcularlo, tendriamos que sumar al precio de ese trabajo que desconocemos, “X”, el 40% de “X”, de modo que sumen 36. O lo que es lo mismo: 1,4 X = 36.  Esto nos da: X = 25,7. (Los impuestos pagados serían de 10,3) Ese es el precio del trabajo. A lo que habría que sumar el 10% del beneficio que querría lograr el proveedor, y esto se calcula a partir de la cifra final, de venta, no de coste. Esta cifra final sería “X” a la que restándole el 10% de “X” daría como resultado 25,7. Lo cual viene a ser 0,9 X = 25,7. O lo que es lo mismo: “X” = 28,5. Lo que daría un beneficio de 2,8. Y con esto ya podemos calcular cómo quedarían las cuentas aplicando el impuesto al consumo en lugar del impuesto al trabajo. Hay que decir que es un impuesto final, por lo que éste no se paga en los sucesivos pasos o transferencias entre empresas.

 

.                                                SISTEMA DE IMPUESTO AL CONSUMO

.                                       EMPRESA “A”                                    EMPRESA “B”

Materiales:                           28,5                                                    28,5

Trabajo:                                40                                                       30

Total:                                     68,5                                                    58,5

A esto habría que añadir el beneficio que se desee obtener, y a todo junto sumarle un 40% de impuesto al consumo. Para que el resultado final nos diera la misma cantidad como precio de venta al consumidor, 100, tanto la empresa “A” como “B” tendrían que vender a 71,5. Los beneficios se adjuntan en unidades y tantos por ciento respecto al precio de venta. Esto nos da los siguientes resultados:

Precio de venta:                 71,5                                                    71,5

Beneficio:                       3  ó  4%                                              13  ó  18%

Impuestos:                          28,5                                                    28,5

Esto ya se está poniendo muy interesante, por lo que, para verlo aún más claro, ponemos los beneficios e impuestos todos juntos, incluyendo al proveedor.

.               SISTEMA IMPUESTOS AL TRABAJO.              SISTEMA IMPUESTOS AL CONSUMO.

.                     IMPUESTOS          BENEFICIOS                       IMPUESTOS     BENEFICIOS

Emp.  “A”              16                    4   ó   4%                                  ( 28,5 )             3  ó  4%

Emp.  “B”              12                   18  ó  18%                                ( 28,5 )           13  ó  18%

Prov.                     20,6                  8  ó   10%                                     –                  5,6  ó  10%

Total.                    48,6                 30                                              ( 57 )               21,6

Y aquí es donde nos encontramos lo más sorprendente y revelador: vemos cómo la recaudación de impuestos pasa de 48,6 a 57, es decir sube un 17%, sin que el precio de venta tenga que sufrir alguna variación, simplemente por hacer cotizar también a la ganancia del capital. Pero lo más asombroso es que la ganancia capitalista se reduce en unidades, pero no en porcentaje, porque el beneficio se reduce en la misma medida que lo hacen los costes o necesidades de capital. De este modo se produce una curiosísima situación en la que todos resultan beneficiados. ¿Cómo es posible?

La clave está en que sin impuestos al trabajo, éste es más barato, de modo que una misma cantidad de capital puede movilizar o “comprar” más trabajo. Esto puede resultar muy beneficioso para el capital, en especial el extranjero, para crear factorías de venta internacional. El trabajo en principio cobraría igual, pero las cotizaciones dejarían de presionarlos a la baja y su repentina “baratura” haría que estuviera más demandado y cotizado. El estado recaudaría más impuestos, y los consumidores, aunque hemos hecho los cálculos para que coincida el precio de venta, también podrían beneficiarse, y mucho, de un aspecto no menos curioso…

Resulta que con impuestos al trabajo el capital tiene que pagar un 40% más en concepto de cotizaciones del trabajo, pero como la espectativa de beneficios las calculan en base al volumen de capital empleado, esta ganancia incluye también la parte equivalente al impuesto. Eso quiere decir que si el impuesto o cotizaciones suponen un 40% y se espera un beneficio del 10%, el capital deberá ganar también el 10% de ese 40% pagado en impuestos, para lo cual el precio final del producto se vería incrementado ni más ni menos que en un… ¡4%!

Pero aún hay más. Aunque hemos dicho que todos resultan beneficiados por el cambio de impuestos al trabajo por un impuesto al consumo, no es así, hay un sector que saldría perjudicado, y mucho. Porque, lógicamente, si descienden las necesidades de capital, menguan tambien las ganancias de quienes hacen de ello su negocio: la banca. De hecho incluso lo ponen en peligro, porque la diferencia es enorme, podríamos estar hablando de precisar casi un 40% menos de capital, por lo que muchas empresas no necesitarían préstamos de la banca, con lo cual podrían abaratar sus productos aún más.

Y esta es la increible y demoledora diferencia entre gravar impuestos al trabajo o al consumo. Las consecuencias podrían ser tremendas. Si los precios bajaran un 4%, eso significaría que los consumidores podrían adquirir un 4% más de productos, lo cual haría incrementarse la producción y con ella el trabajo. Esto podría significar bajar el desempleo ¡cuatro puntos! Parece mentira que cambios tan simples y tan lógicos puedan tener efectos de tal calibre, pero lo mejor es que ocasionaría todavía muchos más.

Al tratarse de un impuesto final, lo pagarían todos los artículos que se vendiesen en las tiendas, al igual que ahora ocurre con el IVA. Pero resulta que los productos nacionales pagarían casi todos sus impuestos con él, en tanto los foráneos, que ya habrían pagado sus cotizaciones en sus paises de origen, se encontrarían ahora un nuevo impuesto de cuantía muy importante. Esto daría a los productos nacionales una extraordinaria ventaja competitiva por el simple hecho de cambiar a un sistema impositivo más eficiente.

Otra consecuencia muy importante es que así cotizarían todos los productos que se vendieran en el país, lo cual es muy interesante, en especial para estados con grandes desequilibrios en la balanza de pagos; porque lo que hacemos cuando adquirimos productos extranjeros es pagar a través de ellos sus cotizaciones y con ellas las jubilaciones en sus paises de origen. Por eso, entre otras cosas, son tan nocivos los déficits comerciales. Otro efecto muy curioso es que los productos nacionales destinados a la exportación llegarían a las fronteras del país sin haber pagado apenas impuestos, por lo que habría que poner aranceles… ¡a los productos propios! Y no sólo eso, sino por las circunstancias antes descritas, seguramente habría que quitarlos a los foráneos.

También ocurriría que al desligar sueldos de cotizaciones, éstas dejarían de presionarlos a la baja, ya que aumentos y descensos en unos, se ven reflejado en las otras. Pero podría pasar que si los sueldos se desvinculan de las cotizaciones, también el sueldo que se cobra al final de la vida laboral, la jubilación, asimismo podría desvincularse de aquellas. Eso haría innecesarios los complejos cálculos para determinar la cantidad a la que se tiene derecho, ya que probablemente se igualarían por tramos, subiendo las pensiones mínimas y rebajando las máximas, haciéndolas más igualitarias. Pero lo más importante es que dejarían de estar fijadas. Ello otorgaría al estado una herramienta extraordinaramiente práctica, ya que podría utilizar los cada vez más onerosos gastos en pensiones a modo de lastre, reduciéndolos cuando las cosas van mal, y aumentándolos antes de coger demasiada altura o velocidad, convirtiéndolos en un formidable estabilizador de la economía.

Además, la flexibilidad que otorgaría al sistema daría oportunidad de plantearse el modelo que mejor se adapte a las necesidades reales de la gente. Hasta ahora los obreros han peleado duramente por obtener unas mejores condiciones para su jubilación, pugnando por que les quedase lo más cercano posible al 100% de su sueldo.  Pero si pudiéramos elegir… ¿no  prefeririamos cobrar más cuando se está pagando la casa, criando y pagando los estudios a los hijos, cuando más apetencia de viajes o asistencia a eventos se tiene,  que luego cuando el gasto en estos apartados es más residual?

Curiosamente esto puede haber beneficiado más al empresariado que a ellos mismos, ya que en un sistema donde priman las relaciones de poder, al capital no le interesa un proletariado ni un estado fuerte y solvente, porque ello le dificultaría imponerles sus condiciones. Cuanto más cerca de los números rojos mantenga a ambos, mucho mejor. Por ello parece más conveniente disfrutar un sueldo más generoso comparado con el de la jubilación, mucho más cuando un estado menos ahogado financieramiente con el pago de las pensiones, puede ofrecer un excelente instrumento para complementarlas, -que se explicará más adelante- que serviría además para impulsar el trabajo y la economía, de cuya marcha dependería a su vez las pensiones; creando de ese modo un círculo virtuoso que redunda en aquello que hemos cifrado la clave de la economía: la producción.

También hay que decir que en un sistema basado en la producción y la libertad la jubilación sería un derecho, no una obligación. Así, el cobro de la pensión sería compatible con seguir desarrollando su trabajo. En este sentido, una opción interesante sería prejubilarse antes a cambio de estar disponible para cubrir bajas o necesidades, cobrando la diferencia, mejorando de este modo la gestión de la plantilla, ya que los recambios tendrían gran experiencia en vez de tener que recurrir a lo contrario, optimizando así el recurso del conocimiento, a la vez que el cese de la actividad laboral se va produciendo paulatinamente y no de golpe.

Porque en contra de lo que solemos considerar, no hay un número limitado de puestos de trabajo, de forma que si alguien continúa en su puesto tras la jubilación no estaría “quitándole” el trabajo a nadie, ya que cuando compramos algo, lo que hacemos es intercambiar el producto de nuestro trabajo por el del trabajo ajeno, por tanto toda producción genera a la vez derechos a consumirla. Además se produciría un efecto curioso, y es que la persona jubilada que siguiera trabajando, estaría contribuyendo a pagar su propia pensión, con lo que el conjunto de trabajadores tocaría a menos parte.

También hay que apuntar que el estado también se beneficiaría de que el trabajo quedase libre de sus propios impuestos, porque también para él éste sería más barato. Puede parecer absurdo, pero en este caso es que es absurdo. Es decir, actualmente el estado paga o asume el coste de la cotización de sus empleados, importe que directamente se le descuenta para futuros pagos de su pensión, pero que mientras tanto ese gasto ya ha tenido que ser reflejado en sus presupuestos, inflándolos, casi siempre tanto que incurren en déficits que tienen que ser financiados con deuda. Deuda con sus intereses que podrían ahorrarse por el simple hecho de cambiar impuestos al trabajo por impuestos al consumo.

Y no sólo eso, los impuestos al trabajo absorven una gran cantidad de recursos en gestión y control, tanto para el estado como para las empresas, siendo las más pequeñas, con mucho, las más perjudicadas, porque son las que asumen más gastos de administración en relación a su volumen. Por ello, la simplificación y agilización de papeleo que resultaría del cambio a un impuesto al consumo, supondría para todos, pero para ellas especialmente, un ahorro y un alivio muy importante.

Pero si es tan ventajoso… ¿por qué no se hace así? Aquí entra en juego algo que rara vez nos planteamos. Creemos que el sistema se asienta sobre firmes soportes, que todo está minuciosamente estudiado y planificado, y que si se hace así y no de otra manera es porque alguien ha analizado pormenorizadamente los pros y los contras y ha llegado a la conclusión de que este modelo es el más seguro o más efectivo. O simplemente que si tal modelo ha triunfado es, como en la selección natural, el mejor o más evolucionado. Pero la verdad nos puede sorprender y hasta estremecer. Porque en realidad es que hemos llegado aquí por las vicisitudes sucedidas a lo largo de la historia y a las soluciones que les fueron dando a cada momento. No hay nada planificado, y mucho menos a largo plazo.

Si en su momento gravaron las actividades productivas fue simplemente porque era lo más sencillo. El recaudador llegaba y lo tenía fácil: tanta tierra, tantos maravedís, y así con cada cabeza de ganado, molino, etc. A nadie le preguntaban la cuenta de resultados o el volumen de negocio; un zapatero pagaba tanto y un curtidor esto otro. Sencillo y efectivo, y las reclamaciones al rey. Pero hoy en día el volumen de información que podemos procesar es infinitamente mayor, por tanto quizá sea hora de plantearse nuevos modelos.

Bueno, repasemos lo que tenemos hasta ahora; la empresa gozaría de muchas más facilidades y sencillez para la contratación y el despido, que sería completamente libre, sin idemnización alguna. No pagaría por las cotizaciones, desempleo, etc. Los sueldos serían individuales y cambiantes, negociados libremente entre las partes, en base al rendimiento del trabajador y/o las circunstancias de la empresa. Es difícil encontrar propuestas más ventajosas para éstas, ni siquiera entre los sectores más ultraliberales. Por ello la lógica y el pensamiento frentista que ha imperado hasta ahora nos dice y hace temer que entonces, por fuerza, ha de ser malo para el obrero.

Conviene recordar que la pretensión de esta obra es hacer una análisis cientifico de la economía. Y no hay nada científico en el enfrentamiento, sino en la distribución óptima de fuerzas. Todas estas facilidades son otorgadas a las empresas como agentes productivos, y precisamente para facilitar esta labor. Como veremos más adelante, quizá sea nuestro concepto de lo que es o debe ser una empresa lo que esté gravemente equivocado. Lo que es inequívoco es que una barca no optiene su mejor rendimiento si no todos los remeros reman para el mismo lado. Y dado que cada individuo se mueve principalmente en base a su interés, eso no será posible mientras no todos compartan el mismo. Si esto no puede lograrse mientras las barcas sean sólo de unos pocos, (capitalismo) o sean de uno en representación de todos, (socialismo de estado “comunista”) desde luego no se puede culpar de ello a la hidrodinámica.

 

.                                                      TRABAJO GARANTIZADO.

 

Hasta aquí nos hemos esforzado en otorgarle a las empresas las mejores condiciones operativas posibles, de forma que todas estas facilidades puedan disparar la actividad y el trabajo. Pero nada asegura que estas medidas por sí solas puedan acabar con el desempleo. Y este hecho sería extraordinariamente grave porque los trabajadores no contarían con ningún tipo de protección ante esta circunstancia, por lo que el estado tendría que hacerse cargo de ellos, pero no para darles una prestación, como hasta ahora, sino un empleo.

Ahora bien, podriamos estar hablando de cifras muy importantes. En paises con un paro estructural tan amplio como España, no es descartable que éste no bajase de dos millones de personas. ¿Cómo podría el estado emplear a tal cantidad de gente? Y sobre todo… ¿en qué?  Además hay que tener en cuenta que la industria pública no debería interferir en los campos de actividad de la privada, porque competiría con ella en superioridad de condiciones, restándole cuota de mercado, y con ello actividad y empleo, con lo que no estariamos haciendo más que quitar de un lado para poner en otro. Por ello el estado tendría que limitarse a actividades o sectores de los que aquella no pudiera o quisiera ocuparse. ¿Y cuales son estas? Pues evidentemente aquellas que le son menos rentables.

La tremenda efectividad alcanzada por las cadenas de montaje, ha hecho que oficios que antes eran rentables, como la reparación de relojes, calzado, electrodomésticos, etc, en muchos casos hayan dejado de serlo. En esta ocasión no es que el estado tenga que ponerse a ello, pero eximiendo el pago  del impuesto al consumo a este tipo de actividades, podrían volver a hacerlas rentables. En principio no parece algo muy inteligente, al fin y al cabo va en contra de la doctrina de eficiencia que estamos promulgando. Pero lo es mucho más de lo que parece, y es así por una cuestión muy simple: balance de recursos.

Desde hace tiempo, nuestras capacidades productivas exceden con mucho las posibilidades materiales del planeta, y hace que cada vez nos sobre más mano de obra a la vez que se van haciendo cada vez más escasos los materiales. En estos casos, lo inteligente es aprovechar el recurso más abundante para recuperar o reducir el consumo de aquel que escasea, porque de hecho nuestra capacidad productiva está marcada, fijada y condicionada por la disponibilidad material. Ésta constituye el límite que aquella no puede traspasar. Por ello, la única manera de incrementar esta capacidad productiva es aumentar a su vez la disponibilidad material por medio de su recuperación o reduciendo su consumo.

Y esto no puede hacerlo la industria privada, pero no sólo porque sea menos rentable, sino porque, como ya vimos, a los contenedores de valor, el valor no se lo da la abundancia, sino la escasez, por ello a quienes monopolizan los medios de producción y los contenedores de valor no les interesa demasiado ni lo uno ni lo otro, es decir, ni aumentar la producción ni la disponibilidad de materiales. Este es por tanto el gran error del liberalismo y el porqué conduce a un callejón sin salida.

Así, el estado se haría cargo del reciclaje y recuperación de materiales a gran escala, tanto en el ámbito doméstico como en el industrial. Esto no sólo favorece la disponibilidad de materiales, sino que mitiga el de la gestión de residuos, haciendo de un gran problema el principio de una solución, y todo por el módico precio del empleo de unos cientos de miles de unidades de trabajo, de los millones que el sistema tan alegre como inconscientemente desecha.

Nuestro desarrollo, además de los límites materiales, también se encuentra con los energéticos. En comparación, el recurso humano es mucho más abundante que los otros dos, o al menos dependen de éste, y es por ello el que debe resolver las limitaciones que los otros plantean. De este modo el estado también debería ocuparse de la generación energética, especialmente la renovable, mediante la creación de paneles e instalaciones fotovoltaicas y termosolares, así como plantas maremotrices, de biomasa, aerogeneradores, etc. Esto puede ir contra lo de no interferir en los campos de actividad de la industria privada, pero en este caso el estado puede limitarse a servirse a sí mismo; edificios oficiales, alumbrado público, etc, además de abastecer a la industria pública.

En este sentido, una propuesta muy interesante es cubrir gran parte de la superficie de los pantanos con plataformas flotantes con paneles fotovoltaicos. Estas instalaciones contarían con numerosas ventajas sobre las radicadas en tierra, como las de no consumir terreno que así puede aprovecharse para otras actividades, de este modo, la compra o alquiler del mismo se ahorra. Además, sobre el agua es más sencillo hacer girar los paneles en seguimiento al sol. Dado que se instalan donde ya hay una planta de generación y distribuición eléctrica, el cableado hasta ella es ínfimo. Aparte de que este cableado iría bajo el agua, a temperaturas más bajas, lo cual favorece la eficiencia en la conducción y reduce las pérdidas. Todo ello también sería un importante ahorro. Puesto que los pantanos están vigilados de por sí, no sería preciso destinar muchos más recursos a ello, con la ventaja adicional que, al estar en el agua, los paneles serían de más difícil acceso.

Incluso los paneles podrían incluir un rodillo móvil que los limpiara periódicamente. Otra ventaja es que las plataformas o barcazas podrían ser modulares, de forma que llegarían prácticamente montadas de fábrica, con lo que la puesta en funcionamiento podría ser casi inmediata. Más ahorro. Por si esto fuera poco, la luz se refleja en el agua, con lo que tales paneles captarían más luz solar que en tierra. También ocurre que ante una circunstancial sobreproducción, la solución sería más que sencilla, pues sólo habría que hacer girar al revés las turbinas del pantano y subir el agua en vez de desembalsarla. Y por si no fueran bastantes ventajas y ahorro, hay otro no poco menos importante y vital, y es el del mismo agua. Al reducir la superficie expuesta al sol, así como la radición incidente sobre ésta, la evaporación se reduciría notablemente.

También sería interesante el aprovechamiento de la biomasa, especialmente en los montes, ya que al desbrozar y recoger la leña caida se reduciría notablemente el riesgo de incendio junto a buena parte del combustible de éste. La idea seria hacer pelets para alimentar calderas de calefacción. Esto podría ir acompañado de facilidades para la explotación ganadera del monte, cosa que mantendría la maleza bajo control y que reduciría el riesgo de ignición, aparte de facilitar las tareas de extinción cuando ya estuviese prendido. Todo esto serviría para ocupar bastante gente en zonas muy castigadas por la emigración y el desempleo.

En vez de llevar los trabajadores al empleo, concentrándolos así cada vez más en las zonas urbanas, lo ideal sería llevar el empleo a los trabajadores, y ahí el principal reto lo encontrariamos en las zonas rurales, donde el desempleo ronda el 20-30% y la despoblación y su envejecimiento es una constante que compromete su futuro. El desafío es colosal, porque se trataría además de reducir los desplazamientos y con ello el despilfarro de energía y tiempo, lo cual casi obligaría a dotar a cada población de suficientes medios de producción. Esto pasa por la tierra, y ahí encontramos el primer y principal problema.

Ya expuse con anterioridad que el principal obstáculo para que los parados pudieran de alguna manera autoemplearse o autoabastecerse mutuamente era la carencia de los medios de producción, o la propiedad de los mismos, en este caso las tierras. En principio, la solución no parece tan complicada, que sería la de arrendarlas. El problema sería tanto económico como ético. Si el objetivo es un sistema más justo, en que el trabajo humano sea considerado el recurso más importante y decisivo, su soberanía debe ser más determinante que la del resto de recursos, es decir, que el propietario del trabajo humano, uno mismo, no tenga que rendir tributo al propietario de la tierra, porque en ese caso se estaría priorizando la propiedad de un contenedor de valor sobre la de un generador de valor, lo cual es ineficiente además de injusto.

Pero de no acceder a hacerlo obligaría a cambiar por completo las reglas del juego. Y a la gente le dan miedo los cambios demasiado bruscos. No se trata por tanto sólo de lo que sea justo o lo que sea eficiente. El miedo no entiende de justicia ni de eficiencia. De hecho está detrás de nuestras mayores injusticias y de nuestros peores desastres. Por ello habría un punto en que hasta el más impecable tratado ético y el más brillante tratado científico deberían esperar y dejar paso a la imperfecta y renqueante condición humana. Mas ello no implica resignarse y dejar de buscar soluciones.

Una de ellas sería un plan nacional en que se determinasen las necesidades y se programasen e incentivaran los cultivos en los que no se alcanza a cubrir las demandas del mercado, así como primar especialmente a aquellos que precisan más cantidad de mano de obra. En poco tiempo, cada ayuntamiento y por ende cada propietario podría tener un analisis aproximado de las caracteristicas de las tierras y a través de este conocimiento determinar qué cultivos son los más adecuados. Esto unido a las facilidades para la información que otorga la red y los contenidos multimedia, en poco tiempo se pueden emprender con razonables expectativas cultivos de los que nunca antes se hubiera tenido noticia.

Tanto daría que fuera realizado en explotaciones privadas o públicas, las últimas se ocuparían de la producción que las privadas dejaran de cubrir. Pero… ¿en qué tierras o bajo qué regimen? Lo preferible es que fueran acuerdos voluntarios, pero esto se antoja complicado cuando el sistema es tan reacio a abonar dinero por el arrendamiento, por lo que se hacen precisas soluciones más imaginativas. Una de ellas sería pactar el alquiler por varios años a cambio de mejoras en las tierras, como instalar un sistema de riegos por goteo, pozos, motores, balsas, limpiezas, etc, que favorezcan su ahorro o productividad.

Esto sería como pagar con trabajo en vez de dinero, lo cual no parece mucho adelanto cuando se sostiene que dinero y trabajo son una equivalencia. La gran diferencia está en que el dinero puede ser gastado en consumo, mientras este trabajo iría destinado a mejoras en la productividad, que es la misma base del sistema, porque supuestamente ésta incidiría en los precios, que a su vez lo harían sobre la rentabilidad de las tierras, lo cual acabaría reduciendo tanto los precios de venta como de alquiler de las mismas. Es decir, se reforzaría el papel del trabajo y la creación de valor frente a la especulación con la propiedad de los contenedores de valor; justo lo contrario que ocurriría de pagar con dinero.

Y en todo esto se refleja los efectos completamente antagónicos que tienen la creación y el consumo, lo cual es más que lógico, ya que una aumenta la disponibilidad de mercancías, reduciendo las carencias, y por tanto su precio, mientras que el otro provoca justo el efecto contrario. De este modo, sería la producción total lo que marcaría el grado de bienestar o abundancia de una sociedad, pero sería el saldo resultante de a la producción restarle el consumo, lo que indicaría su tasa y capacidad de crecimiento.

Parece algo incompatible, al fin y al cabo, no parece que tenga mucho sentido crear algo si luego no se ha de consumir. Pero en eso consiste precisamente la mecanización. Si nos damos cuenta, toda máquina ha sido hecha a su vez por o con la ayuda de otras máquinas, que a su vez fueron hechas por o con la ayuda de otras máquinas, y así podríamos remontarnos prácticamente hasta la más remota antigüedad. De este modo, curiosamente, nos encontramos que el trabajo dedicado a hacer máquinas (o medios de producción) es decir, el trabajo no consumido, tiene el efecto de reducir el consumo de trabajo. Así, reducir el consumo no sólo reduce el consumo de materiales, sino del mismo trabajo.

Este plan de cultivos apenas aliviaría un poco la problemática del desempleo rural, por lo que harían falta medidas más contundentes como establecer explotaciones intensivas,  invernaderos, cultivos hidropónicos , etc, prácticamente en cada comarca. En principio puede parecer una inversión descomunal, pero realmente no lo es tanto. Las necesidades estimadas podrían ser, en un primer momento, de unas 50.000 hectareas, a partir de las cuales habría que ver cúantas más serían precisas, para no pasarse de capacidad productiva. Siendo el coste aproximado de unos 200.000 euros cada una para las instalaciones más avanzadas y de más calidad, la factura total sería de unos 10.000 millones. Teniendo en cuenta que la cantidad de gente a la que de una manera u otra podría afectar rondaría el medio millón, no parece demasiado. También hay que tener en cuenta que bajo el ordenamiento capitalhumanista los insumos y medios de producción no pagarían el impuesto al consumo. Así que la factura podría reducirse hasta en un 40%.

Ahora bien, aquí también nos encontramos el problema de interferir con los intereses privados. Y de nuevo podemos recurrir al concepto de “estado independiente” en el sentido que el estado podría utilizar estos recursos para abastecerse a sí mismo. La idea es que los obreros de la industria y el campo públicos, empleados y funcionarios, así como los mismos jubilados, es decir, todos los que cobran del estado, serían los beneficiarios y quienes tendrían acceso o descuentos sobre los productos obtenidos, que supuestamente resultarían más económicos.

He repetido varias veces que la producción y el consumo son aspectos más determinantes que la propiedad de los medios de producción. De hecho, si esta titularidad es importante, lo es en la medida que puede afectar a la producción y al consumo. Al fin y al cabo… ¿por qué se paga por arrendar unas tierras? Evidentemente, quien lo hace es porque no tiene tierras propias, o porque no tiene otros medios de producir. O lo que es lo mismo, por escasez de tierras o empleos. Pero si aseguramos el empleo y la disponibilidad de tierras, y al mismo tiempo procuramos que se perciba por el trabajo realizado lo más aproximado posible al valor de lo producido por el mismo, la demanda de alquiler de tierras caería estrepitosamente, y con ello no sólo el precio del alquiler, sino hasta el mismo valor de estas tierras, porque el valor de los medios de producción lo marca su rentabilidad, que a su vez es la plusvalía o el impuesto de trabajo humano que le ponen los que disponen de los medios de producción a los que no. De este modo, para la sociedad, la disponibilidad de tierras es más determinante que la titularidad de las mismas, con lo cual no sería tan descabellado establecer para los costosos invernaderos de alta tecnología las mismas condiciones que para el plan de cultivos, aunque durante más años, por lo menos entre 15 y 20, esto es: pagar el alquiler con la propia obra.

Esto es algo que llama mucho la atención, porque aún a 20 años, para una obra de 200.000 euros, (en la actuales condiciones) equivaldría a un alquiler de 10.000 euros por año, lo que viene a ser el precio medio de una hectárea de tierra. Por lo que cuesta un año de alquiler se podría comprar. Lo que proponemos parece una locura, y es la prueba de fuego ideal para saber si se está entendiendo el funcionamiento del sistema y lo que implica. Y siendo fieles a nuestro modelo, no habría nada más absurdo que comprar las tierras, porque entonces sí que se estaría pagando un tributo de trabajo humano a la posesión de contenedores de valor.

Lo que le da valor a un contenedor de valor es su falta de disponibilidad, el que no todos puedan tener acceso a él. El valor de la propiedad privada, es precisamente que priva a los demás de su uso. Así las cosas, la propiedad de la tierra carecería de importancia en tanto la sociedad como tal tuviera libre acceso a ella para cubrir sus necesidades. De este modo, a la sociedad tampoco debería importarle la inversión de trabajo productivo que se realice sobre éstas, ya que iría en beneficio de todos, exceptuando a los propietarios de tierras que no experimentasen estas mejoras en la productividad, ya que, como explicamos, el precio de las cosas tiene una dimensión social, y depende de la producción, por lo que si ésta aumenta, aquellos disminuyen, y con estos la ganancia de quienes no lo compensan con más producción.

Por ello, el problema que tiene el sistema no es que ofrezca condiciones demasiado generosas a los propietarios de tierras, sino que éstos, en conjunto, la única manera que tienen de rentabilizar su condición de tales es preservar aquello que le da valor a los contenedores de valor, que no es la de crear producción, sino de crear o mantener carencias, denegar el acceso y privar de su uso. Así, los acuerdos particulares podrían considerarse ventajosos para ambas partes, pero sólo a nivel particular, porque los propietarios como colectivo irían perdiendo capacidad de alimentarse de trabajo ajeno sólo por el hecho de ser propietarios.

Si bien el sistema debe asegurar mecanismos para poder disponer de las tierras de un modo u otro. Eso no puede ser otra cosa que imponer el bien colectivo sobre la voluntad o el beneficio particular. Lo cual equivale a abrir la posibilidad de expropiar. No hace falta hacer sonar las alarmas, poner el bien común sobre el particular se hace continuamente, por ejemplo cuando se hace una autopista. Y si no hay problema en hacerlo cuando se trata de construir una simple carretera, menos tendría que haberlo cuando se trata de construir un sistema más eficiente y una sociedad mejor.

Además, como lo determinante es el acceso a la tierra, no su propiedad, esa expropiación sería temporal, y al precio o la compensación habitual: las mejoras productivas. Además no dependería del capricho de nadie, sino que, sobre todo en el plan de cultivos, afectaría a las explotaciones menos productivas, las cuales se optimizarían y así iría sucediendo progresivamente con las restantes, con lo que no sólo mejorarían estas, sino que presionaría a los otros propietarios para incrementar sus rendimientos. Al final del proceso, seguramente ya no haría falta ni la inversión pública, ya que las mejoras en la actividad privada podría absorver la demanda de empleo.

Pero… ¿habría dinero para todo esto? La pregunta es más que significativa, ya que si para un capitalista seria crucial, para el capitalhumanismo apenas tiene importancia. Y esto es así porque el dinero es simple información sobre el trabajo efectuado y todavía no consumido. En tales condiciones, no efectuar un trabajo porque no haya dinero, osea no haya información de la no consumición de trabajos anteriores, es como si el título de propiedad de una casa tuviera más importancia que la casa en sí, y no se pudiera construir la una porque no se tiene el otro.

Así, de igual modo que la casa y su título de propiedad representan lo mismo y deben ir unidos, si sostenemos que dinero y trabajo son una equivalencia, también deberían ir unidos, de forma que si no hay suficiente trabajo para todos debe crearse, y si lo que no hay es bastante dinero, debe crearse también. La diferencia está en que las unidades de trabajo son limitadas, en tanto el dinero no. Esto quiere decir que la empresa pública dedicada a actividades productivas pagaría a los obreros sus horas de trabajo básicas con emisiones de dinero. Es más, tanta equivalencia sería, que las mismas horas de trabajo podrían ser el valor de cambio. Lo cual sería como pagar en las tiendas con horas, minutos y segundos-trabajo.

Lo primero que viene a la cabeza cuando se habla de emitir dinero es la posibilidad de que origine inflación y hasta hiperinflación. Pero en este caso es completamente imposible. Y lo es por algo tan simple como ligar el dinero al trabajo. Se puede entender mejor contemplando episodios hiperinflacionistas como el ocurrido en Alemania durante la república de Weimar. Pongamos que un panadero tarda cinco minutos por cada pan. El pan, tanto cuando valía un marco como cuando llegara a costar mil millones de marcos, representaba el valor de cinco minutos de trabajo, es decir, lo que estaría hiperinflacionando en este caso sería el valor del trabajo. Pero si el mismo trabajo se convierte en valor de cambio, es totalmente imposible e inconcebible que cinco minutos de trabajo pasen a costar o intercambiarse por cinco mil millones de minutos de trabajo.

Ahora bien… ¿cual es el valor de una hora de trabajo? Evidentemente no tiene el mismo valor la hora de trabajo de un ingeniero que la de un chatarrero, pongamos por caso. Pero es que hasta los mismos chatarreros tienen distinto rendimiento y por tanto distinto valor de sus horas de trabajo. La unidad en este caso debería ser la actividad de menor rendimiento y dentro de ella la del individuo con menor productividad. Se pueden imaginar las dificultades para medir y determinar esto, por lo que al final bastaría con una simple consideración…

Quedamos en que en un libre mercado el precio del trabajo era el del displacer que acarrea, en tanto su valor sería el placer resultante del producto de este trabajo. Pero para este displacer, y por tanto para este coste, no es necesario ningún rendimiento, es decir, el simple hecho de permanecer ocho horas o las que fueren en el puesto de trabajo, ya sería un displacer que nadie soportaría voluntariamente sin una compensación económica. Pues bien, el precio de ese trabajo a rendimiento cero, sería la unidad que buscamos: la hora de trabajo básica, que sería lo que pagaría el estado con las emisiones de dinero.

Pagar por no trabajar no parece muy eficiente ni muy inteligente, además de ir en contra de todos los postulados mantenidos hasta ahora. Pero, aparte de que no se paga por no trabajar, sino por acudir el trabajo, -luego el rendimiento es opcional- cualquier otra opción se antoja peor, porque supondría algún tipo de obligación o coerción, lo cual sí que iría en contra del libre intercambio placer/displacer en que está basado el sistema. De esta manera, uno trabaja lo que quiere, y la sociedad le da a cambio lo que esta quiere, que debería llegar al menos a un mínimo de supervivencia, porque de otro modo podría incurrir en el riesgo de explotación.

De todos modos hay que considerar que, una vez en el puesto de trabajo, realizar alguna actividad no demasiado intensa no sólo no aumenta significativamente el displacer, sino que incluso puede reducirlo. Pero mientras permanecer inactivo no genera valor, el realizar un trabajo siempre tendrá un rendimiento que aumentará la candidad a percibir, ésta ya retribuida con la venta de los artículos producidos.

Con todo esto, la cantidad de dinero creada de la nada, aunque también se pudiera decir la cantidad de trabajo creada de la nada, o al menos sacada de las listas del paro, no sería tan grande como pudiera parecer. Calculando que todas las mejoras aún dejasen un remanente de dos millones de parados, incluso aunque se cobraran 500 euros al mes a producción cero, es decir, como horas de trabajo básicas, el añadido de dinero a la economía sería de 12.000 millones de euros. Para poner esto en perspectiva, baste decir que ahora mismo, sólo en intereses de la deuda, el estado gasta 30.000 millones de euros. En prestaciones por desempleo: 17.000 millones. Con sólo que la economía creciera un 1% ya se enjugaría ese añadido de dinero, por lo que igual hasta se quedaría corto.

Pero hay otras cuestiones que impedirían la inflación. La principal es que la referencia está sólidamente fijada y definida, no puede cambiar, por lo que todas las relaciones se hacen en base a ella. Por ejemplo, dado que la industria privada tendría notablemente más productividad que la industria pública, lo normal sería que sus trabajadores cobraran varias horas de trabajo básicas por cada hora trabajada. De este modo, lo que podrían “inflacionar” son los sueldos de la una respecto a la otra, pero como mucho sólo hasta igualar sus relaciones de productividad. Incluso el estado puede fácilmente hacer “trampas” con el simple procedimiento de reducir o eliminar el impuesto al consumo que pagan sus empleados. Además, otra ventaja que tiene el impuesto al consumo para el estado, es que si aumentan los precios, también lo hace la cantidad recaudada, mientras que sus gastos se mantienen mucho más estables, por lo que no habrá problemas de caja para tomar las medidas pertinentes.

En cualquier caso, este método de creación del dinero es infinitamente más eficiente que el actual, ya que además de ligarla a su verdadera naturaleza: -la hora de trabajo-, es contracíclico, de modo que cuando la industria privada tiene menos pujanza y contrata menos trabajadores, éstos pasan a la industria pública, y mediante la emisión de dinero u horas de trabajo resultatante, se aumenta el dinero en circulación y con ello se estimula la actividad económica, relanzándola, con lo que el proceso se invierte, y al reducirse la cantidad de trabajadores de la industria pública, lo hace también el dinero puesto en circulación, con lo que el ciclo se regula de forma automática y sin necesidad de constantes seguimientos y actuaciones como hasta ahora.

 

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Hay un gran fallo en el capitalismo, tan profundamente incrustado en sus entrañas, que es sistémico, perteneciente a su misma naturaleza, y es la deficiente separación entre empresa y empresario. Puede parecer que son lo mismo, distintas partes de un todo, incluso que no pueden ir la una sin el otro. Pero el hecho es que no pueden ser o representar papeles más diferentes. Mientras que la empresa es un agente de creación de mercancía y de riqueza, el empresario capitalista es un potencial extractor y destructor de esta riqueza, para su disfrute o consumo personal. El hecho es también que nada ni nadie regula la transmisión de esta riqueza mas que él mismo. Esto les da un poder sobre la gestión o creación de riqueza y eficiencia muy superior al que pueda tener cualquier gobierno. Es más, esto convierte el papel de todo gobierno en algo puramente cosmético, en un teatrillo para entretener a la plebe.

Esto hace que, por ejemplo, si un gobierno quiere incentivar la creación de empleo con medidas que favorezcan a las empresas, no puede hacerlo sin favorecer también al empresario, de modo que al final es éste quien decide qué parte de ese aumento de riqueza se destina a la creación de más riqueza, o pasa directamente a su bolsillo. Del mismo modo, si otro gobierno quiere favorecer a los trabajadores a costa del empresario capitalista para aumentar así la eficiencia, el gasto, y con él el empleo, dificilmente puede hacerlo sin perjudicar al mismo tiempo a la empresa, con lo que el empleo que se gane por un lado, puede perderse por otro. Así las cosas, izquierdas y derechas son una ilusión, un espectáculo de marionetas que disputan y hasta se pegan unas a otras pero sin que sus evoluciones tengan importancia ni transcendencia real para la gente. Al final, quien tiene el control de las válvulas que regulan el paso de la riqueza y hacia dónde y quienes va destinada, es el que verdaderamente tiene el poder, del mismo modo que en una granja de poco vale llevarla mejor o peor en tanto no se tengan las llaves o el control del granero.

En este sentido, hasta el impuesto de sociedades, el impuesto sobre los beneficios de las empresas, no es que sea un error, pero sí que está mal planteado. En un mercado verdaderamente libre, los beneficios serían más abundantes allí donde la producción todavía fuera insuficiente en relación a la demanda. Desde un planteamiento global, el beneficio sería precisamente el mejor indicador acerca de dónde más habría que estimular la creación de mercancías. Por eso, toda medida que entorpezca esta creación de mercancias, no haría sino ralentizar y dificultar el cierre de esta brecha de ineficiencia que en el fondo es el beneficio o la ganancia capitalista. Puede parecer un fallo o un descuido, pero estoy dijendo exactamente lo que parece: que los impuestos a la ganancia capitalista no son especialmente eficientes para combatirla, ya que ésta se mantendrá en tanto no haya suficiente oferta para cubrir la demanda, y por ello restar fondos a las empresas que deben crear esta producción y esta oferta no hace más que complicar la tarea. Y es un terreno muy exigente, además, ya que son las altas rentabilidades las que atraen al capital como un banco de peces a los depredadores, de modo que aquel que se queda rezagado, se pierde gran parte del festín.

La demanda puede ser instantánea, pero la producción y con ella la oferta necesitan su tiempo. Es por ello que los mayores desequilibrios entre la una y la otra, y por tanto el beneficio, suelen darse en artículos novedosos y de alta tecnología. Se trata además de un mercado internacional con unas dimensiones e implicaciones verdaderamente importantes. En este escenario, lastrar las empresas que deben competir y sobrevivir en él, aunque sea fiscalizando sus beneficios, no parece algo demasiado acertado.

Pero volvemos a lo que deciamos anteriormente: aun dejando completamente libre la tributación por el beneficio, esto no asegura que éste no acabe en los bolsillos de los empresarios o accionistas en vez de ser reinvertido en la empresa y en incrementar su capacidad productiva. Aquí sucede algo parecido a lo que ocurre cuando se padece un tumor, donde en el mismo área conviven un tejido sano que trabaja ordenadamente, con un consumo limitado, produciendo sustancias especializadas para bien de todo el organismo, con otro que sólo se preocupa de su beneficio y de crecer, y que además consume recursos de forma desaforada. Así las cosas, cuando se ataca el tejido tumoral, también resulta dañado el sano, y con ello todo el organismo. Pero si se deja estar, el tumor y con él la ineficiencia no deja de crecer, comprometiendo también la salud y la existencia del paciente.

De este modo, los tratamientos que se han demostrado más eficaces son aquellos que mejor pueden discriminar entre el tejido dañino y el sano, de manera que puedan atacar a uno tratando de perjudicar lo  menos posible al otro. Asimismo, en el asunto que nos ocupa, las medidas más eficientes serían aquellas que distinguieran y atacaran la ganancia capitalista tratando de perjudicar lo menos posible al tejido productivo, a las empresas. Es por ello que no se debe atacar el beneficio, a secas, porque no discrimina y ataca a todo el tejido, sino se debe dirigir específicamente contra la ganancia capitalista, que es la que detrae recursos del esfuerzo productivo.

Por todo ello, aunque en principio el capitalhumanismo no cuestiona la propiedad privada de los medios de producción, sí que pone muy por encima de ella los derechos de las personas sobre sí mismas y el fruto de su trabajo. Eso coloca a la empresa bajo un estatus muy especial, como una acumulación y concatenación de trabajos y conocimientos, (“máquinas que hacen otras máquinas y así podríamos casi remontarnos a la más remota antigüedad”) y donde confluyen tres intereses, derechos o gestaciones; el derecho antiguo: la propiedad obtenida legalmente basándose en las reglas o consideraciones propias de su tiempo. El derecho moderno: donde el trabajo sería la fuente creadora de toda riqueza y a quien por tanto debería pertenecer. El derecho presente: que sería una conjunción o estado de equilibrio entre estas dos y donde sus interrelaciones las haría fluctuar, marcando su devenir a lo largo del tiempo. Y donde además convivirían dos legados o tendencias; el legado particular: el de los antepasados a legar a sus descendientes, y el legado social: el de los distintos tiempos y sociedades en legar sus avances y conocimientos a las sociedades futuras.

El capitalhumanismo sostiene que la producción es más determinante que la propiedad de los medios para llevarla a cabo, por lo que no tiene el más mínimo problema en que los empresarios conserven pleno control de gestión y dirección de sus empresas. Cosa lógica, ya que además de justo es más eficiente, puesto que son quienes mejor las conocen, quienes más experiencia tienen, aparte de conocimiento del mercado, contactos, etc. Pero sería un ente propio en el sentido que en la producción confluyen los intereses de las tres partes, por lo que todo dinero o ganancia que se mantenga dentro de esa conjunción o paréntesis, no debe ser intervenido fiscalmente, ya que tanto sirva para crear nuevas factorías, adquirir o renovar la maquinaria, o aumentar la producción, etc, todos resultarían beneficiados.

Pero como suele suceder, no es la producción colectiva lo que genera los mayores problemas, sino que estos se presentan a la hora del consumo o apropiación personal de sus frutos. Por ello es vital el control de la llave de paso entre una y otro, ya que todo dinero que abandona la empresa no sólo pierde su capacidad creadora, sino que pasa a tener potencial destructivo por medio del consumo. Por ello el estado debe interponer una barrera impositiva lo suficientemente disuasoria, que en principio podría cifrarse, al igual que el impuesto al consumo, en un 40%. Porque no es sólo cuestión de reparto del beneficio del trabajo colaborativo, sino que es muy importante retraer consumo en favor de la inversión productiva.

Se obtiene así un sólido equilibrio entre las partes, ya que la empresa actua como juez y contraparte ante los empleados y sus demandas salariales, pero sin capacidad de imposición y extorsión. El estado fiscaliza a su vez las ganancias capitalistas que se ponen en disposición de consumo, pero como son las empresas las que determinan las cantidades que destinan a este fin, ello le obliga a actuar con moderación, ya que elevar demasiado las tasas con afan recaudador puede ser contraproducente, pues estas compañías pueden preferir huir hacia delante e invertir en sí mismas. Y por último son la mayoritaria masa trabajadora la que más peso tiene a la hora de elegir el gobierno y sus líneas de actuación.

Ante todo esto, los empresarios pueden sentirse divididos: por una parte, la flexibilidad, las facilidades, la ausencia de impuestos e idemnizaciones, etc, les ofrecen un escenario ideal para realizar su actividad. Si tenemos en cuenta además que el impuesto al consumo no afectaría a la maquinaria e insumos, esto situaría a sus empresas en una posición inmejorable de cara a la carrera tecnológica, lo cual le permitiría competir con mejores garantías en todos los mercados, pero especialmente los más innovadores y con mayor valor añadido. Pero por otra sus beneficios estarían más fiscalizados y seguramente bastante más reducidos en relación al volumen de negocio. Si bien, dada las facilidades a las empresas, este volumen podría incrementarse notablemente e intentar así mantenerlos al mismo nivel. Aunque es cierto que esto sólo estaría al alcance de los gestores más cualificados.

Los empresarios siempre justificaron su alto nivel de vida en base a que eran ellos quienes creaban riqueza y empleo. Aquí ni siquiera hace falta entrar en debates sobre quién realmente la produce, ya que esto no se ve entorpecido de ninguna manera por ningún impuesto; muy al contrario, éstos lo que tratan de dificultar es precisamente que esta capacidad creadora colectiva se pierda en forma de consumo personal.

Otra cuestión que aducen es el riesgo de perder su capital y de que los obreros, por contra, no asumen ninguno. De nuevo no es momento de entrar en debates sobre el riesgo que asumen quienes se juegan su misma integridad física; basta recordar que el riesgo a nivel social apenas existe, porque aunque una empresa caiga, la demanda y el beneficio resultante seguirán ahí, y otras empresas absorverán una y otro. El empresariado como colectivo no sufre ese riesgo, por lo que el proletariado o la sociedad como colectivo tampoco tendrían que pagarle ningún tributo por ello.

Pero también parte de ese argumento se puede volver en su contra. El capitalhumanismo propone que los trabajadores puedan cobrar todo o parte de su sueldo en forma de acciones de la empresa hasta una cantidad equivalente a la mitad del beneficio de la compañía el curso anterior. El precio sería el que tuviera en el momento de la implantación del sistema o, en su defecto, desde la llegada del obrero a la empresa, y no variaría para ellos en adelante. Así, cuanto mejor fuera ésta, más les interesaría a los trabajadores hacerlo así y al contrario, vinculando de ese modo la marcha de la compañía a su propio beneficio.

Por contra, también la empresa podría pagar con acciones de la misma cuando incurriera en pérdidas o en momentos delicados, para garantizar su supervivencia, la cantidad del sueldo que superara un límite establecido. Como para el capitalhumanismo la empresa es un ente propio, las deudas también pertenecerían en exclusiva a este ente, por lo que no sería de esperar una desbandada entre los trabajadores por este hecho. También hay que decir que en último término, ante una quiebra, el sistema contempla con horror el abandono de recursos productivos, por lo que otorgaría grandes facilidades para proseguir la actividad, en los términos que más adelante se describirán.

Todas estas medidas tienen por objetivo una “marxificación” del entramado productivo, en que los trabajadores tomen control progresivamente de sus respectivas empresas, y con ello de sus beneficios y sus pérdidas, más y más deprisa cuanto más altos sean esos beneficios y esas pérdidas, ya que ambas son signos de ineficiencia de uno u otro signo. Y todo ello sin ni siquiera comprometer la ganancia del capital, porque en el primer caso, les aseguraría más del 200% del beneficio antes de perder la mayoría de sus participaciones sobre la misma.

Hay que apuntar también que las empresas podrían intentar camuflar beneficios inflando superlativamente los sueldos de su alta dirección. Esto es tan eficiente como si los obreros pudieran ponerse libremente el sueldo que ellos quisieran; evidentemente, nada en absoluto. Por ello, si entendemos la empresa como un ente propio, una unión de trabajo colaborativo, estas cuestiones, que son más personales que técnicas, deberían decidirse entre todos, guardar diversos tipos de relaciones o proporciones entre los que tienen capacidad decisoria y los que no, o bien estar limitadas. O también se puede optar por algo más simple, que consistiría en poner el impuesto de la renta al mismo nivel que el impuesto al consumo y de extracción de capitales, formando una triada sencilla, uniforme y temible.

Con todo ello, los pequeños empresarios serían, con diferencia, los más beneficiados con este nuevo ordenamiento, principalmente por dos motivos: porque son en su mayor parte también trabajadores, y porque sus explotaciones son mucho más frágiles y por ello sensibles a las dificultades tanto burocráticas como financieras, aparte de crisis y demás, con lo que un sistema que cuide y proteja la continuidad de sus negocios sería bienvenido aunque pudiera reducirse el margen de ganancia capitalista, ya que ellos obtendrían la mayor parte de sus ingresos como ganancias del trabajo. La continuidad de su negocio pesa mucho más, porque representa la libertad de dedicarse a lo que han elegido y establecer su modelo de gestión y de trabajo, el esfuerzo acumulado en el tiempo, asegurar el futuro para sí y un legado para su familia, representa el triunfo de la voluntad sobre el azar y la incertidumbre… Y sobre todo separaría sus intereses de los del gran capital, que es quien únicamente se beneficia de los laberintos burocráticos, tratos de favor políticos y financieros, como mejores condiciones crediticias, y acceso a ingeniería y paraisos fiscales, y en general todas las inclemencias del mercado que invariablemente acaban perjudicando mucho más a los más débiles.

Hasta este punto manteniamos una sospechosa concordancia con muchas fórmulas liberales, pero aquí se produce una gran ruptura, ya que éstos asocian un alto nivel impositivo a confiscación y falta de libertades. Pero seguimos muy distintos ejes. El nuestro es la eficiencia, y ésta no tiene nada que ver con las libertades y el individualismo económico (recordemos que durante mucho tiempo la sociedad más próspera de occidente fue una tan esclavista como la romana, y que posteriormente las potencias industriales se levantaron sobre la semiesclavitud colonial). Además de que mientras subsista la amenaza de no dar a todos individuos acceso a los medios de producción, no habrá una verdadera libertad. Por otra parte, tal como el capitalhumanismo no criminaliza los beneficios empresariales, sino que distingue entre los que van dedicados a actividades creadoras o destructoras, asímismo los impuestos no habría que juzgarlos por su cuantía, sino en base a la utilización que se haga de ellos.

De hecho, el capitalhumanismo lo que pretende es llevar el libre mercado también al empresariado o las labores de dirección. ¿Eso qué quiere decir? Pues que del mismo modo que un obrero con desmesuradas pretensiones económicas tendría que dejar su puesto ante otro que se conformara con menos, haciendo que las relaciones placer/displacer fueran las que guiasen y autoregulasen el proceso; del mismo modo la recompensa que obtiene el empresario por su labor tendría que guiarse por los mismos principios, lo que sólo podría lograrse si se enfrentara a una competencia efectiva.

Porque que el capital compita contra el capital no es suficiente, ya que es un club limitado al que la gran mayoría de trabajadores o creadores de valor no tienen acceso, precisamente porque se alimentan de ese trabajo y esa creación de valor. De este modo, como vimos en el capítulo de las pirámides de valor, hay límites que al capital no le interesa rebasar,  por tanto sólo puede hacerlo empujado por la competencia del trabajo humano. Pero para eso habría que poner el trabajo o capital humano al menos a la misma altura que la del capital dinerario. De hecho tendría que ser capaz de sustituirlo, porque el libre mercado aplicado a los capitales hace que estos vayan donde encuentren mayor beneficio. Pero de esto trataremos en el siguiente capítulo.

 

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Para ser un tratado de economía, hasta ahora se ha hablado muy poco de dinero. Y no es casualidad, porque ante todo pretende ser un tratado científico, y el dinero no deja de ser un concepto humano. Mientras hubo pocos bienes y se podían intercambiar directamente unos por otros no fue necesario. Durante muchísimo tiempo se utilizaron los metales preciosos como moneda, lo que en el fondo no deja de ser el mismo sistema de trueque, aunque indirecto. Y si lo pensamos bien, incluso ahora seguimos haciendo lo mismo, sólo que con distinto intermediario.

El papel del dinero es, más que nada, cuantificador. Podríamos compararlo con la escala del termómetro. Para muchos procesos es importantísimo saber la temperatura exacta alcanzada. En este caso, la escala (Celsius, Fahrenheit, etc) no es importante, el agente que actúa es la temperatura, no la escala, ésta es un símple instrumento para poder determinarla. Pero también es preciso saber qué estamos midiendo exactamente. A nadie se le ocurriría utilizar la escala Celsius para medir la velocidad, aunque pueda haber alguna correlación, como que cuando más aceleramos, más se calienta un motor de explosión. El problema es que esto podría llevar a gravísimos errores, porque a marchas más cortas el motor se acelera y calienta más, y se podría llegar a la conclusión que son éstas las que más velocidad alcanzan. Puede parecer un ejemplo tonto, pero quédense con él, porque puede guardar sobrecogedoras similitudes con lo que actualmente sucede en nuestra economía.

Por ello es muy importante no sólo determinar qué es o mide el dinero, sino asegurarse de lo que se mide es exactamente aquello que se quiere medir, sin perturbaciones o contaminaciones y siguiendo la metodología correcta. Y aquí, en el papel moneda, nos encontramos con el primer gran problema. Porque mientras se usó el trueque, las cosas estaban bastante claras; pongamos que una persona fuera habilidosa para hacer armas de modo que tardara tres horas en tenerlas a punto, pero torpe a la hora de cazar, en lo que tardara seis. Este individuo podría intercambiar sus productos con alguien que tuviera justo el problema contrario: en tres horas tendría la caza, pero en confeccionar las armas tardaría seis. Un trueque armas por caza les podría ahorrar a ambos tres horas, de modo que uno estaría seis horas poniendo armas a punto para los dos, mientras el otro cazaba para ambos.

En el fondo da igual que el “precio” fueran las tres horas de coste para obtener el producto o las seis del valor de la mercancía recibida, la escala es indiferente mientras todos usen la misma o no entre en juego el trabajo asalariado o el dinero a crédito, es decir, agentes que adulteren o desvirtúen la medida y con ello la equivalencia: dinero/trabajo humano. Es por todo esto que se dice que el comercio crea riqueza. De niño, cuando escuchaba esa afirmación en el colegio, no la entendía. Si un mercader cambiaba a otro distintas mercancías, o ambas tenían el mismo valor, o uno había engañado al otro. En cualquier caso no se veía aumento de riqueza por ninguna parte. Pero si estas mercancías eran fáciles de obtener en un lado, y difíciles en el otro, ambos obtendrían una gran ganancia en forma de horas de trabajo.

Incluso el empleo de los metales preciosos como moneda se puede explicar en relación al trabajo. Es más fácil de transportar, de negociar (imaginen la diferencia entre el cuadro de todas las mercancías posibles cruzado con todas las mercancías posibles, de una parte, y de otra todas las mercancias posibles cruzadas sólo con el oro), gestión de riesgo, invariabilidad… (Si se recibe el pago de una mercancía en forma de lana o tejidos se pueden quemar, si es en forma de ganado o caballos se pueden morir o incluso depende si hay que llevarlos por praderas o desiertos…), en cambio el metal está a salvo de todas esas contingencias. Por ello, aun con sus costes de extracción y procesamiento, el ahorro social en forma de trabajo fue notable y el que propició su uso.

Pero con la adopción masiva del papel-moneda cambiaron todas las reglas del juego. Y por una razón fundamental: aunque los metales preciosos poseían un valor adicional por su condición de moneda, la mayor parte de éste seguía relacionado al trabajo que costaba extraerlos y procesarlos; en cambio el papel-moneda rompió toda relación con aquello que debía representar: el trabajo humano. Con menos personal que el que trabajaba en cualquier mina, la fábrica de moneda podía abastecer de ésta a todo un país y sobrarle tiempo para loterías, sellos y otras ocupaciones.

Esto que debía representar un ahorro social en forma de trabajo humano incomparablemente mayor al que supuso el cambio del sistema de trueque al de metales preciosos, no sólo quedó en nada porque estos metales se continuaron extrayendo (únicamente para tenerlos almacenados), sino porque el nuevo sistema trajo una serie de problemas y desafíos. El principal es que ahora quien tenía la potestad de crear este papel-moneda, tenía la capacidad de introducir ingentes cantidades de dinero, o información sobre el atesoramiento de horas-trabajo, sin apenas participación real de tales horas-trabajo, en una especie de “homeopatía” financiera. Eso es como introducir una adulteración que cada vez diluye más la proporción del “principio activo”, el trabajo.

Para agravar las cosas, al contrario que el oro, que era una moneda global, cada moneda en papel rara vez superaba el ámbito de un único país. Esto obligaba a controlar cuidadosamente las cantidades que se introducían en la economía. Pero… ¿cómo hacerlo? Y aquí es donde vino un error tan clamoroso como incomprensible, porque en vez de ligarlo de alguna forma a aquello que debía representar, -el trabajo humano-, no encontraron mejor manera que ponerle precio. Por irrisorio que pueda parecer, el dinero más que “crearse”, lo que se hace es que se vende o alquila, es decir, nace como deuda.

Pero los despropósitos no acaban aquí, porque el simple hecho de poner precio al dinero o tasa de interés, hace que el dinero “viejo”, el trabajo ya materializado o atesorado en forma de dinero, pierda con el tiempo capacidad adquisitiva respecto al producto del trabajo y el mismo trabajo en sí. O lo que es lo mismo, hace que el dinero se desvalorice respecto al trabajo, por lo que para consevar o aumentar su valor, no hay más remedio que invertirlo o cambiarlo por la “moneda” que mantienene o incrementa su valor, -el trabajo-. Pero para esto hay que disponer de medios de producción, lo cual ya penaliza a quienes no disponen de ellos, es decir, precisamente a quienes crean la “moneda” más valiosa, el trabajo. Aparte de que, como ya dijimos, la tasa de interés es como un impuesto que les ponen quienes tienen dinero, -o acceso a él- a quienes no lo tienen.

Porque esa es otra; para colmo, los bancos centrales, que son los que crean el dinero y regulan su precio, no se lo prestan a todo el mundo, sino que prácticamente a este crédito sólo tiene acceso la banca privada, provocando que este interés que en principio puede ser de unas décimas, al llegar a las empresas o el consumidor, ya sea de varias unidades de números enteros, incrementando de este modo de forma arbitraria, artificiosa y absurda el precio del dinero, y con ello su capacidad de alimentarse del trabajo, con la ineficiencia resultante.

Así, no sólo es que el sistema sea ineficiente, es que en él el papel de la banca es precisamente de multiplicador de la eficiencia. Primero, porque no crea nada. La banca puede crear crédito y con él dinero, pero no puede crear valor por sí misma. En términos placer/displacer se ve claramente, porque a la tienda de ropa, al restaurante, a la peluquería, entramos por placer, aunque también nos sea necesario, pero al banco sólo acudimos por necesidad. Una necesidad casi impuesta por el sistema, por otra parte. Esto hace de ella un gran peso muerto que hay que arrastrar, y esto tiene repercusiones también en la eficiencia social.

Imaginemos que, en el escenario actual, podemos extraer un millón de trabajadores con sueldo, pero dedicados a labores innecesarias, improductivas, superfluas, prescindibles, etc, y que podemos reubicarlos en la industria productiva. Con ello nos encontrariamos que el nivel adquisitivo sería el mismo, pero en cambio la producción habría aumentado significativamente. Entonces… ¿cómo se podría absorver este aumento de producción con el mismo dinero, con parecidos sueldos? Evidentemente no hay más que una salida: reducción de precio o escalones en las pirámides de valor, y con ello el beneficio del capital. Dado que la eficiencia estaría sobre la cota cero de rentabilidad, todo peso muerto social nos estaría alejando de ella. En este ejemplo también vemos que las desventajas serían únicamente para el capital, ya que el trabajo y las mismas empresas productivas no se verían afectadas, ya que incluso incrementarían su actividad.

Segundo: al ponerle precio e interés al dinero, y sobre todo al someterlo a la intermediación de la banca, hace que tras pasar por sus manos este interés se incremente escandalosamente cuando las empresas necesitan préstamos de capital. Lo cual a su vez obliga a las empresas a aumentar su tasa de ganancia para poder hacer frente al pago de créditos e intereses. Tal es así que es posible que la suma de ambos conceptos supere la de la remuneración total de los trabajadores, es decir, que las ganancias del capital y de quienes trafican con él superen las rentas del trabajo. Si eso no es ineficiencia…

Tercero: y lo peor es que además es una ineficiencia selectiva, y en ello se aprecian los graves inconvenientes que tiene desligar dinero y trabajo. Porque a los bancos prácticamente les cuesta el mismo trabajo prestar 100 que 1000 millones, pero sin embargo el rédito que reciben de una u otra cantidad son muy diferentes. Esto hace que el segundo caso sea muchísimo más atractivo, de modo para hacerse con tan sustancioso negocio no duden en ofrecer mejores condiciones.  En principio no tendría por qué ser así, a fin de cuentas al aumentar la cantidad también lo haría el riesgo. Pero en la práctica es el interés aplicado el que determina realmente gran parte de este riesgo, por lo que esa facilidad de condiciones lo reduce notablemente, de forma que los grandes capitales, gracias a la banca, siempre tienen una enorme ventaja competitiva frente a los más pequeños.

Lo que llamamos sistema financiero, y especialmente la banca privada, no es más que un multiplicador de la ineficiencia. Esto es así porque, aunque pregonan que “inyectan dinero en la economía”, no es del todo así, ya que tienen la mala constumbre de exigir que se lo devuelvan, más algunos intereses, claro, con lo que en realidad están extrayendo dinero o valor de dónde se genera, que es el tejido productivo, para pasar a ser beneficio, que acaba derivando en consumo. Con esto tenemos que si afirmábamos que el crecimiento de la riqueza es igual a producción menos consumo, la banca no sólo es un colosal destructor de esta riqueza puesto que consume sin producir nada, sino que además ataca a la producción, ya que la deuda financiera es la principal causa del cierre de empresas. De este modo, la banca propicia las condiciones ideales para la ganancia capitalista.

De otra forma no podría explicarse su excelente relación con el gran capital propietario de las grandes empresas transnacionales, a pesar de que éste también alimenta al parásito. Para comprenderlo, tenemos que imaginar la plusvalía como una pradera, y los distintos productores como animales de distinto tamaño que se alimentan de este pasto. Si no existiera ningún depredador, la fauna no dejaría de prosperar hasta agotar las sabrosas praderas de la plusvalía. Y eso sería letal, sobre todo para las bestias de mayor tamaño. Pero la banca no sólo es un depredador eficaz, sino que es un depredador selectivo, que se ceba especialmente en las presas más débiles. Por eso los grandes dinosaurios la alimentan gustosos, porque ellos pagan menos tributo y porque es lo que despuebla  la pradera y preserva el pasto del que se alimentan y les permite seguir creciendo.

No es casualidad que cuando más dinamismo tiene la economía capitalista esta se cortocircuite y colapse en forma de crisis, y que los periodos de más crecimiento y mayores tasas de actividad sostenida y empleo se den justo después de grandes guerras. Hace falta una gran destrucción de trabajo anterior o un ingente desaprovechamiento del recurso humano para sostener la ganancia capitalista, porque como ya hemos visto, el valor se crea generando una utilidad pero también una carencia. Esto hace que el máximo aprovechamiento de nuestros recursos, en especial el del trabajo humano, sea incompatible con el capitalismo tal y como lo conocemos. Tampoco es casualidad que el desarrollo del gran capital y la banca hayan sido parejos. Se necesitan el uno al otro, y ambos a la ineficiencia.

Para ponerlo en perspectiva… es algo difícil de calcular, pero en tiempos del imperio romano la fuerza laboral dedicada a la extracción, acuñación, transporte, custodia de moneda y todo lo relacionado con ésta, probablemente no llegara nunca al 5%. Ahora mismo, sólo el sistema financiero ya absorve más empleados que dos de los máximos exponentes de los restantes recursos: las empresas mineras y eléctricas. Si además consideramos que los trabajadores del sector están mucho mejor pagados que la media y contamos además sus mayores beneficios, la creación y mantenimiento de oficinas, mas todos los gastos de administración, publicidad, etc, el lastre del sistema financiero sobre el mundo puede facilmente consumir entre el 15 y el 25% de su capacidad productiva. Al menos entre 3 y 5 veces más que en épocas pretéritas. Hemos logrado que la moneda más barata que nunca hayamos tenido (que incluso en gran parte ya es virtual) se convierta en la más cara con diferencia de toda la historia. Más que dejar en mal lugar, esto deja en evidencia y hasta en ridículo a toda nuestra “ciencia económica” y a quienes tanto se ufanan de ella.

Muchos pensarán que esto no sólo no es así, sino que la banca ejerce una labor vital. Pero el hecho es que la banca, mecánicamente, no tiene ninguna participación en la fabricación de mercancías. La banca puede crear dinero, pero no puede crear valor. Porque lo único capaz de generar valor consciente es el trabajo humano. La confusión se produce porque estamos demasiado acostumbrados a que se superdite la realización de un trabajo a la existencia previa de dinero. Es decir: la subordinación del trabajo al dinero. El fallo no es una mera cuestión de orden de factores, sino de orden jerárquico. Si el trabajo se pone al servicio del dinero, o si el dinero se pone al servicio del trabajo.

Porque, si dinero y trabajo son una equivalencia, el dinero no sería más que el cómputo de las horas trabajadas y todavía no consumidas. El dinero, y más hoy día, no sería más que simple información. Por ello el problema y el papel del sistema financiero, no debería ser más que la gestión de esta información. Pero… ¿de verdad es necesario un sistema tan colosal y que absorve tantísimos recursos para gestionar esta información? Es evidente que no, que hay fallos tremendos de concepción y diseño. Y estos comienzan por lo más básico: para gestionar convenientemente una información, ésta debe ser lo más fideligna posible. Sin embargo el sistema financiero parece programado para todo lo contrario. Desde el mismo momento en que el dinero posee tasa de interés, y puede reproducirse a sí mismo sin concurso del trabajo, puede crecer y alimentarse a expensas de éste, es decir, adulterar y con ello reducir su “pureza”, la proporción del principio activo verdaderamente creador del valor.

Por eso es tan importante que el dinero mida realmente lo que queremos medir. Conviene recordar ahora el ejemplo que puse sobre la escala celsius y la velocidad, porque asociamos ganancia de dinero a ganancia de valor, pero si éste no está midiendo lo que creemos, las conclusiones y los resultados pueden ser erroneos y tener efectos catastróficos. Desde el mismo momento que el dinero se disocia del trabajo humano, desnaturaliza y pervierte la escala, contabilizando como valor o placer lo que no lo es, lo cual sería equiparable a contabilizar como velocidad lo que es calor, de modo que cuando empleemos marchas más cortas creeremos que estamos corriendo más, cuando lo único que estaremos haciendo sería revolucionar peligrosísimamente el motor de la economía. Y por impactante que pueda parecer, muchos problemas que sufrimos actualmente en nuestra economía tienen mucho que ver con esta similitud.

 

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Mucha gente es consciente o al menos intuye la naturaleza del problema, pero dificilmente se puede hacer algo al respecto sin hallar antes una solución. Y sin embargo ésta es relativamente sencilla. Ahora mismo, para crear una fábrica, para iniciar la creación de mercancías, es preciso contar antes con maquinaria, una construcción, mano de obra, etc. Esto se alcanza a través de un intermediario llamado dinero, que en gran parte es preciso obtener a través de otro intermediario llamado banca. Sabido es que un sistema es más eficiente cuantos menos intermediarios participen, cuanto con menos elementos se consigan parecidas prestaciones. Por eso pense que en este caso lo ideal sería ahorrarse ambos intermediarios, la banca y el dinero, y puesto que dinero y trabajo serían una equivalencia, en vez de que la banca preste dinero para “comprar” o poner en marcha el trabajo, sean los obreros quienes directamente”presten” este trabajo.

La banca presta dinero a las empresas con la condición u objeto de que le sea devuelto, más unos intereses, a través de futuros beneficios.  Éstos sólo pueden obtenerse con el añadido de valor que infiere el trabajo. Eso quiere decir que el trabajo no sólo añade valor suficiente para compensar el invertido en crear la estructura e instalar la maquinaria, más todo lo necesario antes de empezar a producir y vender mercancías, sino también para pagar los intereses del dinero adelantado por la banca, además de la ganancia del capitalista, que de otra manera ni unos ni otros inciarían o participarían en el proyecto.

Es evidente, por tanto, que a los trabajadores no les interesa demasiado vender su trabajo, sino que sus ganancias se verían aumentadas si en vez de eso fueran ellos quienes prestaran su trabajo. Eso sería como si los obreros renunciaran a cobrar hasta que la empresa empezara a producir por sus propios medios, pero recibiendo luego a cambio el sueldo adeudado más al menos unos intereses. Si no necesitaran pagar el trabajo de los distintos obreros, el empresario no necesitaría capital, y menos de los bancos, pero ocurre también que el dinero no percibido por los obreros por su trabajo es producto del trabajo no consumido, es decir, la misma definición que aplicamos al capital. Al prestar su trabajo, los trabajadores estarían prestando capital. Esa es otra demostración que dinero y trabajo son una equivalencia.

Ahora bien, si el trabajo también puede ser capital, en nada se diferenciaría del que aporta el empresario a la hora de montar la empresa. Pero si son iguales uno y otro capital, ¿por qué la titularidad o propiedad de la empresa correspondería sólo a uno? Eso quiere decir que el valor o propiedad de tal empresa también pertenecería en parte a quienes prestaran su trabajo. Por ello, en vez de prestar ese trabajo a cambio de unos intereses, ese trabajo podría considerarse una participación en el capital de la empresa. Así ese trabajo ya no tendría que ser pagado, pero a cambio participaría de los beneficios de la compañía. De este modo los obreros se implicarían más en la buena marcha de la empresa, y además compartirían sus riesgos, que es un argumento que a menudo esgrimen los empresarios.

Es evidente que ni trabajadores ni proveedores pueden prestar su trabajo indefinidamente, en algún momento tendrán que convertirlo en moneda para sus necesidades de consumo. Y en esto vemos claramente una de las encrucijadas y claves del sistema: cuanto más remuneración reciban los obreros por su trabajo, más excendentes y capacidad de prestar su trabajo tendrán, lo cual les permitirá aumentar su ganancia y así de nuevo los excedentes y vuelta a empezar, en un círculo virtuoso. Pero también ocurre al contrario, cuanto menos reciban y más en precario se mantengan, esta capacidad será cero y nunca tendrán excedentes con los que iniciar esta dinámica. Dado que es tan determinante para la eficiencia y el mismo sistema capitalhumanista, la colectividad representada por el estado tendría que intervenir para propiciar las condiciones para que el trabajo pueda convertirse en capital y a la vez su titularidad y propiedad pertenezca a aquel que lo ha llevado a cabo.

La cosa funcionaría asi: una empresa que quisiera expandirse o modernizarse solicitaría al estado la autorización de emitir para ello hasta determinada cantidad de HTB (Horas-trabajo básicas) para pagar a trabajadores y proveedores. No sería dinero, y nadie estaría obligado a aceptarla de nadie que no cuente con una autorización. Tras ser estudiada, el estado avalaría esta emisión garantizando su recompra en todo momento. Como ya hemos dicho, el estado en su conjunto no padece el riesgo que sufre una empresa particular, en el peor de los casos podría incurrir en cálculos deficientes y con ello es malempleo de recursos, es decir, ineficiencia. Pero aún con eso, el estado no se quedaría con estas emisiones, sino que trataría de vendérselas a ahorradores e inversores, a los cuales sí debería salvaguardar del riesgo, para lo cual lo mejor es diluir las distintas emisiones en un producto final, de modo que la rentabilidad y el riesgo fueran del conjunto de las emisiones.

Algo a destacar es que las emisiones que no se vendieran al estado serían de carácter nominal, es decir, su rentabilidad y riesgo sería el de la empresa emisora. Esta característica las haría especialmente interesantes para trabajadores y proveedores, ya que si la empresa fuera bien, podrían sacar jugosas rentabilidades, y si no fuera así, siempre estarían a tiempo de vendérselas al estado. Esto podría hacer que los trabajadores  prefirieran ahorrar las emisiones y gastar sus ahorros en moneda corriente, o que los provedores pudieran fácilmente pagar a los suyos con ellas, etc. En principio puede parecer mal negocio para el estado, pero es que el estado no está para hacer negocios. La idea es una distribución más equitativa de los medios de producción, lo cual es muy importante en pos de la eficiencia social. Además ocasionaría un hecho muy curioso, y es que no sólo competirían más empresas, sino que lo harían también distintos sistemas económicos entre sí.

Así, aunque este sistema permite financiarse de forma mucho más fácil y barata, la gran pega es que distribuye la propiedad y con ello los beneficios entre muchos más actores. Por ello muchos capitalistas preferirían el método habitual, a través de la banca, ya que aunque sería más caro y les dejaría menos beneficios, éstos serían en su mayor parte para ellos, que al final para muchos es lo que cuenta, por ello este sistema no acabaría con el capitalismo. Pero lo que sí ocurriría es algo que ya he manifestado en alguna ocasión que es de una necesidad vital, y es que el capital humano, el trabajo, pueda competir en igualdad de condiciones con el capital dinerario.

Con este sistema no sería imprescindible un aporte de capital previo, una buena idea de negocio sería más que suficiente. Esto abriría las puertas del empresariado a los más talentosos, independientemente del dinero que tengan. El talento y el conocimiento deben ser nuestro más preciado capital. De este modo los empresarios sentirían los efectos de lo que es una verdadera competencia, y sufrirían en sus carnes las leyes del mercado, la ley de la oferta y la demanda que tantas veces han reivindicado cuando recaía casi unicamente sobre los obreros.

Porque una empresa creada desde cero, exclusivamente con prestamos de trabajo de los obreros implicados, pertenecería a estos por entero, y no tendría que rendir tributo a préstamos bancarios, ni a los propietarios del capital y por si esto fuera poco, las retribuciones a la alta dirección la fijarían ellos, con lo que, considerando además que con un ordenamiento capitalhumanista estas tareas serían mucho más sencillas, tales retribuciones bajarían ostensiblemente. Todo ello les daría oportunidad de ajustar los precios hasta un nivel imposible para empresas sometidas a la deuda y al capital.

De esta manera convivirían tres modelos bajo un mismo ordenamiento. Estarían las empresas capitalistas tradicionales, con su deuda financiera, dividendos, etc. Habría empresas marxistas, en el sentido que su propiedad estaría difuminada por un ámplio conjunto de trabajadores, aunque no homogeneamente, sino en la proporción que cada uno quiera/pueda. Marxismo de libre mercado. Y si la mayoría de los trabajadores ejecutara su derecho de vender las emisiones al estado, al ser éste el máximo accionista, sería una especie de socialismo de estado como en los paises llamados “comunistas”. Al competir libremente entre sí en parecidas condiciones, se vería claramente qué modelo es más eficiente.

Pero el resultado no es tan claro como pudiera parecer, primero porque la mayoría de los empresarios seguirían prefiriendo el modelo capitalista, ya que es el más beneficioso para ellos, y sería así hasta que la competencia no alcanzase un volumen y capacidad lo suficientemente importante para obligarles a reducir decisivamente los márgenes. Lo segundo tiene que ver con la competencia con otras economías enteramente capitalistas. Ya que, aunque repetidamente hemos acusado al capitalismo como ineficiente, lo es principalmente respecto al trabajo empleado y el aprovechamiento que se obtiene de él, y también en términos placer/displacer, muy importantes para el capitalhumanismo. Pero el capitalismo tiene también una gran ventaja, y es la más insospechada para la gente, de hecho es seguramente lo último que relacionarían con él. Pero la gran baza del capitalismo es su bajo consumo y su relación con otro concepto: excedentes. Puede parecer que nos hayamos vuelto locos, pero al contrario: esto es algo que debería hacernos reflexionar sobre hasta qué punto nos dejamos engañar por las apariencias.

No tendría por qué extrañarnos, es algo bastante lógico. Si una gran parte de la riqueza producida por los trabajadores va a parar al empresario o a la empresa capitalista, éstos no pueden consumirla. Pero el caso es que el capitalista tampoco puede. Una persona puede ganar 50, 100, 1000 veces más que nosotros, pero lo que difícilmente puede hacer es comer 50, 100, o 1000 veces más que nosotros, ni siquiera más caro. Y así sucede con el resto de apartados. La consecuencia es que el capitalismo dispone así de una gran cantidad de excedentes, de recursos para invertir en maquinaria y medios para modernizar e incrementar la producción, además de que, al mantener al proletariado más en precario, éste no pueda rebajar el número de jornadas ni de horas trabajadas.

Así, el capitalismo tiene una extructura y comportamiento parecido al de un virus, ya que acumula la mayor parte de sus recursos y excedentes en la cabeza o élite social, lo que permite a éstas inyectarlo en forma de capital en economías más débiles para que las mismas reproduzcan y aumenten este virus o capital y así puedan extender más y más la “infección”. Por eso es tan temible la capacidad competitiva del capitalismo, a pesar de todas sus ineficiencias. Dado que éste se nutre del trabajo o placer del que se apropia o roba, no es de extrañar entonces esa capacidad, ya que nadie puede ofrecer un artículo más barato que aquel que lo ha robado. De ahí que tampoco extrañe su falta de eficiencia, ya que no se puede esperarla en un lugar dominado por la enfermedad o el hampa.

Para entender la magnitud del desafío hay que apuntar que, en comparación, el socialismo de estado “comunista” es notabilísimamente más eficiente. ¿Por qué entonces da la impresión de lo contrario? Porque hay factores que no se tienen en cuenta. En primer lugar, el trabajo. En la URSS, por ejemplo, los hombres se jubilaban a los 60, y a los 55 en trabajos particularmente duros, junto a todas las mujeres. Para ponerlo en perspectiva, en EE.UU ahora mismo un grandísimo porcentaje de la población trabaja mucho más allá de los 65 años. No se puede exigir los mismos resultados cuando no se emplean las mismas fuerzas productivas. Recordemos que la eficiencia es producción por unidad de trabajo. Y de medirlo en términos placer/displacer, ya ni hablamos.

En segundo lugar está el consumo. En la URSS la educación, sanidad, transporte público, etc, eran gratuitos, mientras que alimentos básicos e incluso la vivienda tenían precios muy reducidos. En tales condiciones, el consumo era mucho mayor, sobre todo comparado con la producción. Todo esto quiere decir que los excedentes deberían ser mucho menores. Y esto es algo muy importante, porque todos nuestros avances técnicos, máquinas, descubrimientos y demás, fueron posibles por la habilitación de excedentes, porque se pudo apartar tiempo, trabajo o recursos de las labores destinadas a la simple supervivencia. Por ello no basta con crear un ordenamiento eficiente, un paraiso del bienestar, si este concepto de eficiencia no incluye una ámplia reserva de excedentes, ya que entonces este paraiso como poco tendría fecha de caducidad. Así que el ordenamiento capitalhumanista no sólo debe convivir y competir con o contra estructuras capitalistas en su seno, sino que debe estar capacitado para hacerlo en el mercado internacional. Creo que ya se entienden las dificultades.

El problema de un ordenamiento marxista o socialista es su alto consumo. Y tiene difícil solución, porque el problema es a la vez el objetivo: procurar unas mejores y más justas condiciones de trabajo y de vida para los obreros. Y en tales circunstancias el precio de una hora de trabajo siempre rondará el de una hora de trabajo. Porque ese es el objetivo y su misma concepción de la eficiencia. Pero el capitalista puede hacer que en paises subdesarrollados un obrero trabaje 10 horas al precio de 5 o menos. Por ello, aun vendiendo al precio de 8 todavía ganan dinero. Para poder competir contra eso los obreros marxistas deberían al menos reducir sus ganancias a 0,8 horas de trabajo por hora trabajada. Es decir, no se puede hacer sin reducir el consumo.

¿Cómo soluciona este problema el capitalhumanismo? Pues es algo muy llamativo, porque utiliza sus estructuras capitalistas internas para neutralizar la amenaza exterior, además de para acumular excedentes. Es muy curioso, porque si antes comparamos al capitalismo como un virus, esto funcionaría exactamente como una vacuna. Ya que la vacuna utiliza el mismo virus que causa la infección, aunque debilitado, para impedirla. Del mismo modo, el capitalhumanismo dificulta o impide la parte dañina del capitalismo, que es la apropiación de recursos para consumo particular por parte del capital o no-trabajo, a la vez que mantiene la capacidad de acumulación de excedentes. Es como un capitalismo debilitado, neutralizado por las estructuras o defensas del estado social: lo que viene a ser una vacuna.

De este modo, bajo un ordenamiento capitalhumanista, el obrero no recibe de la empresa todo lo que produce, porque de otro modo podría comprometer la acumulación. Pero luego sí que recupera una parte de lo perdido a través del estado y las trabas que éste pone a las empresas para que no la desperdicien en forma de consumo. Por ello, cuando una empresa exterior presiona mucho los precios, lo que hace es impedir que la empresa capitalhumanista pueda realizar cualquier tipo de acumulación; si ni aún esto fuera suficiente, todavía podría seguir adelante pagando parte del sueldo a los trabajadores con capital social o acciones de la empresa, es decir, que podría subsistir tirando de la “grasa” o acumulación de naturaleza capitalista antes que tener que rebajar de manera drástica los sueldos de los trabajadores.

Luego, ante una eventual quiebra, veriamos la sustancial diferencia entre un sistema y otro. Así, si el capitalismo da preferencia al capital, anteponiendo la deuda financiera, dejando los despojos a disposición de los bancos; el capitalhumanismo priorizaría el capital humano, dejando la empresa en manos de los obreros, que de todas maneras a esas alturas, debido al pago en acciones, ya serían propietarios de la mayor parte de ésta, dándoles así una oportunidad de sacarla adelante, ya que serían los que mejor conocerían sus entresijos para lograr una mayor eficiencia mecánica y además tendrían una altísima motivación y recompensa si las cosas salieran bien.

Y si ni siquiera esto funcionase, la fábrica pasaría a disposición del estado, tuviendo siempre muy presente que las fuerzas productivas tienen un caracter e interés social, por lo deben ser preservadas todo lo que fuera posible. Bajo este principio, el estado tendría que considerar qué hacer con el cadaver, si diseccionarlo tratando de trasplantar y aprovechar la maquinaria, (además de hacer un reciclado de todo el cableado y parte de la estructura) o bien mantenerla en servicio temporal o indefinidamente, pagando a los trabajadores con las emisiones de dinero u HTB con que el estado pagaría a los empleados de la industria pública, alcanzando de esta forma la más alta capacidad de resistencia.

Ahora bien… ¿merecería la pena? Para empezar, el capitalismo piensa en términos individuales, mientras que el capitalhumanismo contempla la economía desde una perspectiva global o social. Así, a éste le horroriza la cantidad de empresas que el capitalismo deja caer y el ingente caudal de recursos que se desperdician con ello. Y curiosamente apelan a la eficiencia como excusa, ya que según sus razonamientos sería ineficiente mantener empresas ineficientes. Lo cual tiene su sentido, pero ya vimos cómo en parte esa ineficiencia era inducida por un sistema ineficiente, y ahora en este asunto tenemos que hacer una consideración, y es que el caso que nos ocupa no vendría de una ineficiencia en sí, sino de una incapacidad de hacer frente a productos más baratos medidos en horas de trabajo.

En última instancia el estado tendría que pagar una hora-trabajo por algo que sólo puede vender a 0,8 con lo cual aparentemente estaría dilapidando recursos. Pero si nos damos cuenta, esto vendría porque en otra parte estarían vendiendo el trabajo por debajo de su valor, de modo que estariamos recibiendo 10 horas de trabajo al precio de 8. En este caso, el estado no haría más que pagar el precio justo. Evidentemente es un terreno muy delicado, porque no pocas veces las ineficiencias serán reales, por ello como prevención esta intervención del estado podría limitarse a aprovechar la vida útil de instalaciones y maquinaria, porque al fin y al cabo desperdiciar todo ese esfuerzo logístico y productivo también sería una ineficiencia.

Otro error es pensar que en caso de hacerse cargo el estado de la empresa podría perder mucho dinero y sería poco eficiente. Pero eso simplemente no es posible, sería señal de no haber entendido cómo funciona el sistema. El estado pagaría a sus obreros de la industria productiva pública con emisiones de HTB; o lo que es lo mismo, creando dinero. Pero recordemos que esto depende y se hace por la existencia de fuerza de trabajo desechada o desaprovechada por la industria privada, es decir, más que ineficiente, lo que trata es de parchear una ineficiencia previa. Además su ventaja se limitaría a esto, ya que se trata de una cantidad mínima, y el resto del sueldo y de gastos se tendría que sacar de la venta de mercancías creadas. Si esto no fuera así, la empresa simplemente no podría funcionar.

En este escenario, el estado sólo puede perder las emisiones de HTB, y aparte de que para éste es mucho más preferible perder dinero que fuerza de trabajo, hay que dar cuenta que el sistema seguramente sea mucho más eficiente que el actual, incluso en la esfera de la empresa privada. Al fin y al cabo, pese a gozar de una acumulación de ventajas inconmensurable, la empresa estatal en último término se enfrenta a la realidad física del mercado, y si ni con todas ellas puede competir en éste, no tiene más remedio que dar su brazo a torcer. En cambio, con el actual sistema, las empresas capitalistas pueden soslayar la realidad del mercado tirando adelante indefinidamente sobre una nube de crédito. Y no sólo eso, sino lo peor es que esta mágica alfombra casi siempre se tiende sobre las mayores empresas, o lo que es lo mismo sobre las que mayores réditos puede obtener la banca, con lo que de venir mal dadas, el estropicio que se puede causar es descomunal.

Tal es así, que en el peor, peor de los casos, aunque el estado no fuera capaz de obtener el más mínimo rendimiento de la fuerza de trabajo puesta a su disposición, el gasto sería poco mayor a 12.000 millones de euros. En las empresas que cierran cada año es bastante posible que se pierda muchísimo más, eso sin volver a recordar que simplemente en intereses de la deuda el estado pierde 30.000 millones. Es decir, en cualquier caso las pérdidas serían menores y además se aprovecharía la fuerza laboral de dos millones de trabajadores. Y eso es mucha, pero mucha fuerza de trabajo, con la que se puede conseguir infinidad de cosas al mínimo que sea eficientemente aprovechada.

En cualquier caso el estado no pierde dinero. Al añadir masa dineraria a la ya existente, incluso si esta no sirviera para incrementar la producción de mercancías, (que sería un fracaso mayúsculo, porque con las emisiones de HTB se pagaría únicamente a los empleados de la industria productiva pública. A los funcionarios, por ejemplo, se les pagaría con lo recaudado en impuestos) haría aumentar de precio a estas mercancías, con lo que al final lo pagarían los consumidores como un impuesto encubierto.

Pero por fortuna para éstos hay que hablar de otro concepto, que sería la “plusvalía social”, y es que ocurre que continuamente se mejoran los medios de producción, se descubren formas de reducir costes o aumentar la utilidad y el valor… en definitiva se incrementa el saldo social de lo que hemos llamado “placer”, aunque evidentemente nos refiramos a su forma mercantil, que es la confrontada contra el “displacer”. Eso quiere decir que cada vez podemos obtener más cosas o más sofisticadas y útiles con el mismo o menor trabajo. En tales condiciones, si las mercancías o su valor aumentan, y no se incrementa a la vez la masa monetaria, tales mercancías se devaluarían respecto a la moneda, en un proceso deflacionario.

En un sistema sano o eficiente eso no tendría que representar ningún problema, pero el caso es que nos sentimos más cómodos en escenarios más habituales o conocidos, con lo que nos encontrariamos con que las emisiones de HTB del estado, en el peor de los casos, tan sólo atemperaría un poco ese proceso deflacionario. De este modo, si la inflación podía considerarse un impuesto encubierto, la deflación sería justo lo contrario, un dividendo que reparte ¿el estado? o el ordenamiento en sí, premiando a los que ahorran o invierten su dinero, es decir, a los que no lo gastan en consumo. Así la deflación es una herramienta vital en la estrategia capitalhumanista, basada en la máxima producción y el mínimo consumo.

Algunos aquí tratarían de meter en el mismo saco las emisiones de HTB autorizadas por el estado a la industria privada. Y no tienen nada que ver. En primer lugar porque se retraen del consumo, o bien de los trabajadores al “prestar” sus horas de trabajo, o bien de los ahorradores/inversores que recomprasen al estado estas emisiones, amalgamadas en un único producto. Y en segundo porque tales emisiones tienen por objeto precisamente la producción de mercancías de alto valor, por la creación de estructuras o maquinaria más moderna y eficiente, con lo que dinero y mercancías en circulación añadidos no sólo se equilibrarían, sino que no muy a la larga, la ventaja caería inequívocamente a favor de las mercancías. De este modo, aún sin contar para nada con el resto de la industria privada que no necesite inversiones o las haga con sus propios recursos o con ayuda de la banca, el saldo total de las emisiones de HTB del estado, contra el flujo de mercancías creadas a través de éstas, probablemente resultaría favorable para las últimas. Y en cualquier caso -y he considerado los peores- nada que ver con lo que ocurre ahora.

 

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Tradicionalmente la deflación ha tenido muy mala prensa color salmón. Y es algo que cuesta de entender, porque ésta sólo puede sobrevenir por dos razones, o bien falta de demanda, (menos consumo) o bien por exceso de producción. Esto choca frontalmente contra la doctrina capitalhumanista, porque para ésta, lejos de presentar inconvenientes, entran de lleno entre sus directrices y objetivos fundamentales. ¿Cómo puede tener una misma cosa efectos tan divergentes?

El capitalismo presenta graves fallos de diseño, y uno de ellos es su caracter oscilatorio, su propensión a enfatizar los ciclos. Así, cuando hay una prolongada bajada de precios porque cae la demanda o se acumula la producción, lo habitual es que se corte gas, reduciéndose la producción y con ella el empleo, lo cual mengua también la capacidad de compra de los obreros de modo que el ciclo se retroalimenta continua y peligrosamente. Esta dinámica el capitalhumanismo la evita con el empleo garantizado, de modo que no sólo la capacidad adquisitiva no se derrumba abruptamente, sino que gracias a que un mayor número de trabajadores pasan a la industria pública, hace que aumenten con ello las emisiones de HTB que reciben en pago, con lo que se incrementa el dinero en circulación, lo cual tiene un efecto contracíclico, que lo atempera y evita que se salga de control.

Pero el mayor inconveniente tiene que ver -como no- con la banca. Al bajar continuamente de precio los artículos y seguramente los sueldos, cada vez sería más difícil para empresas y particulares pagar las deudas. Si aquellos bajaran, por ejemplo, entre el 1 y el 2%, sería como si los intereses aumentasen en ese mismo porcentaje. Lo cual, sumado al anterior problema de reducción de demanda y de empleo, podría poner en dificultades a unas y a otros. Aparte que la petición de nuevos créditos caería en picado, y eso en una economía donde el dinero nace como deuda, supondría cortar el grifo de la liquidez justo cuando más se necesita.

Al ser el capitalhumanismo un sistema mixto, esto también le afectaría. Pero lo haría muy asimétricamente. La empresa capitalista clásica, con deuda financiera y retribución a accionistas, lo sufriría especialmente. Pero las nuevas empresas “marxistas” financiadas por el sistema de préstamos de trabajo, no se verían perjudicadas, ya que éstos no tienen forma de deuda, sino de inversión, y se pagan como participaciones en la empresa. Ello les daría gran ventaja competitiva, de modo que cada vez más empresarios preferirían este tipo de financiación a la bancaria, propiciando una transición más rápida hacia un modelo más eficiente. Así que si esto es lo más que sufriría el capitalhumanismo con los “inconvenientes” de la deflación, imaginen ahora lo que pueden suponer sus ventajas.

Una de las principales es que al bajar los precios el dinero adquiere capacidad adquisitiva con el tiempo, es decir, aumenta de valor. Esto supone un buen incentivo para el ahorro. Y esto es muy importante, porque como ya se dijo, uno de los grandes problemas y condicionantes de un ordenamiento marxista/socialista era su alto nivel de consumo, lo cual podría dificultar la acumulación de excedentes imprescindible para la modernización y creación de nueva maquinaria, vital para la competitividad y el desarrollo. Así, todo lo que aliente el ahorro y reduzca el consumo irá a cubrir la parte más vulnerable y comprometida del sistema, con lo que la deflación se convierte en su escudo y en una herramienta fundamental del mismo.

De este modo, si los precios bajasen un 2% al año, y la rentabilidad de las emisiones HTB de las empresas privadas que el estado recompra, unifica en un único producto y vende a ahorradores/inversores particulares, alcanzaran ese mismo porcentaje, el poder adquisitivo de estos ahorradores aumentaría un 4% al año, lo cual supondría un estímulo más que suficiente para conseguir la acumulación que blinde al sistema. De hecho, pasados los años, bien podrían hacer el papel de plan de pensiones, de modo que finalmente pudieran sustituir el sistema actual por uno más individualizado y “a la carta”, con lo que además de aligerar la carga del estado, cada uno podría organizarse a su gusto, eligiendo la manera de distribuir sus ingresos a lo largo del tiempo, aumentando así el grado de satisfacción o placer, siempre respaldado, eso sí, por una pensión mínima que en principio podría corresponder al valor en HTB equivalente a la jornada laboral imperante en el momento.

Al bajar continuamente el precio de los artículos, éstos cada vez son más adsequibles respecto a los fabricados en el extranjero, cuya tendencia es la contraria. Eso quiere decir que, para compensar esto, inevitablemente la moneda nacional se revalorizaría continuamente respecto a las divisas foráneas. Y ello la haría muy atractiva para la inversión/especulación. Esto sería un acicate más para el ahorro, especialmente el empresarial, cuyo capital cada vez tendría más capacidad de inversión en el extranjero. (El estado además cobraría los impuestos correspondientes en forma de acciones, por lo que no se perdería potencial inversor) La consecuencia es clara y significativa: el capitalhumanismo no sólo es capaz de mantener a raya la capacidad depredadora o infecciosa del capitalismo, sino que puede conseguir invertir las tornas, expandiéndose por los mercados internacionales.

Pero sin duda una de las consecuencias más interesantes de la deflación es que, al disminuir de precio constantemente todos los activos -especialmente los contenedores de valor-, éstos dejan de servir para la especulación, por lo que muy pronto se descontaría además el sobreprecio que hay que pagarle a aquella. Las implicaciones que esto tendría en algunos sectores sería simplemente espectacular. Y en ninguno sería más observable y demoledor que en el inmobiliario.

Actualmente se calculan en España más de tres millones de pisos vacíos. Con la deflación bajarían de precio ininterrumpidamente, lo cual supondría enormes pérdidas tanto para bancos como fondos de inversión transnacionales (que son en su mayor parte los propietarios) sin perspectivas de mejora, sino todo lo contrario, por lo que, además de cortarse la nueva inversión en seco, provocarían un aluvión de ventas que terminarían de hundir el mercado. Y además no les serviría de nada, porque es conocido el efecto de  que cuando se precipitan los precios, la gente en vez de comprar, espera a que se derrumben aún más. La salida lógica no sería la venta, por tanto, sino el alquiler, arrastrando los precios de éste en su caida. Si además ayudamos con alguna ley que vincule impuestos como el IBI inversamente al número de personas por m2 que ocupen la casa, el resultado final bien pudiera ser que el precio del alquiler cayese hasta quedar reducido a una tercera o cuarta parte. Por lo que ahora se paga 1.000 podría quedar en 330 ó 250 euros. (O el equivalente en HTB, que sería la moneda).

Y aquí ocurriría una circunstancia transcendental e irreversible: la gente vería y sería consciente del precio terrible que tienen que pagar al capital o la especulación. Porque no se trata sólo del precio que haya que pagar de más por un artículo esencial como la vivienda, sino que el peaje va mucho más allá. Para visualizarlo, pongamos por ejemplo la ciudad de Nueva York, donde los precios casi no bajan de los 2000 dólares, y apenas te acerques al centro facilmente se alcanzan y superan los 3000. Puesto que tanto los obreros como los materiales cuestan lo mismo independientemente de dónde levanten la vivienda, la mayor parte de ese precio puede atribuirse a la especulación o el aprovecharse de un bien finito o escaso como en este caso es el espacio.

De este modo, sólo con que contabilicemos, que entre viviendas y locales comerciales se alcance el número de tres millones de alquileres, y que cada uno de ellos tribute de media 1500 dólares al mes únicamente a la especulación o el capital, la cifra conjunta alcanzada por este concepto llegaría a… los 54.000 millones de dólares al año. Y la factura acaba pagándose entre todos, ya que para que alguien pueda permitirse abonar 3000 dólares de alquiler, como poco debe ganar de 5000 dólares en adelante. Porque además es algo acumulativo, ya que el camarero del restaurante, el peluquero, el taxista, también tienen que hacer frente a esos alquileres abusivos, por lo que para poder permitírselo tienen que reflejarlo en el precio al que ofrecen sus servicios. El resultado es que también todos ellos deben ser mucho más caros, con lo que en realidad el sueldo mínimo para poder hacer frente a todos estos dispendios debe llegar a los 7000-8000 dólares al mes. Dinero que debe salir de la empresa para la que preste sus servicios, que a su vez lo deberá reflejar en el precio al que vende sus productos. Y así es como la factura de la especulación en una sóla ciudad la acaba pagando todo el país, no sólo en forma de dinero, sino de competitividad. Dicho lo cual calculen la factura final de la especulación sumando la del resto de grandes ciudades del país. Y eso que hemos calculado por lo bajo y únicamente el alquiler…

Estos cálculos también podemos extrapolarlos a España, aunque evidentemente las dimensiones serían mucho menores. Aún así, en ciudades como Madrid es perfectamente factible que la factura de la especulación pueda llegar a los 6.000 millones de euros al año. Con poco que aportasen las demás, sobrepasariamos con holgura los 12.000 millones. Y pongo esta cifra con toda intención, porque es la que representa el coste de garantizar el empleo a todos los ciudadanos. Es decir, con sólo limitar el beneficio especulativo del capital en un bien de primera necesidad como es la vivienda, tendriamos lo suficiente para asegurar un nivel de vida digno a toda la población. Es algo que puede dar cuenta de hasta dónde llega la depredación que ejercen los poseedores de los recursos sobre los que carecen de ellos.

Sólo con esto los efectos de la deflación, más que asombrosos, ya serían directamente increibles. Con alquileres rondando los 300 euros, muchísimas familias se encontrarían de pronto con más del doble de dinero para gastar en otras cuestiones. Dinero, no lo olvidemos, que cada vez tendría más valor, con lo que tendría muchísima cuenta ahorrar, sobre todo cuando el sistema permitiría cobrar el sueldo en acciones de la compañía a precio fijado en el momento de su instauración o en el de ingreso en la misma, o invertir en las emisiones de HTB estatales del modelo de préstamo de trabajo. En poco tiempo parecería haber habido un trasvase de riqueza descomunal desde el capital al trabajo, pero lo curioso es que… ¡no habría trasvase alguno! ¡Todo esto se conseguiría simplemente por interrumpir o recortar precisamente ese trasvase que discurre al revés, del trabajo al capital!

Hay que decir que para la banca los efectos de la deflación serían catastróficos. Pero aquí de nuevo vemos cómo se repite una pauta inquietante: cuanto mejor es una medida para la gente o la eficiencia, peor es para la banca. En ello se comprueba que los intereses de ésta y de la sociedad son contrapuestos. Con el valor de los pisos reducidos a una tercera o cuarta parte, así como el de otros activos, sus balances implosionarían como una cámara de vacío. Sería el último clavo de su ataud. Puede que ante esto nos recorra un estremecimiento: “¿y ahora qué?”  Pero es inevitable, hay que elegir entre la banca o la eficiencia, son incompatibles. Incluso yo diría más: es cuestión de ellos o nosotros. Tal es así que la pregunta no es si podremos sobrevivir sin la banca, porque si el dinero es simple información, la banca no sería más que tratantes o traficantes de dinero, y sería como preguntar si podemos sobrevivir sin mafiosos. La pregunta debería ser más bien cómo hemos podido sobrevivir a ellos.

 

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El sistema financiero prácticamente en pleno es un despropósito absoluto. Esto se puede descubrir de muchas maneras, a veces de la manera más inesperada.  En mi caso no fue a través de un libro de economía, sino una novela de ciencia-ficción y además bastante mala. El argumento se las traía: a una Tierra al borde del colapso y con gravísimos problemas de energía, contaminación y de todo tipo, llegaron naves alienígenas con una curiosa proposición: ellos ayudarían a solucionar estos problemas si los humanos accedían a embarcar unos cuantos miles de individuos en una enorme nave con destino y propósitos desconocidos.

La cosa no estaba para muchas consideraciones y acceptaron. Los voluntarios que embarcaron se encontraron la nave acondicionada como paisajes campestres de la vieja Tierra, con casas y campos asistidos por robots que se encargaban de atender y suministrar todas sus necesidades, así como una industria completamente automatizada. Era como pasar del infierno al paraiso, no tenían ni que trabajar, ni necesitaban el dinero, y todo funcionaba a la perfección. (Luego la condición humana haría de las suyas y conseguirían transformar este edén en un remedo de cualquier sociedad actual, con su explotación, violencia, desigualdades, pobreza, y también, por supuesto, dinero y banca). Pero eso sería más adelante, y aunque ello también daría para provechosas reflexiones, centrémonos en lo que tenemos hasta ahora; los robots se ocupan del trabajo y todo funciona inmejorablemente.

Todo esto me llevó a plantearme si podiamos copiar ese estado ideal. Como  evidentemente hay muchísimas cosas que no podríamos hacer con robots, la cuestión era si podían sustituirse por trabajo humano. Sin llegar a las mismas prestaciones, pero desde luego sí que lo era. Pero lo que no parecía tan evidente en el caso de los robots, resaltaba de inmediato al tomar su papel los humanos, ya que esa sociedad ideal se parecería enormemente a un sistema comunista. Bueno… eran más cosas sobre las que reflexionar. Pero del mismo modo que me imaginaba replicando esa sociedad robótica a los humanos, me dió por pensar que fueran los robots los que imitaran la sociedad humana. Y a esto es a lo que quería llegar:

Imaginen que los humanos al entrar en la nave se encontraran que un 5 o un 10% de los robots deambularan por ella sin ninguna ocupación, que estuvieran por así decirlo en situación de “desempleo”. Que aparte de eso hubiera unos robots sin más ocupación que servir a otros robots, para que éstos pudieran permanecer ociosos. Que otro gran número de ellos se dedicaran exclusivamente a manipular unos papelitos de colores sin los cuales, por alguna ignota razón, no podía ponerse a trabajar ningún robot. Que los robots extrajeran y procesaran metales como el oro sin más propósito que para tenerlo luego almacenado y custodiado… Que los robots crearan complejas factorías para algún tiempo después abandonarlas todavía en perfecto estado aduciendo que habían “quebrado”. Que destruyeran productos agrícolas diciendo que eran “excedentes”…

¿Pensaría alguien que todas estas acciones tendrían algún sentido, que son prácticas, necesarias o eficientes? ¿O pensariamos que es un bárbaro y absurdo desperdicio de recursos? Pues del mismo modo que llegamos a entender que sería absurdo e ineficiente crear un robot sólo para tenerlo parado, ¿por qué no pensamos lo mismo cuando vemos a un humano desempleado, sirviendo a otro, jugando con papelitos con distintas cifras y colores, almacenando objetos brillantes como las urracas, cavando zanjas para volverlas a enterrar y tirando aquello que le da la vida? Tanto el trabajo de los robots como de los humanos son recursos productivos, y en base a ello, tan desperdicio y tan absurdo es desaprovechar el potencial productivo tanto de unos como de otros.

Por eso es importante señalar las múltiples ineficiencias que afectan al sistema. Aquí, como ya dije, el sector financiero se lleva los principales galardones. Y no se libra ni su “joya de la corona”, el indicador por excelencia para reflejar el estado y la evolución de la economía de un país: la bolsa. Pues sí, a fin de cuentas… ¿en qué nos beneficia como sociedad el que unos títulos estén cambiando constantemente de manos? ¿Nos hace más ricos que un título lo tenga Pepe en vez de Manolo? No es cuestión de despreciar su papel, ya que hace más accesible para el común de la gente el acceso a trocitos o migajas de medios de producción, pero la ineficiencia de la bolsa no viene por ahí, sino una vez más viene por el tributo que tiene que pagar a la especulación.

Pongamos que gravamos con un 1% toda acción de compra y de venta en la bolsa, y hasta de un 5% si se vende antes de un año. ¿Qué pasaría? Por lo pronto, las maquinitas de trading de alta frecuencia quedarían fuera de juego. Pero enseguida las seguirían brokers, operadores y todas las extrañas criaturas y organismos que pueblan ese hábitat. El número de transacciones caería en picado. También el precio de muchas acciones, especialmente las que sólo operan en el mercado nacional, que además son las más pequeñas y con menor volumen. Miles de millones en valoración se evaporarían. No parece un escenario muy halagüeño.

Pero a  menudo olvidamos que cada vez que alguien vende hay una contraparte que compra, y por alguna razón acostumbramos a considerarlo todo desde la perspectiva del primero. ¿Por qué tiene que ser así? Si alguien vende caro es porque otro compra caro, y en ese caso… ¿por qué tenemos que inclinarnos por uno más que por el otro? ¿Qué tiene de bueno que algo sea caro? Lo curioso es que si en vez de un título o acción fuera otra cosa como un piso o un pan, ya no veríamos con tan buenos ojos su carestía. Incluso puede que fuera al contrario. De hecho aquí constantemente expongo que cuanto más se aproxima el precio de algo al de su coste, más nos acercamos a la eficiencia. ¿Por qué habría de ser diferente al respecto la valoración de una acción o de la bolsa en pleno?

Al fin y al cabo, aunque las acciones bajaran, la empresa podría seguir operando de la misma manera sin cambios perceptibles; los clientes no les hacen pedidos en función del valor de sus acciones, sino de sus productos, el que los compra en las tiendas ni siquiera se preocupa de su cotización, y los trabajadores siguen trabajando y cobrando del mismo modo. La operativa es la misma y también los resultados de ésta, es decir, el beneficio. Pero eso sí, si el precio de la acción baja y el beneficio se mantiene, lo que estaría subiendo sería la rentabilidad por acción. Así nos encontrariamos con que la especulación (en el mejor de los casos un juego de suma cero) le habría estado costando mucho dinero a la inversión (una actividad productiva), lo cual no parece ni práctico ni eficiente.

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La publicidad es otra de las actividades sumamente ineficientes. Esto es evidente cuando analizamos bien qué es o qué aporta. Porque la publicidad no añade valor, sino percepción de valor. Es como si a las pirámides de valor de las que hablé en otro capítulo se les diera un revoque para hacerlas más voluminosas y bonitas, incrementando el valor total, pero sin aportar real o físicamente valor alguno, es decir, un añadido de valor ficticio.

Pero no es sólo eso lo que la hace ineficiente, sino que su dinámica se parece mucho a la de una escalada armamentística, porque su eficacia no depende de sí misma, sino de su relación contra quien compite. Así, un gasto en publicidad es rentable si logra arrancar cuota de mercado a sus competidores. Pero si estos hacen el mismo gasto, las fuerzas se equilibran de nuevo y todo ese dispendio apenas habría beneficiado a ninguno de ellos. Pero al igual que ocurre con las escaladas militares, nadie puede rebajar ese gasto mientras no lo hagan sus competidores/adversarios. Las cosas podrían desmadrarse, aumentar el gasto hasta niveles alocados, y estarían exactamente en el mismo punto, solo que más agotados financieramente.

Y esto es algo que mueve muchísimo dinero en el mundo. Se calcula que las empresas gastan más dinero en publicidad que investigación. Lo cual es muy perturbador, pues indica que más importante que ofrecer un buen producto es que lo parezca. De hecho, la publicidad no podría ser tan socialmente ineficiente si nosotros, como consumidores, no fuéramos tan manipulables. Es decir, su ineficiencia proviene y se aprovecha de la nuestra. Pero las consecuencias no paran aquí, sino que puede afectar e infectar el mismísimo “sancta sanctorum” del dogma de fe capitalista: la competencia entre empresas.

Imaginemos dos empresas del mismo tamaño y características, pero que, mientras la una decide dedicar una parte de sus ingresos a publiciad, la otra prefiere invertirla en investigación. El problema es que los efectos de la publicidad son inmediatos, mientras recoger los frutos de la investigación llevan su tiempo. El resultado es que la primera le comería cuota de mercado a la segunda, que ya tendría que elegir entre ver reducidas sus ganancias o la cantidad dedicada a investigación. Pero poco a poco la mayor calidad de sus productos podría irse empezando a advertirse, amenazando con recuperar su cuota de mercado. Ante esto, su competidora podría responder intensificando sus campañas, contratando a famosos o regalando muñequitos de alguna serie o película exitosa. Así podría contrarestarla durante un tiempo hasta que la calidad de sus productos se hiciera más que palpable, ante lo cual a la primera empresa todavía le quedarían algunas opciones; podría quitarle a sus mejores técnicos, y llevarse con ello sus conocimientos, o aprovechando sus mayores flujos de caja y poderío financiero, directamente comprarla.

¿Habría ganado la mejor o más eficiente, como promulga el ideario capitalista? Es evidente que no, puesto que la primera se habría beneficiado de las ineficiencias de los consumidores primero y las del mercado después, ya que sus reglas favorecen a los que ocupan posiciones adelantadas mientras perjudica a los que van más retrasados, y lo hace de tal modo que sería capaz de conseguir que un velocista pudiera imponerse en una carrera de fondo. Y eso ni es sensato, ni es práctico, ni mucho menos, eficiente.

Se dice que la competencia es buena porque obliga a incrementar la calidad y bajar los precios. Y en parte sí que es así. Pero esto en gran medida estará determinado por lo que se incremente o no la producción, siendo el agente principal de tal descenso, ya que incluso un monopolio tendría que bajarlos si se hubiera pasado de producción y quisiera darle salida. De este modo, la producción una vez más se convierte en la clave de todo, y si el capitalismo se muestra tan entusiasta de la competencia entre empresas, no es precisamente por impulsar esta bajada de precios y por tanto del beneficio, sino porque esta reducción de márgenes impide la agregación de nuevas empresas y de producción resultante, además de dejar a muchas otras en precaria posición, que en bastantes ocasiones acaba en quiebra y con ello un goloso hueco de producción cesante.

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Otra lacerante ineficiencia tiene que ver con los estudios. Tanto más si cabe porque la destreza en un trabajo no se tarda demasiado en conseguirse, además de que durante la mayor parte de ese tiempo el rendimiento será bastante aceptable. En cambio para el estudio no todos están capacitados y precisa mucho tiempo, que en su mayor parte es improductivo. Todo esto hace que el desperdicio de este tiempo de estudio sea mucho más lesivo para la sociedad que el de cualquier otro tiempo de trabajo. Porque si bien el tiempo dedicado al estudio no puede considerarse en sí tiempo de trabajo, sí es parte imprescindible en la preparación y ejercicio de éste; y del mismo modo que un puente no entra en valor hasta que no se completa, pese a todo el trabajo previo, así los estudios no dejan de ser trabajo todavía no puesto en valor. Por ello, una sociedad que no aprovecha o pone en valor los estudios de sus individuos es como una sociedad que construye puentes inacabados y carreteras que no van a ninguna parte.

Esto hace patente que la visión individualista y competitiva patrocinada por el capitalismo es, también aquí, muy ineficiente. Porque si bien al individuo le pueda favorecer la acumulación de estudios, -aunque sean en exceso o no tengan relación alguna entre ellos- en la competencia por los puestos de trabajo, para el conjunto de la sociedad supone un derroche de recursos y, para los mismos individuos, de esfuerzo y tiempo. Porque el esfuerzo y sacrificio que las personas tengan que realizar para ello, al sistema le es indiferente. El placer/displacer ajeno no entra dentro de su escala de valores. Pero la verdad es que la gestión del conocimiento ha sido la más determinante en el desarrollo de todas las civilizaciones y sociedades a lo largo de la historia, y por ello una mal aprovechamiento de éste indudablemente pasará factura.

Y en pocos lugares como en España este derroche alcanza límites tan dramáticos. Numerosos licenciados engrosan las listas del paro o tienen que sobrevivir en profesiones muy distintas que las que estudiaron. Otros sí lo consiguen… pero en el extranjero. Aquí una sangría muy particular, pero no menos lacerante, es la cantidad de gente y talento que se prepara estérilmente en oposiciones funcionariales. Una terrible hemorragia de inteligencia, incluso la de aquellos que la superan, para luego anquilosarla en rutinarias tareas y árida burocracia. De este descomunal despropósito no se libran ni muchos de quienes pueden ejercer la profesión que eligieron, porque a menudo se les exige complementarla con instrumentos como los masters que luego realmente poco aportan a su desempeño y su utilidad muchas veces se reduce a decorar curriculums.

Debido a que para el capitalhumanismo la gestión del conocimiento es una prioridad absoluta y que el trabajo garantizado haría menos acuciante la necesidad de acumular títulos, los estudiantes podrían centrarse en aquello que verdaderamente le interesa, y aprovecharlo mejor, ya que el objetivo no se limitaría a superar un nivel o examen, sino que debido a la retribución individual y cambiante, ese nivel de conocimiento entraría en valor, así como todo lo que se incrementase ya una vez ejerciendo la profesión. Esto favorecería la especialización práctica, es decir, centrada y adaptada al trabajo que se está realizando.

También, al enfocarse de un modo social, la información antes de empezar la carrera sería fundamental, de forma que todos conocieran las espectativas de reales de empleo tanto actuales como sobre el año de finalización, para que oferta y demanda pudieran irse cuadrando y planificando. Del mismo modo, al ser los estudios dirigidos al mercado de trabajo, sería conveniente mayor colaboración e interacción entre uno y otro, así tras alcanzar unos conocimientos fundamentales, podría iniciarse una fase de aplicaciónes prácticas temporales en empresas interesadas que podría llegar a completar la formación del candidato a un puesto para sus necesidades específicas. De este modo el alumno conseguiría un trabajo antes de finalizar los estudios y la empresa terminaría de formarlo de acuerdo a sus baremos e intereses. El caudal de conocimiento aplicado en la dosis justa y directamente al objetivo. Eficiencia.

Ahora bien, del mismo modo que para la doctrina capitalhumanista es necesario aprovechar toda la fuerza laboral, mucho más lo será desarrollar todo nuestro potencial de conocimiento. Esto quiere decir que todo el que tenga capacidad para cursar estudios superiores debe tener posibilidad de llevarlos a cabo, así como los interesados en determinada formación profesional. Puede haber muchas fórmulas para ello, y en esto tendrían mucho que decir y aportar los propios interesados, pero debe ser un objetivo fundamental e inexcusable.

En este sentido serían muy interesantes medidas para orientar la enseñanza hacia un modelo más elitista, con centros donde se reunirían los mejores estudiantes de cada especialidad, junto a los mejores profesores y los medios más modernos, en lugares donde pudieran interactuar frecuentemente con la industria más avanzada, para situarla de este modo en primera línea de innovación y tecnología. Esto además motivaría tanto a estudiantes como profesores para alcanzar el nivel necesario para optar a ello, creando una dinámica mucho más activa y ambiciosa.

Sin embargo no se trata de fomentar un modelo basado en una cruda competitividad entre individuos, de hecho el sistema de calificaciones continuas e incluso finales tal vez sea anticuado e ineficiente. Por lo menos hasta los doce años podrían irse pasando cursos sin apenas evaluación. Incluso la misma división en cursos podría cuestionarse. Porque al igual que la comida, el conocimiento se les debe ofrecer en la medida que lo demanden. Darles a todo lo mismo en unos produce hartazgo y a otros todavía les deja con hambre. Cada alumno debe estar con sus iguales en conocimiento, no en edad o altura.

Una sociedad diferente requiere un nuevo modelo de enseñanza. La educación no consiste en apilar conocimientos sobre el alumno como si fuera un camello. El actual modelo además favorece una concepción jerárquica de la sociedad, donde unos dictan el orden y conocimiento establecido, mientras de los otros sólo se espera que lo memoricen y acaten. ¿Cómo va a cuestionar un simple alumno el saber acumulado por la suma de todos nuestros mayores genios? Pero el caso es que esto provoca que queden sepultados por gigantes, en vez de animarles a escalar sobre sus hombros.

La educación no debe consistir en una descarga de datos y respuestas, como si se estuviera programando un ordenador o un robot. No consiste tanto en enseñarle todo lo que sabemos como en mostrarles todo lo que desconocemos, como un horizonte al que nadie ha llegado, como una puerta que nadie ha traspasado, de modo que al estudiante se le diga sin palabras: “ve”, “cruza”. La educación no consiste tanto en darles peces como en enseñarles a pescar. Lo primero crea individuos dependientes, dóciles, fáciles de manejar por aquellos que representan el concepto de “autoridad”; mientras que los segundos crearán un saber y una sociedad dinámica, que inventarán sus propios errores y trazarán su propio camino.

Un ordenamiento que mide su riqueza en términos placer/displacer no debe seguir preparando sus escolares para un competitivo y despiadado mundo laboral, que ha venido a reconvertir, sino a enseñar a enterderse y a entendernos, a reducir las fricciones e integrarse en el maravilloso mecanismo del engranaje humano, que es la fuerza que ha de cambiar el mundo para bien o mal. Para ello en las primeras etapas los ejercicios deben ser en gran parte colaborativos, para enseñarnos a trabajar en equipo y dónde todos puedan ser útiles y realizar su aportación. La competición no debe ser contra otros individuos o equipos, sino contra todo aquello que desconocemos o nos hace ineficientes en la gestión de nuestro mayor recurso: el humano. Luego ya habrá tiempo para prepararnos laboralmente para un mundo tecnificado. Porque lo importante no es cuánto o qué seamos capaces de crear, sino el para qué.

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En principio todo problema del transporte es también de la energía. Así, el transporte que menos desperdicia es el que no se realiza. Un gran paso adelante para ello es el trabajo garantizado, pues como ya dije, eso reduciría progresivamente las distancia media hasta el puesto de trabajo. Si además se desatasca el sector inmoviliario frenando la especulación, rehabilitando casas, abaratándolas y descentralizando la industria y el empleo, la mayor facilidad para cambiar de domicilio o de trabajo aproximaría ambos de modo que se reduciría notablemente el recorrido hasta el mismo y con ello el tiempo perdido en atascos.

En ese sentido las grandes ciudades son brutalmente ineficientes. Tanto más cuando el irracional uso del automovil, y con él de los combustibles fósiles, tiene una horrible repercusión en la salud, que aparte de las consecuencias en términos placer/displacer, también tiene unos costes económicos gigantescos. Es asombroso y desconcertante el tiempo que aceptamos sacrificar al dios de los mercados. La falta de empleo asegurado hace que estemos dispuestos a trabajar más tiempo para conservarlo, y hasta más edad de lo que prefiriamos; no sólo perdemos también el tiempo desperdiciado en trayectos y aglomeraciones, sino que perdemos la salud y hasta el mismo tiempo de vida. En el tiempo en que más podriamos tener, y por no tener, no tenemos ni tiempo. Es la descripción más estremecedora de la ineficiencia social.

Es imperativo sacar los motores de combustión de las ciudades. Y no hace falta grandes trastornos y desembolsos para ello, sino que bastaría un poco de racionalidad. Porque tener que movilizar un armatoste de más de 1000 kilos para transportar un pasajero y cuarto de media, más o menos 100 kilos, al ritmo en que se desplazaría un artefacto de 10 llamado bicicleta, es de lo más contrario a la racionalidad y a la eficiencia. Y no se trata de sustituir unos por otras, sino de quitar todo lo superfluo y lo dañino.

Si se trata simplemente de ir de un sitio a otro, preferiblemente a salvo de las inclemencias, y a una velocidad que rara vez superará los 50 km/h, para eso no se precisa un motor muy potente y voluminoso, dando la casualidad que los que menos pesan y ocupan son los eléctricos. Sin tener que soportar gran peso y velocidad, el chasis puede ser mucho más ligero, al reducirse el peso también la suspensión puede ser más sencilla, los frenos, el grosor de las ruedas, etc, con lo que el motor puede hacerse todavía más pequeño y vuelta a empezar… Coches ligeros y lentos además acumulan poca energía cinética, con lo que la carrocería puede a su vez aligerarse sin menoscabo de la seguridad en colisiones contra otros vehículos o peatones, que es lo más frecuente. De hecho sobre todo para estos últimos la mortalidad se reduciría drásticamente.

Su consumo sería muchísimo menor, así como los tiempos de trayecto y aparcamiento, y por supuesto la contaminación, también en lo referido a las partículas desprendidas por frenos y neumáticos. No precisarían grandes baterias. De hecho podrían ser extraibles y recambiables en numerosos puntos de recarga de la urbe. Funcionarían como una red de alquiler automático por medio de tarjetas personales que actuarían como llave de arranque y de pago. Junto al transporte público que sería notablemente más fluido y frecuente, sería más que suficiente para asegurar un mejor y más rápido desplazamiento por la ciudad. La circulación del resto de coches quedaría restringida a la entrada y salida de ésta y sólo a los residentes en ella.

Otro asunto a mejorar sería también el transporte de mercancías. Una posibilidad interesante en ese sentido sería el “tren continuo”, que consistiría en unas vagonetas de poco más de metro de ancho por dos de largo, con capacidad de llevar dos palets de mercancías, que circularían automática e independientemente a través de anclajes a vias superiores con una separación estipulada que posibilitaría que pudieran avanzar muy juntas unas de otras. Es sistema discurriría por túneles, o al menos iría cubierto. No sólo la energía requerida para el transporte sería mucho menor y menos contaminante, además de liberar de camiones las carreteras, sino que reduciría muchos empleos. Suena raro que se diga eso como si fuera algo bueno, pero es que a menudo olvidamos que el trabajo no es un bien en sí mismo; la produción es el bien, el trabajo sólo es el mal necesario para alcanzar ese bien.

Tampoco hace falta que discurra rápidamente; a 50 km/h que avanzase tendría suficiente para llegar a cualquier punto del país en un día. Todo ello reduciría los costes del transporte de una manera importante, además de sacar del tablero a muchos intermediarios. Todo esto permitiría reducir enormemente el precio de las mercancías, lo que haría a las empresas mucho más competitivas. Además de eso crearía una industria propia que podría exportarse, con pretensión de ampliar la red a todo el continente. Incluso podría llegar a plantearse sustituir parcialmente el tráfico rodado. Si un sistema así pudiera ir de forma segura a más de 80 km/h, la idea es que en rutas largas los coches puedan ir montados en plataformas o disponer de enganches desplegables que le conecten al sistema. Si ningún punto del país quedara alejado más de 80 ó 100 km de la red, la gran mayoría de los coches podrían ser más ligeros, eléctricos y consumir menos que un aire acondicionado. Y de nuevo la industria que los creara tendría que ser propia, propiciando su desarrollo.

Un motor que no tenga que transportarse a sí mismo, ya supone un gran ahorro. Tanto más si tenemos en cuenta que entre el peso del motor y el combustible, ya suman más que el de las personas que puedan llevar, lo cual da cuenta de su ineficiencia. Donde no se debe ahorrar o escatimar es en inteligencia, por ello se podría estudiar hasta qué punto ayudarían al sistema la asistencia de aerogeneradores que, aunque no estuvieran situados en los lugares más adecuados o tuvieran que ser de giro horizontal, se beneficiarían de poder transmitir directamente un movimiento mecánico, sin las pérdidas que se producen al transformar éste en eléctrico y de nuevo el eléctrico en movimiento mecánico, las cuales son bastante importantes.

Donde el viento sí ha demostrado durante siglos su capacidad de impulsar el transporte es en el mar. Así podrían estudiarse la eficiencia de velas ancladas a mástiles telescópicos, fáciles de desplegar y rotar con poca necesidad de tripulación. Evidentemente ni los barcos podrían ser muy grandes ni la velocidad muy elevada, pero indudablemente serían eficientes y podrían competir, ya que ahora mismo el principal gasto es el combustible, tanto que a menudo los grandes cargueros no van a toda marcha para ahorrarlo. De todos modos, en nuestro mundo obsesionado por la inmediatez, la velocidad, si no sirve a un propósito sostenible, tan sólo es tomar carrerilla para saltar al abismo.

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Hay quien, parafraseando un refrán castellano, asegura que: “cuantos más policías más ladrones”. Y aunque sea normal que su número vayan relacionados, económicamente la frase tiene su sentido. Porque añadir policías genera un gasto, que tiene que ser sufragado por impuestos, los cuales deterioran un poco más las condiciones de vida y trabajo, lo cual puede hacer que se incremente ligeramente el índice de delincuencia y vuelta a empezar. Esto funciona del mismo modo que en paises con poco paro pueden invertir el dinero que dedicarían a éste a fortalecer aún más el empleo, justo al contrario de lo que sucede en paises donde este índice es muy elevado. Son círculos viciosos o espirarles destructivas que pueden acabar haciendo mucho daño. Por ello es tan importante la eficiencia.

Y por ello es muy importante controlar rigurosamente el número y retribución de empleados o funcionarios públicos. Una empresa privada sabe perfectamente cuando tiene más empleados de la cuenta al ver reducido su márgen de beneficio. Para el estado es mucho más dificultosa esa tarea, ya que el precio al que cobra sus servicios, que serían los impuestos, como su nombre indica, no se confrontan contra el mercado, sino que se imponen sin más. Por esto le es muy fácil -y peligroso- caer en el sobredimensionamiento y la ineficiencia resultante. Y un elevado número de funcionarios haría el mismo efecto que el referido sobre los policías; un incremento de la carga impositiva, que acarrearía también que subiese la industria sumergida y la delincuencia fiscal.

Aquí el capitalhumanismo sería bastante contundente. Con la sustitución de los impuestos al trabajo por el impuesto al consumo, se reducen y simplifican enormente los gastos de la administración en gestión y control. Al garántizar el empleo se hacen innecesarias muchos tipos de ayudas y asistencias. Pero aún con todo esto, sería la reducción de la burocracia donde se produciría el mayor ahorro. Ésta es sin duda uno de los males más absurdos y perversos que pueda padecer un estado. Es así porque, aunque su objeto sea dificultar el fraude, gasta tantos recursos, energía y tiempo en ello que sin duda supera con creces el del fraude que pretenden impedir. Aparte que tradicionalmente los paises más corruptos son donde más densa es la maraña normativa y burocrática. Con lo que aparte de cara, no sirve absolutamente para nada.

En la era de la información no hay excusa, se puede y por tanto se deben simplificar todos los procedimientos administrativos. Pero si esto es muy necesario en el caso de los trámites de los ciudadanos, en el de las actividades empresariales es más que urgente. Una actividad productiva no puede estar en suspenso y a la espera de un permiso o una firma funcionarial. La misma noción del “permiso” es muy chirriante. No sólo es comprensible, sino que es exigible una vigilancia atenta y periódica para que todo se haga como es debido, pero el permiso sugiere además una subordinación de la actividad creadora a la burocracia esteril, y eso no parece muy eficiente.

Por ejemplo, para abrir un simple local comercial, no sólo se necesita un desorbitado número de permisos y requisitos, algunos verdaderamente ridículos, sino que además de tener que realizar el papeleo en persona, en muchos casos es preciso cumplimentar uno antes de emprender otro, en vez de poder simultanearlos y enviarlos informática o telematicamente. Los retrasos que todo ello provoca, acarrean notables pérdidas o al menos ausencia de ganancias y de actividad que de una forma u otra todos acabamos pagando. Así, la actividad productiva debe tener prioridad, pudiendo establecerse permisos provisionales bajo testimonio y responsabilidad personal, o aval de un técnico o profesional privado, para emprender la actividad hasta que la administración pueda comprobar que reune los requisitos y les dé el definitivo.

Una vez que la presencia personal dejara de ser imprescindible para realizar trámites, la distancia física dejaría de ser importante, y con ello el papel de comunidades autónomas o diputaciones; estas últimas pueden dejar su lugar a mancomunidades de municipios que, a su vez, pueden asumir el de muchos ayuntamientos, haciéndolos así innecesarios. De hecho sería mucho más eficiente, ya que cada municipio fiscalizaría suspicazmente las cuentas de la mancomunidad no sólo para evitar desvíos y malversaciones, sino agravios, con lo que harían mucho más complicado cometer los excesos y abusos corrientes hasta la fecha.

La administración está sobredimensionada, además de excesivamente retribuida, en especial los altos cargos, y por si esto fuera poco, su productividad y eficacia deja mucho que desear. No es precisamente lo que uno identificaría como eficiencia. Con el capitalhumanismo los funcionarios tendrían el mismo estatus que el resto de trabajadores, es decir, no serían fijos y su sueldo se ajustaría a su rendimiento. Así, tanto el personal necesario como la cantidad destinada a pagos caería drásticamente. O al menos se distribuiría de manera más conveniente; se trataría de que hubiese más médicos y maestros y menos chupatintas. En sanidad y educación no se puede escatimar, aunque sólo sea porque en ellas todo ahorro nos sale carísimo socialmente.

Hay una frase que expresa muy bien lo que suponen todas estas trabas administrativas: “marasmo burocrático”. Y en contra de lo que se pueda pensar, no es algo sólo causado por la dejadez o incompetencia, sino que está perfectamente promovido y orquestado. Se trata precisamente de lo que parece, de dificultar la actividad productiva, y hacerlo además selectivamente, de modo que las pequeñas empresas y explotaciones sean las que más padezcan estas dificultades. Esto es así porque, como ya vimos, es la producción la que determina el nivel de la ganancia capitalista, de modo que poniendo trabas a la producción que quiere agregarse se preserva este beneficio. De este modo, ningún estado o gobierno que funcionarice o burocratice masivamente la administración puede considerar que está haciendo política social, aunque puntualmente pueda incrementar el empleo, porque no es el trabajo lo que determina nuestra riqueza, sino la producción, y toda actividad no productiva no hace más que alimentarse de la que sí lo es.

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A pesar de la incidencia que tiene la delincuencia sobre la economía, cuesta ver esta temática entre sus tratados, y mucho menos abordándola como una ineficiencia, porque comunmente se entidende ésta como algo que afecta a la economía pero que es ajeno a ella, como pueda ser un virus o enfermedad.

La criminalidad no la sitúan en un orden físico, sujeto a las leyes de causa-efecto, sino a un orden moral, donde la causística es mucho más compleja y confusa. Y esta interpretación es muy peligrosa, porque no la sitúan en un eje ‘eficiente/ineficiente’ que nos lleve a conclusiones técnicas o científicas; ni siquiera en el eje ‘placer/displacer’ que la acerquen a un plano más subjetivo y humano. La sitúan en un plano ‘bien/mal’ de orden filosófico y hasta cuasi-religioso, que ponen el foco en el individuo y le hacen cargar con toda la responsabilidad.

Y eso es muy peligroso, porque puede llevar a conclusiones terriblemente equivocadas. Porque de situarlo en un orden moral, podriamos interpretar que los pobres son mas “malos” que los ricos, los hombres que las mujeres, los extranjeros que los nacionales, etc. Y las consecuencia de este error pueden ser catastróficas, como lo demuestra el resurgimiento de los fascismos. Ante ello debemos subrayar el hecho incuestionable de que las sociedades más igualitarias son las que menos delincuencia padecen. Incluso parte de ésta se puede interpretar en un orden justiciero, el impulso de obtener por la fuerza lo que se cree merecer, de igualar lo desigualado y de recuperar ilícitamente lo que se le arrebata con respaldo legal.

Desde esta perspectiva, aunque siempre el individuo acabe teniendo la última palabra, la delincuencia tiene un inequívoco transfondo social, donde el ordenamiento que rija y la justicia del mismo es infinitamente más determinante que la composición o suma de tales individuos. Dicho más claramente: el ordenamiento económico es responsable de la delincuencia que padezca y de la ineficiencia resultante. Por tanto tal ordenamiento debe abordar el tema y darle solución, pero además hacerlo de un modo científico (eficiente/ineficiente) o incluso humano (placer/displacer), porque es el camino que más garantías ofrece de poder conseguirlo.

Una sociedad que tolera grandes desigualdades es una sociedad injusta y enferma, que no tiene autoridad moral para exigir a sus individuos que respeten o acaten su insano concepto de “justicia”. Quizá precisamente por eso la aborda en un plano moral, para desentenderse de la injusticia que provoca, tratando de hacer ver que la delincuencia es causada por “los malos”, lo cual automaticamente sitúa a quienes tratan de combatirla como “los buenos”, que tienen que condenar a su pesar, después de ofrecer todas las garantías, tratando además de redimir a los “malvados” y reconducirlos por el buen camino. Todo nuestro concepto de justicia puede que no sea más que un intento de blanquear un ordenamiento social injusto y criminal.

La prueba de que la justicia no es lo que pretende ser es la espeluznante aberración de permitir la anulación de causas por “defectos de forma”. Alguien que antepone la burocracia a la justicia, ni respeta ni sirve a ésta, de hecho la hunde por debajo de los estratos de Atapuerca, donde seguro que no tenían esas sutilezas. Aquellos que se hacen llamar “servidores de la justicia”, que toleran tales barbarismos, no merecen ese nombre; antes deberían denominarse “servidores de la burocracia”. Y si además aderezamos esto con otro concepto semejante, como la prescripción de delitos, no es que no representen a la justicia, sino que ésta debería interponerles una orden de alejamiento.

Hasta sus más sagrados dogmas, como el de la presunción de inocencia, a pesar de no estar mal concebido, lo han llevado tan al extremo que han hecho de él una grotesca caricatura. En el mismo momento que la presunción entra en conflicto con la razón, es más que presumible que la presunción es la equivocada. Solemos poner como ejemplo de buen juez a Salomón, (de ahí lo del dicho: “decisión salomónica”) por poner la inteligencia al servicio de la justicia, y sin embargo aquí y ahora desdeñamos hacer uso de esa herramienta, en provecho de presunciones y prejuicios.

Así, por ejemplo, si un contable, que tiene en el disco duro del ordenador las pruebas de su inocencia o culpabilidad en los delitos que se le acusan, borra el disco repetidas veces y luego lo rompe a martillazos, la justicia burocrática negará tener las pruebas de este delito, pero la razón determina que esta actitud es absolutamente incompatible con su inocencia. ¿A quién debemos confiar entonces la justicia, a la burocracia o a la razón? De la misma manera, entorpecer las investigaciones, negarse a declarar, mentir, o sufrir pertinaces pérdidas de memoria muy selectivas, son actitudes incompatibles con la inocencia, por lo que si una presunción debería aplicarse sería la de culpabilidad. La presunción de inocencia no trata de servir a la justicia ni a la sociedad, a quien únicamente sirve es a los jueces para hacer descargo de conciencia y para tratar de aparentar respetabilidad, de modo que no queden retratados como el brazo ejecutor de un sistema despiadado e injusto.

Para colmo, esta cuestión se ve agravada por la extrema lentitud de la justicia burocrática, donde los juicios se celebran muchos años después de cometidos los hechos, hasta lo cual algo hay que hacer con los acusados, a los que, por defecto, si el delito no es especialmente grave, se les aplica la presunción de inocencia y se les deja en libertad con cargos. Esto provoca tal sensación de impunidad que no es raro que cuando el juicio llegue ya cuenten con decenas de detenciones. En base a ello… ¿Sería mucho suponer que si alguien es detenido tres o más veces por el mismo delito, es más que previsible que de alguno sea culpable? ¿A alguien de los que lean esto les ha pasado alguna vez siendo inocente? ¿Qué posibilidades hay entonces de que tal cosa ocurra? ¿Y en base a esa infimísima posibilidad, -que además como poco rozaría la persecución, negligencia o delito policial- tiene que sufrir las consecuencias y poner en peligro a toda la sociedad?

La justicia padece una rara y significativa anomalía, ya que es una de las instituciones peor valoradas por la gente, lo cual no impide que sus miembros sean de los que más alto concepto tengan de sí mismos. Ello da cuenta que la judicatura ni sirve a los intereses del populacho ni les importan los mismos. Se sienten un cuerpo de élite, para servir a las élites. Por todo ello no es posible un ordenamiento más justo si no hacemos un profundo repaso a nuestro sistema y concepto de justicia.

Al igual que sucede contra la enfermedad, la mejor estrategia contra la delincuencia pasa por la prevención del delito. Por ello es indispensable un ordenamiento que no abandone a los individuos a su suerte, que de oportunidades para todos y un trato más justo y humano. Una vez que la sociedad da lo mejor de sí a cada individuo, es cuando puede pedir a cada uno de ellos una actitud acorde. Sólo así el delito puede ser considerado un acto enteramente voluntario y un ataque a esa sociedad u ordenamiento, en vez de una defensa ante la misma.

Ante ello, la respuesta no debe ser el castigo, sino la eficiencia, entendiendo por tal aquello que procure mejor saldo placer/displacer. Lo cual sólo puede darse en la no consumación del delito, o en su defecto, la disuasión para que no compense cometerlo. Y para ese cometido entra en juego el rigor y la inteligencia. El rigor porque toda impunidad promueve y favorece el delito, y por tanto el placer y la ineficiencia; y si la sociedad es corresponsable de los delitos que se cometan, desde ese punto de vista, esta laxitud o impunidad es un acto criminal. Ojo, también lo sería más allá del punto que este rigor ya no sirve tanto para disuadir como para provocar un padecimiento inútil. El displacer del reo también cuenta, por lo que sólo estaría justificado por lo que pueda servir para evitar el displacer de futuras víctimas y la sociedad en general.

Por ejemplo, ante un delito de hurto o cualquier tipo de apropiación indebida, el daño para la sociedad no va mucho más allá del de lo sustraido en sí; por tanto, este daño sería compensado si la condena fuera restituir este dinero, multiplicado por la proporción entre los delitos resueltos y los que no, así como el dinero recuperado. De este modo, si sólo se hallaran los culpables el 40% de los casos, éstos tendrían que pagar por el 60% restante, ya que es asimismo la probabilidad de que no los pillen. También habrían de asumir la factura de los medios de prevención y vigilancia que ocasionan, y una multa disuasoria. En total, devolviendo entre cuatro o cinco veces la cantidad sustraida la sociedad podría sentirse más compensada que si lo condenara a cárcel, ya que esto sólo provocaría un daño adicional, que no solucionaría el que la sociedad ha sufrido. El saldo placer/displacer sería negativo para todas las partes.

Esto da cuenta de la ineficiencia de la justicia moral, que entiende el delito como un mal, y casi como un pecado que debe ser expiado mediante una penitencia física. Además no tiene en cuenta que si alguien roba es a causa de su avaricia, y para ésta no puede haber peor castigo que sufrir graves pérdidas en su patrimonio. A poco que la cantidad robada sea algo elevada, al avaro le puede compensar el tiempo pasado en la carcel, porque lo considerará tiempo bien remunerado, lo cual tendrá para él poco efecto disuasorio, que es de lo que se trata. Encima, para la justicia moral, el acto de robar es el mal, de modo que a sus ojos es mucho peor o más “malvado” robar diez veces mil euros que apropiarse de un millón de una sóla vez. Pero si en un atentado las penas se tasan en base al número de víctimas, ¿por qué en los robos no se tasan en base a cada euro?

Como ya he repetido varias veces referido a la economía, cuantas más complicaciones innecesarias tenga un sistema, más ineficiente tenderá a ser. Y la justicia es uno de los mejores exponentes de ello. De esto da cuenta, además, lo poco que hemos avanzado en ambas disciplinas respecto a otras áreas del conocimiento. Una de las claves es… ¿qué pasaría si tanto la economía como la jurisprudencia respondieran a normas y procesos mucho más sencillos? Evidentemente, que a muchos de los que ahora viven de ello tendrían que buscarse otra ocupación, aparte que los estudios de todos ellos quedarían muy devaluados. Dicho con otras palabras, tanto a economistas como a abogados y jueces, les interesa estos sistemas complejos aunque sean notablemente menos eficientes. No se trata de lo que le puedan servir a la sociedad, a la economía o a la justicia, sino de lo que les pueda servir a ellos. ¿Se entiende ahora esa falta de avances?

Esta complicación es más sangrante por cuanto para avanzar por la jungla legal se precisa la asistencia y guía de la figura del abogado. Pero la eficiencia de éstos cotiza y se paga, de modo que este modelo solo beneficia a los que tienen más dinero, que son además los que pueden permitirse recursos a altas instancias. La justicia que llaman “garantista”, sólo garantiza que favorecerá a los que más tienen. Es por todo ello que si queremos que se cumpla una premisa fundamental, que es que la justicia sea igual para todos, ésta debe ser profundamente modificada y simplificada.

Un ordenamiento legal menos burocratizado y más sencillo sería también más rápido y barato y por ello igualitario, pudiendo llegar a hacer innecesaria la presencia en sala del abogado, (al fin y al cabo su papel es instruir a su defendido para mentir y tratar de engañar al juez, lo cual tiene poco que ver con la justicia) quedando reducida su participación al asesoramiento y tramitación, tanto mejor si fuera por guardia o turno, es decir, el que te toque. No se puede consentir que se mercadee con un principio básico como es la justicia.

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Este capítulo merece un apartado especial porque la ineficiencia aquí, en todos los órdenes, es de autentica locura. Para empezar ya se da una circunstancia muy particular, puesto que en casi todos los actos delictivos siempre hay una parte perjudicada, la mayoría de las veces involucrada involuntariamente y a su pesar. Pero curiosamente en el asunto que representa la criminalidad por excelencia, eso no es así; las dos partes, el que trata de adquirir la sustancia y el que trata de venderla, lo hacen -al menos al principio- por libre voluntad, de un modo muy similar a tantas transacciones entre particulares. Por ello es curioso que un acto libre, que en principio sólo podría perjudicar a los propios interesados, lo hayamos dejado convertirse en una pesadilla y uno de los mayores problemas para la sociedad.

Es un asunto que pone nuestra lógica y nuestra inteligencia profundamente en entredicho. Porque si en términos económicos y de eficiencia es desastroso, en el de placer/displacer es cataclísmico. Decenas de miles de presos por este motivo, decenas de miles de agentes persiguiendo el narcotráfico en condiciones especialmente peligrosas, decenas de miles jugándose la vida y la salud por burlarlos, decenas de miles de enfermos y fallecidos por consumir sustancias sin la menor garantía de composición y toxicidad… lucha de clanes, ajustes de cuentas, adicción convertida en prostitución y viceversa… El panorama es tan desolador que duele y sorprende a partes iguales el pensamiento de que todo ello es tan fácilmente evitable…

Porque la solución es tan sencilla como legalizar las drogas. Nos ahorrariamos decenas de prisiones y miles de presos junto a sus gastos de mantenimiento. Miles de policías y costosos medios. Miles de enfermos crónicos y de entierros prematuros. Y lo más llamativo es que cambiariamos un ingente gasto social por una gran fuente de ingresos a través de los impuestos al consumo de estupefacientes. Los avances en términos de eficiencia y de placer/displacer son incuestionables, por eso la mayoría de las objeciones al plan vienen de nuevo por el plano moral. Argumentan que si se legalizan las drogas, las hará aparecer como menos malas y se disparará el consumo.

Para esto influye que, cuando se propone un cambio, la gente se lo imagine en el escenario más aproximado a la situación anterior, lo que, en el caso que nos ocupa, sería que la droga la siguieran vendiendo en la calle los “camellos”, solo que esta vez legalmente. Eso evidentemente sería un error. No es la clase de sustancia que se pueda dejar en manos privadas y sin apenas control. La inteligencia tiene que jugar en todos los ámbitos un papel fundamental, y en uno tan delicado como este, muchísimo más. La idea sería que se expedieran en algunas farmacias o en correos si se temiera que sufrieran muchos robos, ya que se podrían colocar en un sistema de cajas cerradas como el de los apartados de correos, de los que cada consumidor tendría la llave, y esto dificultaría o haría imposible una sustracción rápida y conjunta.

Porque además no se podría adquirir la cantidad que se quisiera. Cada consumidor sólo podría comprar la dosis diaria asignada, y para ello tendría que hacerse una especie de carné, que para sacarse tendría que superar o al menos asistir a un curso donde se informaría de todo lo relativo a las drogas, de los efectos y perjuicios que pueden causar, con datos, estadísticas, etc, de modo que no sólo no tendrían mejor concepto de las drogas, sino que estarían mucho más informados al respecto de lo que nunca lo estuvieron. Aparte de ello, la cálidad del género estaría analizada y garantizada, además de que sería obligatorio pasar regulares exámenes médicos (gratuitos, sufragados con el impuesto al consumo de los estupefacientes) para renovar el carné, así como el apoyo y asesoramiento para los intentos de desengancharse.

Eso sí, hay que tener presente que cuanto más requisitos se impongan, más tendría que compensar el precio para imponerse a la opacidad ofrecida por los traficantes, que pese a todo sin duda seguirían operando, especialmente para clientes jóvenes, ricos, famosos, policías y altas esferas. Por ello en función de su éxito o no, tales precios tendrían que cotizar, con el objeto de expulsar progresivamente del mercado a organizaciones clandestinas. Que por otra parte no tienen posibilidad alguna de competir, entre otras cosas porque el estado vendería, si reuniera las cualidades necesarias, la propia droga que les incautase.

El temor de que al bajar los precios y no tener problemas legales aumente el consumo es comprensible, sería incluso de esperar que se cumpliesen las leyes del mercado, si se tratara de un mercado normal, pero no lo es. Aquí tiene particular importancia la atmósfera que envuelve a este mundillo. Precisamente su clandestinidad, su persecución, le otorga un halo de transgresión, de rebeldía, de oscuro fatalismo… y hasta un extraño romanticismo, turbio y canallesco… Sin todo esto, la droga es sólo droga, y perdería gran parte de su atractivo. Porque en el anonimato de los antros oscuros tiene su prestigio, pero cuando hay que adquirirla a la luz del día y de cara al público… cualquier atisbo de prestigio se convierte y multiplica en todo lo contrario. El peso y efecto de tales miradas es tal, que de ellas sobrevivirá el mercado negro.

Pero tampoco tiene importancia, porque ya se habrá iniciado la reacción en cadena. Desde el momento en que no haya que ser un “malote”, ni tener contactos en los bajos fondos para tener acceso a la droga, que esté al alcance de cualquiera, ésta perderá su caracter de exclusividad reversa, perderá su firma y su sello, sin el cual ya no merecerá la pena el sobreprecio que habría que pagar por adquirirla irregularmente. Además, para colmo los “camellos” pasarán a ser simples vendedores ilegales, castigados con multas en vez de cárcel, por lo que además de dañar su patrimonio, se dificulta la creación de redes, conocimientos y contactos que aquella patrocina. Eso sin contar lo que esto afecta a su “respetabilidad”. En resumen, que cualquier “mindundi” podría vender y adquirir droga, y eso exterminaría todo el oscuro encanto que pudiera tener.

Y una vez reducido el mercado negro a la mínima expresión, se podría ir poco a poco burocratizando y enrevesando los requisitos para adquirir la droga, de modo que de símbolo de rebeldía y transgresión pasara a todo lo contrario. Lo cual, sumado a las miradas, los sucesivos informes y advertencias médicas, etc, acabarían calando y convenciendo a muchos que no merecería la pena y que para eso mejor sería dejarlo. Es así cómo la legalización, lejos de tener efectos perniciosos, de hacerse bien podría significar empezar a dejar atrás un problema que tantos sufrimientos y dolores de cabeza ha causado a nuestra sociedad.

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Casi se podría decir que son la medida del fracaso social, un sumidero económico y humano que al menos no debería contemplarse como normal o inevitable. Lo económico podría remediarse en gran parte. Las prisiones podrían y deberían reconvertirse en centros de trabajo que casi les permitiera autofinanciarse. Lo que más me sorprende es que muchos esto lo vean como una barbaridad y casi una crueldad, cuando es lo mismo que tienen que hacer los que ni siquiera han delinquido, que es trabajar para subsistir. Además, no se trata de hacerlo mediante el látigo, sino bajo el mismo principio: pagar a cada uno un sueldo y con lo recibido adquirir bienes y servicios.

Porque ese es otro mantra de la justicia moral: tratar bien a los presos para que se conviertan en “buenos”, porque de otro modo saldrían resentidos contra la sociedad. Pero aquí no tiene nada que ver el bien y el mal. La sociedad funciona así, simplemente, por lo que si queremos integrarlos en ella, igual convendría mejor irles enseñando y acostumbrando a sus normas de funcionamiento. Entre otras cosas porque si un individuo, entre delitos y estancias en la carcel, puede presumir de no haber doblado nunca el lomo, lo que en parte simboliza no someterse al orden social, se le está dando cierta épica y convirtiéndolo en un modo de vida. Además, dado que sostenemos que la eficiencia pasa por dar a cada uno la parte más aproximada posible a lo que genera, en este caso no podriamos actuar de otra manera.

Además esto serviría para racionalizar los recursos. Por ejemplo, si no hay demanda para mantener el gimnasio de la prisión, pues se cierra. Mientras que sí la hubiera para otra cosa, como pudiera ser algún tipo de bolera, pues se estudia la forma o si merece la pena. La ley del mercado. También es bueno que los presos tengan cierta capacidad de decisión y administración. Incluso las prisiones podrían dividirse en rangos de acuerdo a la peligrosidad o comportamiento de los presos, de modo que en las de rango menor, la destinada a los menos conflictivos, podrían no ser casi ni precisos los funcionarios, pudiendo organizarse a sí mismos. Éstas consitituirían un incentivo mucho más apropiado que el de rebajar las penas por “buen comportamiento”, que de nuevo sitúan el foco en el plano moral.

 

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Ya conocemos las claves del sistema y las ineficiencias que pretende corregir, pero muchos dudan de si sería posible la transición de un modelo a otro y cómo se realizaría, así como las consecuencias que tendría. Evidentemente, esto depende de muchas cosas, no se pueden imaginar todas las variantes y condicionantes, pero si se trata de hacerse una idea más o menos realista de lo que podría significar, vamos a hacer un simulacro de los pasos a seguir y de cómo podría evolucionar la situación. Es el momento más indicado para proponer objeciones, porque hay que estar preparados ante cualquier contingencia, antes de que sea la realidad quien las exponga.

Dado que el empleo garantizado es un requisito imprescindible del sistema, los pasos hacia tal objetivo tienen prioridad. Esto, en un lugar con un paro estructural tan alto como España, hace ineludible rebajar la jornada de trabajo a seis horas para acoger de inicio al máximo de trabajadores posibles. Por asuntos de logística, en muchos sitios puede que sea más práctico mantener la jornada de ocho horas, y reducir el número de ellas trabajadas. Por asuntos de desplazamiento y demás, sería también la opción preferible. Al no tener que pagar cotizaciones, y debido a las facilidades para la contratación y despido, para los empresarios no habría más problema que la formación de los nuevos trabajadores, por lo que habrían de otorgarse facilidades y en las empresas o puestos más especializados, hacerse de forma progresiva.

Un problema clásico de este planteamiento llegaría a la hora del cobro, pues si se pagan sólo el respectivo a las seis horas, muchísimos trabajadores podrían entrar en problemas, mientras que si se cobrara lo mismo que antes trabajando menos horas, la productividad caería enormemente, lo cual habitualmente representaría un gran problema para las empresas. El capitalhumanismo plantea una solución integral, de modo que siempre hay una cuestión de fondo que sirve de ayuda ante obstáculos particulares. Así, el no tener que pagar por desempleo, idemnizaciones por despido y demás, otorga a la empresa un margen extra, además de la posibilidad de ajustar la plantilla instantaneamente a las necesidades, lo cual supone un ahorro que hiciera asumible pagar el equivalente a siete horas por jornada, lo que a su vez sería una rebaja aceptable para la gran mayoría de los trabajadores. Si tenemos en cuenta además que éstos cobrarían de acuerdo a su rendimiento, con incrementar éste, subirían también sus ingresos, lo cual a su vez aumentaría los de la empresa, y con ello su capacidad de pago. Es por tanto previsible que la medida se saldase sin traumas de una y otra parte.

En el campo, donde los ajustes son más complejos e importantes, las cosas transcurrirían a otro ritmo. Allá donde se lograra gobierno o representación municipal antes que la nacional, los estudios y trabajos podrían irse adelantando, pero en principio el objetivo sería tenerlo todo a punto para la siguiente campaña. El primer año se crearía empleo, pero ni mucho menos el suficiente, por lo que provisionalmente se establecerían ayudas, de ser posible a cargo de los presupuestos, vinculadas a peonadas de cuatro horas, complementando así los ingresos de los jornaleros, y doblando el número de éstos necesarios en las distintas campañas. En los lugares o épocas que no fuera posible o adecuado, se seguiría el proceso tradicional.

En el funcionariado, se emprendería una profunda reorganización y digitalización, tras la cual sobraría bastante personal, por lo que podría presionarse mucho a sus sueldos, vinculándolos muy de cerca al rendimiento. Como este colectivo tiene mucho poder y lo saben, es probable que se movilicen contra medidas que amenazan sus privilegios, como el puesto y sueldo fijo. Pero sería precisamente esa condición, la de privilegiados respecto al resto de trabajadores, que son además quienes los mantienen, lo que jugaría en su contra ante la opinión pública. Eso junto al terror del funcionario, que es descubrir que su labor no sirve realmente para nada. Así, si sus movilizaciones no tienen un gran impacto en la realidad del país, propiciando esto además con medidas como resolver cautelarmente todas licencias y procesos pendientes de trámite, podría darse la impresión de lo contrario, de que en muchos casos actúan como un engorro, lo cual sería demoledor.

Esa sería la disposición de piezas en el tablero, pero antes, mucho antes de todo eso ya habrían empezado a desencadenarse acontecimientos. Este ordenamiento no le iba a hacer mucha gracia a la banca, “los mercados”, los poderes fácticos… así que desde el mismo momento en que el partido que lo recogiera en su programa empezara a asomar o destacar en las encuestas, probablemente tendría lugar la primera ofensiva. Una estridente bajada de la bolsa, convenientemente anunciada en portada, con la causa bien señaladita, por si los despistados, bastaría como advertencia y para meter el miedo en el cuerpo a los votantes incautos. Esto no deja en buen lugar a lo que llamamos democracia. Pero no hay opción; otros escenarios puede que sean aún peores. La solución no es quejarse, sino ser más listos. Nuestros partidarios deben ser conscientes de todos los peligros, y de evitarlos siempre que se pueda. En este caso deberían saber que lo conveniente sería no alertar al enemigo antes de la cuenta, lo cual significaría eludir o directamente mentir en las encuestas.

Pero esto no sería nada comparado con lo vendría de vencer en las elecciones. Para colmo, antes de tomar posesión habría un periodo de tiempo, donde se desatarían todos los infiernos sin prácticamente posibilidad de hacer nada. Y conociendo el país, el gobierno saliente en el mejor de los casos no haría nada, y en el peor, haría lo posible por colaborar en el hundimiento. Bolsa por los suelos, prima de riesgo por las nubes, cerrado el grifo del crédito, despidos, fuga de capitales… operación “conmoción y pavor” en estado puro, antes incluso de tomar las riendas. Pero la cuestión es: contra todas las fuerzas desatadas de naturaleza capitalista… ¿se puede hacer algo? No se puede hacer un plan sin contar con ello, por lo que ahora mismo lo veremos.

Antes hay que decir que, para complicar las cosas, por si alguien tenía alguna duda, el ordenamiento capitalhumanista es incompatible con el de la UE. Por lo menos ahí sí se podría adelantar las negociaciones para la salida antes de entrar en el poder. Aunque eso de negociar es un eufemismo. Ni ellos estarían dispuestos a ceder mucho ni nosotros tendríamos tiempo qué perder. Nos va a doler, sí, pero una vez lo asumes, mejor de un tirón. Bonito panorama nos encontramos y aún no habriamos ni empezado. Nadie dijo que las cosas fueran fáciles.

Una de las primeras tareas sería por tanto crear la nueva moneda. Y ya puestos, una vez metidos en faena, mejor ir a por todas e instaurar la hora-trabajo básica como unidad de medida, en lugar de no querer arriesgar adoptando una moneda flotante clásica. Eso sí, se puede elegir entre submúltiplos de minutos y segundos-trabajo u optar por algo menos complicado e inquietante como las décimas y céntimos de HTB. En cualquier caso, desde el mismo momento de su entrada en vigencia, se puede esperar un desplome de consideración respecto a las demás monedas. Es un combate, y todas las apuestas estarán contra el aspirante. Así que con este ya hemos completado el álbum de problemas. Ahora a ver si nos queda algo para comprar soluciones.

Porque, en asuntos de deuda, estamos contemplando la formación de una “tormenta perfecta”; una deuda cifrada en euros que tiene que ser pagada con una moneda devaluada, y tuviendo que afrontar los intereses de una prima de riesgo disparada. Por ahora el panorama pondría el pelo como escarpias a la misma Pandora. Pero hay que tener en cuenta una cosa: todos estos ataques del capital se basan en el poder que éste les confiere, sin embargo ese poder es virtual, el dinero es un concepto humano, no científico, y desde esa perspectiva, el poder del dinero, como el de una religión, está basado en su aceptación o no, es decir, en la fé. Como el de una religión, vive a expensas del mundo real y de su capacidad de influir en él. Si como sostenemos, el trabajo es la verdadera fuerza creadora, tan sólo tenemos que liberarla de la soberanía del dinero para que pueda ponerse en valor a sí misma, de igual manera que para salir a trabajar realmente no necesitamos el permiso de ningún dios, tampoco lo necesitamos del capital.

La producción es, ante todo y una vez más, la clave de todo, de manera que si todas estas circunstancias pueden influir en ella, entonces sí que podemos tener un problema. Pero si logramos preservarla o aumentarla, todos los fantasmas con los que quiera asustarnos el capital serán tan peligrosos como jirones de niebla. Teniendo esto presente, vamos a considerar las contramedidas. Todo problema puede ser el principio de una solución, y aquí, puesto que la banca y el capital habrían disparado primero, nos sirven en bandeja dos medidas defensivas mucho menos cruentas, pero que a la larga tienen efectos realmente disruptores.

Primero se cambiaría la ley concursal, no sólo para preservar las empresas que entraran en quiebra, y con ellas su producción, como un recurso básico y fundamental; sino también para anteponer los derechos de los obreros, la fuerza de trabajo, sobre los de la banca y el capital. Aunque, como vimos capítulos atrás, sin llegar a negarlos. La otra sería la creación de una banca pública de inversión cuya finalidad sería precisamente la de eludir la necesidad de financiarse a través de los mercados internacionales. Sería tan simple como captar los ahorros de la gente, (en su inmensa mayoría todavía en euros), ofreciendo rentabilidades alrededor del 2%, completamente inasumibles para la banca, pero notablemente más barata de lo que podría obtener en los llamados “mercados”. Además los beneficios se lo llevaría el pueblo, no los bancos. De hecho esta jugada sería un contraataque magistral, porque la previsible retirada de fondos que éstos sufrirían les podría llegar a poner en peligro.

Esta debe ser un caracter distintivo del sistema, que pregona una transición progresiva y ordenada hacia un modelo más eficiente. Pero, en la medida que el capital, a través de su posición de poder, trate de sabotearlo y hostigarlo hasta pretender hacerlo imposible, la respuesta debe ser decidida y contundente, precipitando los acontecimientos de modo que el contrario también se sienta amenazado y comprenda que todos tenemos algo que perder. El capitalhumanismo quiere justicia, no venganza, y además la quiere sin prisa ni sobresaltos. Y esto porque la justicia es parte simbiótica de la eficiencia, no pueden ir muy lejos la una sin la otra, de lo contrario tendría muy claro a cuál podría renunciar. A fin de cuentas esto no deja de ser un tratado científico.

Hay un dicho que asegura que toda crisis o problema es también una oportunidad. En ese sentido, la fuerte devaluación de la moneda, que comunmente se toma como una catástrofe, no iba a ser menos. Y la clave de todo, una vez más, -¡cómo no!- la tiene la producción. Esto es así porque, aunque tengamos al dinero como medida del valor y epicentro de todo, en realidad toda compraventa no es más que un intercambio, es decir, que no sólo compramos una mercancía con dinero, sino que compramos dinero con una mercancía. Lo cual hace que toda mercancía sea suceptible de convertirse y comportarse como una divisa. Así, es la capacidad de un país de generar mercancías, la que a su vez le da la de generar divisas, que son las que determinan el valor de cambio de su moneda con las demás. Por ello, si una moneda se devalúa únicamente en base a la fe o falta de ella, o mediante una presión artificial y malintencionada de quienes manejan el capital, si no logra interrumpir este flujo de mercancías, maniobrará contracorriente y más pronto o más tarde tendrá que dar su brazo a torcer.

Y en este punto tenemos que visualizar el escenario en que se produciría todo esto. Porque el impuesto al consumo en principio se introduciría poco a poco, a medida que se fueran reduciendo las cotizaciones, reemplazándolas. Pero como ya decimos, el sistema debe reacionar con contundencia ante el acoso, por lo que si es necesario puede recortar mucho los tiempos. Consideremoslo pues en el punto en que la transición ya se hubiera completado sin que el valor de la moneda todavía no se hubiera recuperado y estabilizado. En tal caso nos encontrariamos que, mientras los productos extranjeros que llegaran al país no sólo sufrirían las consecuencias ya explicadas de la aplicación del impuesto al consumo, sino que también, debido a la devaluación de la moneda interna, los precios de los artículos foraneos, establecidos en su divisa, se apreciarían aún más, poniéndolos fuera del alcance de la población autóctona. Mientras, los productos del país experimentarían el efecto contrario, con lo que la balanza comercial podría sufrir un vuelco expectacular, haciendo insostenible el mantener la moneda lejos de su posición y valor natural. Es a este respecto por lo que digo que incluso la ingente deuda externa puede ser positiva a largo plazo para, al ir pagándola y utilizarla como un sumidero de divisas, poder mantener previsibles superavits comerciales sin que la moneda se aprecie prohibitiva e inconvenientemente.

En lo que respecta al campo, esta situación le vendría muy bien, pues es donde más daño hace la competencia con paises donde la mano de obra es más barata. De hecho el problema cambiaría de signo, ya que la capacidad de explotación y producción no se puede aumentar bruscamente de un día para otro, por lo que habría un periodo en que ésta sería escasa y amenazaría con una subida de precios. Para amortiguarla, habría que ir avanzando en un sistema de distribución mucho más directo, informatizado y con menos intermediarios. El primer año, además, sería bastante crítico, porque no se habría puesto en marcha el plan de cultivos ni mucho menos el de invernaderos de alta tecnología, y para colmo se encontrarían con el reverso de la moneda en relación con la devaluación de la divisa: el encarecimiento de las importaciones, en particular la del petroleo, que afectaría tanto a plásticos como al gasóleo agrícola.

La industria también sufriría este efecto, pero sobre todo afectaría al transporte. En conjunto, es previsible que los precios suban, incluso con fuerza. Porque también serían influenciados por otra cuestión: ante el cambio de fiscalidad, pero sobre todo de modelo, la industria dominada por el gran capital no se fiaría nada de nada y sería muy renuente a trasladar a los precios la bajada o eliminación de las cotizaciones, por lo que luego el impuesto al consumo los subiría muy arriba. Como además los productos de importación estarían todavía en peor situación competitiva, no se sentirían presionados a hacerlo. El resultado, tanto de cara al mercado exterior como, en menor medida, el interior, es que la actividad se incrementaría, pero los precios mucho más. Gracias a esa actividad y al aumento de la productividad, los sueldos podrían subir, pero no tanto, y además la reducción de horas bajaría notablemente el poder adquisitivo.

En definitiva, se trataría de reproducir el mecanismo clásico mediante el cual, la devaluación de la moneda acaba traduciéndose en inflación mediante el incremento del valor del trabajo. Pero como ya se explicó, esto no puede producirse al convertirse el valor del trabajo en la misma moneda, la HTB. Toda la tensión inflacionaria se trasladaría pues a la moneda, al mercado de divisas. La batalla se libraría entonces en la balanza comercial, donde la capacidad productiva, como creo que ya he dicho alguna vez, es la clave de todo y sería la que dictaría su ley.

Pero entretanto la cesta de la compra estaría por las nubes, los sueldos de la industria privada la seguirían renqueantes, pero los de la industria pública estarían anclados al valor de la HTB, con lo que sólo podrían subir los incentivos, y éstos siempre por debajo de lo que lo hagan los precios. La situación podría obligar a eximirles de pagar el impuesto al consumo o descontarles una gran parte. Este es un mecanismo excelente y contracíclico, ya que con el impuesto al consumo aumentos de precios se traducen inmediatamente en aumentos de recaudación, mientras que los gastos no suben del mismo modo. Eso coloca al estado en una situación relativamente cómoda y sirve también para  hacer recaer más el peso de la economía sobre la industria privada, refrenándola, y con ello los precios.

Aunque a estas alturas se estaría cumpliendo la directriz capitalhumanista de aumentar la producción y de reducir el consumo, la realidad es que la capacidad adquisitiva de la gente habría disminuido alarmantemente, -luego analizaremos las causas- lo cual permitiría u obligaría a tomar medidas contundentes que hagan de la necesidad, virtud; y del problema, solución. En la situación que nos ocupa pasa por una decidida actuación en el tema de la vivienda.

Todo piso en propiedad del estado a través del “banco malo” se pondría en el mercado al servicio del alquiler social. Se formaría una empresa pública -como tal, pagando a los trabajadores con emisiones de HTB- destinada a rehabilitar viviendas, en términos muy parecidos al del plan de cultivos, pagando el alquiler e incluso la expropiación temporal en el caso de pisos vacíos, con la propia obra. Gran aumento del IBI, compensada con deducciones por inquilino, de modo que castigue contundentemente los pisos vacíos, en especial o en exclusiva en el ámbito urbano, mientras que prácticamente exima de su pago a los más densamente ocupados. Imprescindible para ello otorgar mayor seguridad al arrendatario, con desalojos rápidos a ocupaciones ilegales y por morosidad injustificada, además de otorgar seguros o reparación de destrozos, que tendrían responsabilidad penal en caso de ser voluntarios o premeditados.

Hay que decir que el alquiler, considerado como renta del capital, también pagaría el impuesto al consumo. Porque, en contra de lo que solemos considerar, las llamadas ayudas al alquiler sólo benefician a los propietarios que pueden incrementar las cantidades solicitadas. Por contra, aumento de costes no siempre podrán reflejarse en la cantidad demandada por el alquiler, ya que la capacidad adquisitiva del alquilado es la que es, y no podrá incrementarse por arte de magia o subvención, por lo que sería más probable que la oferta de alquileres disminuyera, que el que subieran mucho los precios. Y para evitar esto se puede jugar precisamente con este impuesto al consumo, de modo que no tengan que pagarlo aquellos que supongan menos del 20 ó 25% de los ingresos medios de los alquilados, mientras que sí, y aumentando en la medida que lo haga ese porcentaje, para los que lo superen; de forma que para los propietarios no suponga tanta diferencia unos precios que otros, ya que parte de ella se la comería el impuesto, y en cambio sí se reflejaría en la demanda y por tanto el tiempo que estaría el piso vacío, acosado a su vez por otro impuesto, como ya se ha dicho: el IBI.

Tambien se podría crear una plataforma o red pública para el alquiler, donde el estado pagase a los propietarios una modesta cantidad fija, independientemente que se ocupe la vivienda o no, sin menoscabo para que puedan venderla en cualquier momento, tan sólo dejando un márgen de unos meses para que la red acomode al inquilino en otro piso por la zona, además de proporcionarle un servicio de mudanza sin coste alguno. Se podría pactar incluso alguna compensación a cargo de los vendedores del inmueble. Esto sería ideal para los pisos en propiedad de los bancos, y probablemente con ello ya bastaría para surtir convenientemente el mercado, de modo que los precios de los alquileres experimentaran un descenso considerable. Con esto se compensaría la pérdida de poder adquisitivo de la gente hasta que se estabilizase la moneda y empezase a dar fruto toda la inversión de la industria pública.

Todo lo cual no aliviaría la situación de los que pagan una hipoteca, agravado por el hecho de que el impuesto al consumo gravaría también las rentas del capital, es decir, a lo recaudado mediante el interés aplicado por los bancos. Como de una manera o de otra es previsible que estos quieran repercutir dichos costes al cliente, por ahí podrían encontrarse en problemas para hacer frente a las letras. Puesto que el derecho a la vivienda debe estar por encima de los del capital, ante tal situación habría de hacer posible la dación en pago, poder saldar la hipoteca con la vivienda puesta en garantía. Como tampoco hay intención de dañar a los bancos porque sí, podría evitarse limitando las mensualidades al consabido 20 ó 25% de los ingresos de los hipotecados; en caso a no llegar a cubrir ni los intereses con la cantidad resultante, éstos se descontarían del impuesto al consumo a pagar.

Hay veces en que un problema se convierte en una oportunidad, porque de otra manera se estaría menos dispuesto a emprender con todo lo necesario para darle solución. Y esto sería especialmente patente en aquello que más quebradero de cabeza daría a muchos bolsillos: el combustible. Porque no es sólo que la devaluación de la moneda incremente el precio del mismo, sino que luego, además, la aplicación del impuesto al consumo elevaría el precio todavía más. Por fortuna es algo que ya tiene bastantes impuestos de por sí, y de eliminarse hasta podría parecer que salimos ganando con el cambio. Pero no es del todo así, ya que actualmente en gran parte son fijos, mientras que el impuesto al consumo sí depende del precio. Así que es de esperarse que la subida ahí sí que fuera realmente espectacular.

Pero esa precisamente es la oportunidad, porque aceleraría todos los procesos para no depender tanto de los combustibles fósiles; haría que restringuir el tráfico en las ciudades a vehículos a motor, sustituyéndolo por automóviles eléctricos ligeros fuera menos polémico y traumático. Así como la creación de líneas de tren continuo para el tráfico de mercancías, etc. También impulsaría el acercamiento de los lugares de residencia a los puestos de trabajo y viceversa, la compartición de vehículos, etc, o lo que a oidos de un capitalhumanista sonaría a menor consumo y mayor eficiencia, en una materia especialmente sensible además, por su impacto en la salud y el medio ambiente por una parte, y por otra porque se depende del exterior para su suministro, y eso siempre supone una gran vulnerabilidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Esto, evidentemente, no es tan fácil. Como ya vimos, el principal obstáculo que lo impide se llama riesgo. Si bien el riesgo es un concepto individual o individualista, a nivel social el riesgo no existe, sino que pasaría a ser, más bien, ineficiencia. Una empresa capitalista corre el riesgo de quebrar. Pero su quiebra supone una resta de producción y esto un beneficio para el resto de competidores. La suma total es prácticamente neutra, lo que uno pierde los otros lo ganan. Por contra, una empresa comunista está prácticamente inmunizada contra los riesgos y la quiebra. En cambio, y precisamente por eso, corre muchísimo más peligro de padecer ineficiencia.

De este modo, es el trabajo humano el creador de todo valor consciente, y este valor es determinado por el placer que produzca tal trabajo, y tanto nuestro placer como nuestro displacer son personales e intrasferibles, por lo que somos dueños de ambos, lo cual equivale a decir que somos dueños de nuestro trabajo y el fruto de éste, que son las capacidades de nuestro trabajo y nuestras acciones lo que determina nuestra contribución y valor para la sociedad, y en base a ello lo que debiera determinar nuestra recompensa. Son las acciones, no las posesiones, las creadoras de valor

Puede haber cierto componente de azar, pero incluso éste casi siempre responde a alguna acción u omisión. Lo que nos diferencia de otros seres humanos son nuestras acciones. Y en términos económicos, nuestras acciones pueden dividirse en tres grupos: aquellas que son capaces de crear valor, que podemos definir como “trabajo”, aquellas cuya incidencia es indeterminada o mixta, y aquellas que destruyen valor, que podemos definir como “consumo”. De esta forma, sería el trabajo tanto el generador de valor como de propiedad.

Ello ya introduce una gran diferencia entre los distintos recursos disponibles, ya que sólo el trabajo humano tendría capacidad de crear valor. Los otros recursos serían simples contenedores de valor ya que, al no verse alterados sustancialmente por alguna acción humana, se transmitirían en parecidas condiciones a las que se encontraron inicialmente, por lo que no habría muchas razones para variar su valor. Esto hace de la gestión del trabajo humano la más determinante en materia económica

Otra consecuencia importante es que aumentos de producción acarrean bajadas de precios, pero más importante aún es que descensos de precios -y aquí estamos hablando de los márgenes de ganancia capitalista- implicaría llegar a nuevos nichos de valor, a más masa poblacional, lo que demandaría un aumento de la producción y con ella del empleo. Es decir, justo lo contrario de lo que aseguran las teorías neoliberales, que si lo logran es a base de adelgazar los sueldos de modo que puedan embutir cada vez más trabajadores en una misma masa salarial. Y esto sólo se consigue aumentando la desigualdad y el displacer.

Pero no sólo se incrementaría la producción con los nuevos compradores, sino que los demás, al necesitar menos horas-trabajo para comprarlos, les quedarían más para adquirir otros artículos, lo que también demandaría más producción, más empleo, y más sueldos que participaran en la demanda de mercancías. En este sentido, la producción es letal para la ganancia capitalista (la producción que excede el punto óptimo de explotación de la masa valor, se entiende), por ello no sólo es que el capitalismo no sea eficiente, es que… ¡no puede permitirse serlo!

Parece que la propiedad de las cosas sea sacrosanta, cuando propiedad es un concepto humano, y como tal cuestionable. Porque si yo ahora me pusiera a vender parcelas de la Luna… ¿qué me daría el derecho a disponer de ellas? ¿Tendrían ese derecho los supuestos compradores sólo por haberse gastado su dinero? Pero si podemos cuestionarnos la propiedad de las parcelas de la Luna… ¿por qué no las de la Tierra? No quiero decir con ello que de verdad tengamos que cuestionar o echar abajo todo nuestro concepto de propiedad, sino que trato de hacer ver que la única propiedad incuestionable es la que tenemos sobre nosotros mismos y nuestras acciones, es decir, nuestro trabajo.

Repito, no se trata de cuestionar la propiedad privada, sino que la única propiedad incuestionable sea la de uno mismo y su trabajo, y por tanto ésta debe estar por encima de cualquier otro concepto o consideración. Del mismo modo que hace tiempo aceptábamos que una persona pudiera ser dueña de otra, mientras ahora nos parece algo salvaje, bárbaro y atrasado; así habremos de ver algún día el apropiamiento del fruto del trabajo de una persona, que como ya expliqué cuando hablé de la antigua Roma, a veces se diferencia poco de la esclavitud.

Hasta ahora hemos estimado la capacidad de enriquecernos casi como un derecho inalienable, como una expresión de libertad, aunque esto fuera a costa del trabajo de otros, y por tanto en contra de la libertad y el derecho de todo trabajador de disponer del fruto de su trabajo, de aquello que ha creado. lo cual, yendo un paso más allá, sería como defender el derecho del esclavista a enriquecerse con el esclavo.

Una sociedad diferente requiere un nuevo modelo de educativo. En un ordenamiento que trata de orientar a toda la sociedad hacia un objetivo común, debe basarse en la colaboración más que en la competencia de unos contra otros. La primera etapa debe tener un enfoque más humanista; más que apilar conocimientos se trata de entendernos, de disminuir los rozamientos e integrarnos y encontrar nuestro lugar en una precisa

Desde el mismo momento que la sociedad es corresponsable de los delitos que se cometan, lo es también de que se dejen o no de cometer. El cometido social, por tanto, debe ser la prevención, no el castigo hipócrita. Porque una vez que se comete un delito, ocurre como cuando se produce una mancha, que por muy bien que se limpie ya no queda igual, así la verdadera justicia sólo se puede alcanzar en la no perpetración del delito. De este modo, la justicia enfocada en el individuo, junto a todos los agravantes y atenuantes como edad, consumo de alcohol o drogas, buena conducta, etc, son ineficientes y un intento de centrar en él la atención y la responsabilidad.

desnuda con nitidez la estructura y naturaleza del valor que tantas discusiones bizantinas ha originado. El ‘valor de uso’ marxista sería el placer que obtenemos del producto de un trabajo, mientras que el ‘valor de cambio’ tendería a ser el displacer sufrido al realizarlo. Esto haría de todo comercio un intercambio  placer/displacer, ya que para obtener algo que nos agrada tenemos que desprendernos con disgusto de otra cosa, como pueda ser una cantidad de dinero; ya que un intercambio en que ambas partes son beneficiadas: placer/placer no precisaría aporte económico ni podría considerarse comercio. Esto confirmaría al trabajo, o más concretamente un subproducto de éste: el displacer, como moneda y unidad de valor, y situaría al comercio como un intercambio del producto de similares tiempos de trabajo y displaceres resultantes. Por contra, el concepto de ‘plusvalía’ se mostraría de una naturaleza y ubicación bastante distinta a la imaginada por Marx.

 

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“Ciencia económica” es un término que a los habituales de las páginas salmón les gusta emplear. Pero suena algo presuntuoso, por cuanto desde la explosión de descubrimientos del último tercio del siglo XIX hasta ahora, todas las ramas del saber han experimentado un avance colosal, mientras que en materia de teoría económica seguimos estancados en postulados y corrientes en su mayoría con más de un siglo de antigüedad.

Pero eso no es lo peor, ya que si fuera a causa de su calidad, podría entenderse e incluso celebrarse. Más la llamada “ciencia económica” sigue sin poder explicar, prevenir o corregir los mismos problemas que ya nos sacudían entoces, como el paro, las crisis, la miseria y la desigualdad. No sólo eso, sino que en el camino a la lista hemos ido sumando la contaminación, el calentamiento global y la sobrepoblación. El fracaso es de tales dimensiones que ninguna ciencia lo podría asumir. De hecho, pareciera que a los economistas, más que preocuparse por solucionar estos problemas, centraran todos sus esfuerzos en desentrañar los secretos de un único sistema, generalmente el dominante, como si sólo ya esa tarea representase un esfuerzo y mérito descomunal. Y esto es tremendamente perturbador…

Porque, si no conocemos en profundidad el funcionamiento y las implicaciones de tal sistema… ¿Cómo hemos llegado hasta él? Un sistema económico podría compararse a un engranaje mecánico, una máquina, pero… ¿Se puede crear una máquina sin saber exactamente cómo funciona? De hecho, las máquinas no se crean para que “funcionen”, sino para realizar una función. Y es en base a la función que se le requiere como se realiza su diseño y se puede comprobar si realmente sirve a los propósitos planteados o no. ¿Qué función se le requiere a un sistema económico? ¿Qué fundamentos, en qué principios científicos se basan? La impresión que da es que tal sistema es una mecanismo que no sabemos exactamente cómo funciona, que no sabemos qué esperamos realmente de él y que nos limitamos a mantenerlo en marcha para ver a dónde nos lleva. Y que a eso llamamos: “ciencia económica”.

Pero la cuestión es: ¿puede la economía ser considerada o comprendida como una ciencia? No sólo puede, sino que se debe hacerlo. Y las claves las conocemos ya desde tiempos de Descartes, quien decía: “Dada una dificultad, planteado un problema, es preciso ante todo considerarlo en bloque y dividirlo en tantas partes como se pueda” (segunda regla del método. Discurso). “La división deberá detenerse cuando nos hallemos en presencia ante elementos del problema que puedan ser conocidos inmediatamente como verdaderos y de cuya verdad no pueda caber duda”. (Final de la primera regla. Discurso del método).

En base a ello, no puede haber mayor error que empezar o restringir nuestras consideraciones a un único sistema, que para colmo ni siquiera funciona adecuadamente. Si de verdad queremos comprender la economía, hay que diseccionarla hasta sus elementos más básicos e incontrovertibles, y a partir de ahí construir sobre certezas. Un sistema no debe ser el lugar de salida, sino de llegada, de planteamientos lógicos. Por todo esto, si quieren conocer qué resultados podriamos obtener de estudiar la economía como una ciencia, les invito a este fascinante viaje, donde nos esperan descubrimientos y conclusiones verdaderamente sorprendentes. Preparense para ver cuestionado todo lo que creiamos saber de economía. Abróchense el cinturón.

 

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Pero sólo la ciencia no nos basta, ya que ésta puede hallar satisfacción en el simple conocimiento. Necesitamos también de la ingeniería social que pueda plasmar ese conocimiento en estructuras prácticas y eficientes. Por ello, antes de levantar un edificio, primero hay que tener los planos, saber lo que queremos construir. ¿Qué queremos o esperamos de la economía? ¿A qué aspiramos? Supongo que un ordenamiento ideal sería aquel que nos permitiera disfrutar del mejor nivel de vida posible y al mayor número de personas, por no decir a todas. Y en ese ‘todas’ también debemos incluir a quienes hayan de venir en el futuro, es decir, que buscamos un modelo económico que además de servir a todos sea sostenible en el tiempo.

El paso siguiente es dilucidar si disponemos de los recursos suficientes, y de cúales son estos. Básicamente, los principales recursos de los que podemos servirnos son:

-La materia prima, incluyendo los seres vivos y sus productos.

-La energía capaz de transformarlos y transportarlos.

-La mano de obra y el conocimiento necesario para dirigir estas transformaciones y ponerlas en valor, así como organizarlo todo de un modo funcional.

El correcto aprovechamiento de todos estos recursos garantizaría el éxito de cualquier ordenamiento económico, y sería el grado de aprovechamiento el que determinaría la eficiencia de tales sistemas. Habida cuenta que los principales empleados hasta la fecha adolecen de importantes deficiencias de gestión en todos y cada uno de los puntos, nos advierte que estamos muy lejos de lograrlo, pero también nos hace intuir hasta qué punto podrían mejorar las cosas de conseguirlo.

Ahora bien… ¿TIENEN ESTOS RECURSOS EL MISMO VALOR? De los dos primeros cabe destacar su invariabilidad, o su repetición de ciclos, de modo que de no ser alterados por alguna acción humana tenderán a mantener sus características, y por tanto su valor. Tal es así que podriamos catalogarlos como contenedores o soportes de valor. Mientras que únicamente el trabajo humano tiene capacidad de crear valor conscientemente, por tanto podría definirse como generador de valor. Es lógico además, ya que si un trabajo no añadiera valor o utilidad a algo, no tendría sentido realizarlo. Por ello el trabajo humano es el recurso más importante y determinante, entre otras cosas porque es el que posibilita que podamos servirnos del resto de recursos.

Esto es incuestionable, por la simple razón de que esos recursos también están al alcance del resto de criaturas con las que compartimos el planeta, de modo que si podemos apropiarnos de ellos hasta el punto de considerar al resto de criaturas un recurso más, es únicamente en base a nuestro trabajo y conocimientos; a nuestras acciones, en definitiva. Aunque es importante distinguir entre estas, ya que podriamos dividirlas en tres grupos: las que añaden valor o utilidad, que serían trabajo; las que su resultado es indeterminado o mixto, y aquellas que restan valor, que serían consumo.

¿A QUÉ LLAMAMOS ‘VALOR’? Hay que tener en cuenta que, en economía, cuando hablamos de ‘valor’ nos referimos casi en exclusiva a ‘valor de cambio’. Para entender la diferencia habría que pensar en la tierra, el sol y el aire. Todos ellos tienen valor de vida y muerte para nosotros, sin embargo los dos últimos no tienen valor de cambio porque todo el mundo tiene libre acceso a ellos. Para que algo tenga valor de cambio tiene que haber al menos dos operantes y una carencia, escasez o necesidad. Por ello, lo que le da valor de cambio a la tierra no es su valor intrínseco, sino que no haya suficiente para todos o no todos tengan acceso a ella. Si la tierra se considerara un bien común, también esta perdería su valor de cambio.

De esto se desprende que no habría valor de cambio sin la propiedad privada, y que esta no tendría sentido sin la escasez. Y por esa regla de tres se puede intuir que es la escasez la que le da valor de cambio a la propiedad privada. Toda vez que es el trabajo humano lo único que puede mitigar o resolver esta escasez, por lógica se puede deducir que si queremos crear un sistema más eficiente, es el trabajo humano el que debe estar por encima y condicionar el valor de cambio de los contenedores de valor y los medios de producción en general, y no al contrario, por la simple razón de que, en contra de lo que solemos pensar, el valor de cambio expresa una magnitud negativa.

Esto es así porque si el trabajo es la unidad creadora de valor, también debería ser la unidad de medida de este valor, del mismo modo que el caballo de vapor es la unidad de medida de la potencia y trata de reflejar el de la unidad generadora. Por ello, cuando algo tiene un valor de cambio muy alto, es signo de que ha requerido o consumido muchas unidades de trabajo o hay mucha necesidad o escasez; ambas circunstancias dificilmente podriamos considerarlas positivas. Así, si alguna innovación tecnológica reduciese el tiempo o la cantidad de trabajo necesaria para obtener este producto, el valor de cambio podría reducirse, al igual que la escasez.

Es interesante apuntar que si el mismo trabajo se pusiera en común, es decir, se pusiera a disposición de intereses comunes, podriamos encontrarnos con que ya nada tendría valor de cambio. Pero esto es muy complicado por una razón: el trabajo también tiene un precio, que al ser el de la unidad creadora del valor, se convierte en la verdadera medida del valor. Aquí hemos de ser fieles a las recomendaciones de Descartes, y desmenuzar el problema en tantas partes como se pueda. Es preciso por tanto diseccionar también el trabajo para dilucidar qué fuerzas o estímulos lo impulsan, qué razón última es la responsable de la realización del trabajo, y a través de él, el valor.

¿POR QUÉ TRABAJAMOS? Científicamente no somos más que animales especialmente favorecidos por circunstancias evolutivas. Por eso, si queremos saber qué está detrás de nuestras motivaciones, deberiamos fijarnos también en el resto de especies. Y en este caso lo que observamos es que a los animales solo hay dos formas de incitarles a realizar un trabajo: mediante la recompensa o el castigo. (Placer/displacer).  Así, al igual que ellos, si realizamos un trabajo es porque esperamos recibir como resultado del mismo una recompensa que supere o al menos compense el displacer sufrido, o porque tememos sufrir un mal aún mayor que ese displacer. De este modo, el placer/displacer se muestra como el fin último de nuestras acciones, el motor del trabajo y la verdadera medida de riqueza y valor.

Puede parecer algo muy simple, pero una revelación tan sencilla nos lleva a una cascada de conclusiones. En primer lugar, si trabajamos por la expectativa de una recompensa o por el temor de un castigo, y puesto que sólo la primera opción es compatible con un bien común, cuanto más alta sea esa recompensa, más lo será la intensidad con que se desarrolle el trabajo y con ello su capacidad creadora.  Y puesto que la máxima recompensa sólo puede llegar recogiendo todo el fruto de lo que cada uno crea con su trabajo, en la medida que esto fuera así, sería un buen indicador o medida de la eficiencia. Eso quiere decir que cuanto más justo e igualitario sea un sistema o una sociedad, más eficiente será este y mejores resultados podrá obtener.

Segundo: hasta ahora el trabajo ha estado excelentemente considerado como creador de valor, y por ello todo empleo, particularmente el generado por la iniciativa privada, como un bien que había que preservar a toda costa. Pero esto no es del todo así. Si el placer es el fin último de nuestras acciones, éste constituye nuestra riqueza, y al diseccionar el trabajo encontramos que sólo una de sus partes la crea, mientras que la otra es potencialmente destructiva; por ello se puede decir que el trabajo como tal no es un bien, el bien es la producción. El trabajo en sí mismo no es más que un mal necesario para alcanzar ese bien. Así, todo empleo no tendrá más valor que aquello que crea. El cavar zanjas para volver a enterrarlas keynesiano sólo puede tener lógica para un economista, no para un científico. Eso debería bastar para mostrar lo alejadas que están ambas disciplinas.

Tercero: el trabajo es como si estuviera conformado por dos polaridades, siendo la diferencia o distancia entre la una y la otra la que consituiría su capacidad o “carga”. Si consideramos el placer nuestra verdadera riqueza, este superavit entre el displacer que causa el trabajo y el placer que genera su producto, sería la “renta” que obtendriamos del mismo y lo que nos impulsaría a realizarlo. Es importante encontrar las palabras o definiciones adecuadas; así, si hablamos del trabajo como generador de valor, entendemos como tal la utilidad o placer, pero aquí nos referimos a otra cosa, la resultante de restarle al valor el tiempo de trabajo o displacer, lo cual nos daría un “saldo” que a mí, personalmente, me resulta tentador llamarle: “plusvalor”.

Y no es inocente esta denominación, pues trata de señalar una inexactitud del marxismo. Muchos consideran éste un intento de abordar la economía con una visión científica. Pero deberían especificar: “economía capitalista” o habrán cometido un error; porque, como ya advertí antes, la economía se refiere a la producción, intercambio y consumo de bienes por parte de una sociedad, aunque ello engloba todas las posibilidades, métodos o sistemas organizativos que lo hagan posible. Pero el concepto marxista de la ‘plusvalía’ se limita prácticamente al ámbito patrón-asalariado, cuando este ordenamiento (característico del capitalismo) no es más que una opción, mejor que unas y peor que otras, pero simplemente una opción. Si queremos entender realmente la economía debemos emplear conceptos universales, es decir, que tengan validez en todo tiempo, lugar y circunstancias, y que, como las leyes de la física, sean válidas hasta el último rincón de la galaxia y desde el principio al fin del tiempo.

De este modo, si es el placer la expresión del valor y riqueza, y el valor absoluto o ‘plusvalor’, el que nos quedaría, libre de polvo y paja, después de restarle el displacer del trabajo; este plusvalor se situaría y sería una cuestión entre productores y consumidores que, estos sí, serían imprescindibles y la base y el sentido de toda economía. Así la plusvalía capitalista tendría su origen en una intermediación entre unos y otros, es decir que sería a costa tanto de asalariados como de los consumidores, lo cual no haría sino mostrar lo perjudiciales e ineficientes que son todo tipo de intermediaciones impuestas, superfluas o innecesarias.

Resumiendo: conocemos cuáles son nuestros principales recursos, en qué consiste el valor y qué lo crea. Las diferencias entre valor (valor bruto) y plusvalor (valor neto), -que serían medidas indiviuales- y valor de cambio -que sería una interacción de caracter social entre los distintos valores individuales-. Así el valor de cambio es como el corte que reparte la tarta del plusvalor; pero debido a que la eficiencia depende de que cada uno reciba un valor equivalente al que crea, el valor de cambio no sólo se convierte en el árbitro del plusvalor, sino que tiene una gran responsabilidad en la consecución de la eficiencia. Por ello, el valor de cambio es tan importante como la precisión de unas pesas, un reloj o una escala métrica, y de él depende en gran parte el correcto funcionamiento del engranaje económico y humano.

Actualmente hay dos corrientes del pensamiento que entienden la importancia de esto y tratan de ligar el valor de cambio a conceptos muy opuestos. Tenemos el marxismo, que considera que el trabajo es el generador y la medida del valor, por lo cual debe ser el valor de cambio, de modo que todo mercado vendría a ser un intercambio de tiempos de trabajo o displacer; mientras que las corrientes liberales postulan que son las libres consideraciones de valor de los individuos las que deben determinar el valor de cambio, con lo que primaría la capacidad del producto del trabajo de generar placer.

Se podría aducir inocentemente que lo mejor sería un término medio, pero tanto productores como consumidores tratarán constantemente de lograr las mejores condiciones posibles, por lo que no se podría lograr un verdadero equilibrio duradero, tanto más cuando esa pugna se repetiría en cada actividad o artículo. Al final, debido a que teóricamente todos habriamos de ser tanto productores como consumidores, lo más práctico sería fijar el valor de cambio en uno de los extremos, presionado por un fuerza lo suficientemente consistente, de forma que lo que se perdiera por un lado, se compensara por el otro.

Así, por ejemplo, si el valor de cambio lo fijara el trabajo o displacer, los productores como tales obtendrían poco plusvalor, ya que únicamente cobrarían por el displacer sufrido, pero la situación se revertiría al gastarse como consumidores lo obtenido mediante su trabajo, ya que, asimismo, sólo pagarían por el displacer experimentado por otros obreros al crear el artículo que compran, quedándose, ahora sí, con su plusvalor. En caso de que el valor de cambio lo determinara el placer, ocurriría todo lo contrario, y los productores obtendrían mucho plusvalor, aunque luego les costaría más adquirir cada artículo, pues tendrían que pagar por todo el placer que les aportase.

Lo que habría que dilucidar, simplemente, es cuál de los dos métodos de medida es más eficiente. La experiencia nos dice que esto se consigue mejor con el sistema más estable. Un metro, un kilo, un litro o un segundo son consideraciones y medidas humanas; pero si estas variaran con frecuencia, podrían causar graves perturbaciones a nuestro entramado social. De este modo, podemos deducir que el trabajo o displacer es una medida mucho más estable que el valor o placer, y por tanto más idónea.

Esto es así porque, aunque un trabajo pueda producir muy distinto displacer a diferentes personas, la parte más decisiva del displacer que produce el trabajo es precisamente el tiempo de trabajo, y dado que el tiempo discurre igual para todos, eso racionaliza de forma importante el displacer de todo trabajo, de manera que los costes de estos se mantendrán no sólo homogéneos, sino bastante estables. Por contra, el placer que nos produce un artículo varía enormemente para cada persona, de tal modo que unos estarían dispuestos a pagar muchísimo por él, algunos no lo adquirirían ni a precio de coste, e incluso otros no lo querrían ni regalado. Pero no sólo varía para cada persona, sino para una misma, el valor que le da a una cosa puede variar muchísimo a lo largo del tiempo. Esto quiere decir que mientras los costes permanecen bastante fijos o estables, la parte más flexible es el placer o valor asignado. Aparte de ello, necesitamos un sólo trabajo y en cambio precisamos muchas mercancías. Todo ello hace del displacer o trabajo una medida de cambio mucho más práctica, precisa y eficiente que el placer o valor.

Una consideración muy importante es que, de variar con facilidad el valor que le damos a las cosas, haría posible especular con este valor, pudiendo llegar a hacer de esto una “profesión” y vivir de ello. Pero he definido “trabajo” como aquello que genera valor, y en este caso no aumentaría el valor en sí, sino únicamente el valor de cambio, por lo que se trataría de una intermediación esteril, incompatible con la eficiencia. En contrapartida, el trabajo como valor de cambio es mucho más estable, dificultando de tal modo esta especulación que ni siquiera sabemos cómo se puede especular con el trabajo propio. De nuevo esta medida se revela mucho más eficiente.

Otra cuestión es que, evidentemente, el coste o displacer que conlleva crear algo no tiene por qué corresponderse con el placer que produce una vez realizado. Pero, si el valor de cambio lo marcara ese placer o valor, ello perjudicaría gravemente a todos los trabajos o actividades que estén menos valoradas, haciéndolas inviables en muchos casos, lo cual restringiría tanto la cantidad de trabajo como los posibles trabajos, en un tiempo en que el paro es uno de los principales problemas e ineficiencias. Por contra, si el valor de cambio lo determinase el tiempo o displacer del trabajo, esto habilitaría prácticamente cualquier trabajo o actividad. Aunque esto pudiera parecer poco eficiente, una vez alcanzado el pleno empleo las distintas profesiones cotizarían libremente en forma de distintas rentabilidades, de modo que las menos rentables, que serían también las menos demandadas, se fueran poco a poco desechando, siendo sustituidas por otras con posiciones más adelantadas en la escala del valor, hasta que fueran estas las que empezaran a quedar rezagadas, produciendose un continuo trasvase de trabajadores de las unas a las otras, y un avance en el sentido del valor, como el de una rueda.

Y por si todo esto fuera poco, hay una cuestión que tiene más transcendencia de lo que parece, y es que la brecha se ensancha continuamente, es decir, mientras los costes decaen por mayores comodidades y productividad en el trabajo, el valor aumenta, por obtener aparatos con mejores propiedades y capacidad de satisfacernos. Eso quiere decir que un sistema donde los precios se aproximasen mucho más al coste que al valor sería un sistema deflacionario, donde los artículos cada vez costarían menos; mientras que si primase más el valor que el coste en trabajo, sería un sistema inflacionario. En el primero, el trabajo no consumido -el ahorro-, cada vez tendría más capacidad adquisitiva, lo que lo incentivaría; mientras que en el segundo perdería valor continuamente, por lo que fomentaría lo contrario: el consumo.

Llegados a este punto, los representantes de la llamada “ciencia económica” es probable que entablaran discusiones bizantinas sobre cuál de estas opciones sería mejor; sin embargo para los científicos e incluso los ingenieros sería algo que tendrían clarísimo por una simple cuestión: excedentes. Todos nuestros avances técnicos, empezando por cuando un homínido se puso a afilar una lasca de silex, fueron posibles porque se pudo habilitar o liberar un excedente de tiempo de trabajo de las labores de pura supervivencia, con propósito de poder ser aprovechado más eficientemente en el futuro. El mismo sentido que otorgamos a la inversión, pero siendo esta en forma de tiempo de trabajo.

Podemos visualizarlo como dos individuos que se plantean llegar lo más pronto posible a determinado lugar u objetivo. Mientras el primero echa enseguida a caminar sin más, el segundo se queda en el mismo sitio creando una máquina con la que avanzar más eficientemente, pongamos que una bicicleta. Aunque cuando tenga listo el vehículo el otro vaya ya por la mitad de trayecto, con sólo ir tres veces más rápido, conseguiría llegar antes que él. La eficiencia es la razón de ser de toda máquina. Pero el hecho es que el tiempo dedicarlo a construirla es improductivo, el individuo no puede dedicarlo a mantenerse y satisfacer sus necesidades. La creación de la máquina es imposible sin añadir un tiempo de trabajo que exceda a esas necesidades o una reducción o ahorro en el consumo. Así, si ahorro = máquina, y máquina = eficiencia, es sencillo deducir que: ahorro = eficiencia.

De este modo, un sistema deflacionario es inequívocamente más eficiente que uno inflacionario. No olvidemos, además, que el valor de cambio es una magnitud negativa. Aparte, la deflación es un enemigo natural de la especulación. Y eso es particularmente patente en el caso de los contenedores de valor. Pongamos el caso de un terreno, especialmente si es urbanizable. Dado que continuamente irían disminuyendo los precios de todo, el terreno también perdería valor nominal, y ello haría imposible utilizarlo como inversión especulativa, es decir, para obtener beneficio o derecho a adquirir el trabajo de alguien sin mediar para ello ningún trabajo propio. De esta forma el trabajo, como generador de valor, cada vez estaría más por encima de los contenedores de valor, ímpidiendoles poder nutrirse especulativamente de él, osea favoreciendo la eficiencia.

Así que, si ya tenemos claro que lo más conveniente es que el valor de cambio se aproxime y se corresponda lo más posible con el tiempo de trabajo o displacer, nos resta encontrar la manera de hacerlo efectivo, pues los productores lógicamente siempre querrán sacar lo máximo posible por su trabajo. Si una fuerza o razón no empujara constantemente los precios contra su coste en forma de trabajo, no tardarían en separarse de él, distorsionando la escala y deteriorando su vigencia y eficiencia. Por suerte esa fuerza existe, y para más fortuna coincide con los objetivos marcados al principio sobre lo que pediriamos a un sistema u ordenamiento económico. Esta fuerza se llama producción, y aunque intuitivamente ya representa una robusta y poderosa imagen de la eficiencia, era preciso desarrollar la idea de forma lógica para que no quedara la más mínima duda. Como veremos en adelante y repetiremos en más de una ocasión, la producción es la clave de todo, pero no sólo en el cúanto, como ahora, sino también en el qué y a costa de qué. Y para entender todo esto mejor, primero debemos comprender la estructura del valor.

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Podemos visualizar el valor como una pirámide erigida sobre un suelo con ligera pendiente, para expresar las diferencias de costes, de tal modo que la media de éstos fueran, por ejemplo de 5€. La cúspide de la pirámide estaría formada por lo máximo que alguien estuviera dispuesto a pagar por el artículo en cuestión. Pongamos que fuesen 10€. Así el beneficio por unidad sería de 5€, al igual que el total. Pero imaginemos que a 9.90 hubiese otros cuatro consumidores dispuestos a adquirirlo si ese fuera su precio. Tendriamos que elegir entre un beneficio de 5€ o cinco de 4.90 lo cual no deja dudas sobre la elección. Así las distintas capas de la pirámide albergarían más y más compradores en progresión geométrica (1-4-9-16-25…) a medida que fuera bajando el precio. Así hasta llegar al suelo y por debajo de éste, que representaría a los que ni siquiera estuvieran dispuestos a comprar a precio de coste.

Así, aunque nos pueda parecer que al productor le interesa vender lo más caro posible, en realidad su interés es obtener el máximo beneficio, y para ello debe bajar escalones de la pirámide para llegar a una gran masa de gente, a la vez que conserva la suficiente elevación sobre el suelo o precio de coste, para extraer un gran beneficio. En el ejemplo planteado eso se consigue a precios sobre 6.25, que significaría un 25% de plusvalor sobre el precio de coste. Producir por encima de lo que puede absorver ese nivel de explotación de la pirámide de valor, obligaría a bajar los precios, deteriorando rápidamente a partir de ahí el margen de beneficio.  Evidentemente no sólo no hay dos pirámides de valor iguales, sino que estas mismas van cambiando con el tiempo y las circunstancias. Además los productores no están solos y teoricamente no pueden acordar el volumen de producción conjunto. En cualquier caso queda claro por qué los productores no tienen ningún motivo ni incentivo para llevar la producción más allá de ciertos límites.

Pero entonces… ¿cómo se puede obligar a los productores a traspasar esos límites? Es más sencillo de lo que parece, sin embargo aquí se abre una interesante paradoja. Si el valor de cambio se ciñera estrechamente al tiempo de trabajo, la correspondencia se aproximaría al 1:1, es decir, cada hora de trabajo se cambiaría por otra hora de trabajo equiparable, por lo que el 100% del trabajo daría derecho a consumir el 100% de lo producido, y toda unidad que se añadiese a la producción, lo haría también al consumo, por lo que no tendría por qué variar el porcentaje. Eso significa que no habría nada que impidiera que se añadieran más y más unidades de trabajo hasta agotar todas las unidades disponibles, o lo que es lo mismo: pleno empleo.

Una utilización eficiente de tales unidades de trabajo inevitablemente se traduce en producción y por tanto en una presión sobre el valor de cambio para que no se separe del tiempo de trabajo. Dicho de otro modo: la eficiencia genera eficiencia. Pero eso también nos muestra la otra cara de la moneda, y es precisamente que la ineficiencia genera y se alimenta de la ineficiencia. El ejemplo más representativo y paradigmático de esto es la improductividad absoluta: el paro. ¿Qué sentido económico tiene el desempleo? Hasta parece una pregunta absurda de lo que hemos interiorizado este como algo inevitable. Pero la realidad es que el desempleo es ineficiente, fruto de la ineficiencia, y tan evitable o no como esta.

En contra de lo que solemos pensar, no hay cantidad limitada de empleo. Lo que sí está limitada es la rentabilidad; el problema viene de subordinar la creación de empleo a la existencia de esta rentabilidad, porque entonces también él adquirirá esta limitación. Todo esto es bien conocido en el campo, donde una ubérrima cosecha no siempre es una excelente noticia. Si un año en la cosecha de tomates se obtiene un 50% más, si estos se vendieran al mismo precio que el año anterior, lo más probable es que se vendieran la misma cantidad que tal año. Pero como este tendriamos que vender un 50% más, para conseguirlo habría que bajar los precios. Así, mientras la cantidad total recaudada puede que no aumente demasiado, lo que sí lo harán será el trabajo y los gastos para la recogida, con lo que la rentabilidad final, sobre todo respecto al capital empleado, puede que incluso bajase. En el campo la producción no puede planificarse como hace la industria, pero si pudiera hacerse, pocos optarían por opciones tan exuberantes. De lo cual se resentirían los jornales necesarios, es decir, el empleo.

Y todo el problema viene de una confusión de conceptos. Asociamos la riqueza al dinero, cuando el inicador más adecuado demuestra ser una vez más el de placer/displacer. En el ejemplo planteado se observa claramente, ya que una mayor producción no tiene por qué significar obtener más dinero, mientras que inequívocamente sí supone más placer. Esto ocurre porque damos al dinero un valor casi exclusivamente cuantitativo, centrado en tener cada vez más unidades, olvidando completamente cualquier consideración cualitativa, es decir, la cantidad de placer  que podamos adquirir con cada unidad de dinero. Así, cuando los precios se abaratan, se incrementa el valor cualitativo del dinero, su capacidad de adquirir cosas o productos del trabajo, y eso tiene muchísima más importancia de lo que parece.

Sobre todo si adoptamos y adaptamos como medida de valor o valor de cambio del dinero al de la unidad creadora de valor: la hora de trabajo. Porque así se vería claramente cómo incrementos cuantitativos de las unidades de dinero, tanto a nivel particular como social, son un juego de suma cero, irrelevantes en términos placer/displacer, mientras incrementos cualitativos supondría que cada unidad de dinero, que en definitiva sería cada hora de trabajo, tendría capacidad de adquirir más unidades de producto, lo que al fin y al cabo indicarían un incremento de la productividad, y por tanto de la eficiencia.

Todo esto se puede resumir diciendo que el trabajo puede aumentar la cantidad  total de valor -a través de su producción-, pero esto sirve más para elevar el valor cualitativo del dinero que para incrementarlo cuantitativamente. Eso produce una divergencia entre los intereses del trabajo y del dinero que, debido a que en los actuales modelos se subordina el primero al segundo, también lo hacen con ello sus intereses, de modo que el trabajo, la creación de valor, debe refrenarse para no dañar los intereses del dinero. Ello debería dar cuenta de lo ineficiente de tal sistema, y de lo nefasto que son no sólo la subordinación del trabajo al dinero, sino su simple disociación, ya que en buena lógica, trabajo y dinero deberían ser una equivalencia.

Llegados a este punto, ya podemos determinar con qué recursos contamos, el valor de cada uno, además de aclarar nuestras consideraciones de valor y su naturaleza. Con esto podemos configurar una unidad de medida y a través de ella un objetivo. Podemos identificar los principales obstáculos y las herramientas indispensables para poder superarlos… Con ello supongo que estamos preparados para concretar toda esa teoría en un sistema sólido, detallado, y eficiente que, como todos los prototipos y diseños, progresivamente pueda ser mejorado. Hay que decir que hasta ahora he tratado que todas las consideraciones expuestas fueran válidas en un estado virginal, es decir, compatible con cualquier sistema o estructura social que se quiera levantar de cero; donde todos los accesorios opcionales, -incluido el mismísimo concepto de dinero- puedan y deban ser cuestionados,  y sólo tuvieran cabida valores básicos o absolutos en cualquier consideración económica. Pero aquí y ahora, en la cruda realidad, nos encontramos varias circunstancias que no podemos eludir.

La principal precisamente es que no partimos de cero. El reparto ya está hecho. Eso significa que a los más favorecidos en ese reparto no les importará tanto lo bueno o malo que sea el nuevo ordenamiento, sino lo que les beneficiará o perjudicará. En ese sentido no cabe hacerse ilusiones; nuestro beneficio personal siempre ha pesado más que el colectivo, y por ello cabe pensar que cuanto mejor y más justo sea el sistema propuesto, más oposición ha de contar por parte de esta élite social, porque inevitablemente cuestionará y socavará sus privilegios. Y se trata de gente con un poder que no conviene desafiar. Ahora bien, hay que recordar lo hablado sobre el placer/displacer, recompensa y castigo, porque rendirnos ante la amenaza de este castigo es ineficiente socialmente, además de equipararnos a animales o esclavos. El enfrentamiento, sin embargo, no es inevitable. Se puede negociar. El sistema puede considerar esta circunstancia y en vez de ir directamente a la mejor solución, la más directa, proponer una transición progresiva y ordenada hacia un modelo más eficiente. Las posiciones son menos radicales cuando todos tenemos algo que perder.

Aparte de esto, la gente tiene miedo a los cambios demasiado bruscos. Y el miedo no entiende de justicia o eficiencia; de hecho casi siempre está detrás de nuestras mayores injusticias y de nuestros peores desastres. Por todo esto habrá momentos en que hasta el más brillante tratado científico tenga que esperar y ceder el paso a la renqueante condición humana. No se trata de crear un modelo utópico, sino humano; por ello precisamos que la ciencia vaya de la mano de la ingeniería. La ciencia nos señalará la dirección y los elementos de medida para determinarla y seguirla, pero será la ingeniería la que bregue con la realidad, la que se apañe con lo que encuentre, y la que a partir de ello trace y abra el camino.

Otra cuestión es que el reparto ya está hecho también en términos políticos. El mundo está fragmentado en forma de cientos de estados. Ello, además de impedir una solución integral, fuerza a tener que competir con los distintos modelos o sistemas imperantes en ellos. Si buscamos un ordenamiento mucho más eficiente que los presentes, en principio parece que no deberiamos tener el más mínimo problema con ello. Pero las cosas no son tan sencillas. Podemos poner como ejemplo lo que sucedía en la antigua RDA: el estado se hacía cargo de los estudios de sus ciudadanos, incluidos los universitarios. Lo cual, dado que el conocimiento es lo que en gran parte determina el desarrollo tecnológico, y este a su vez condiciona el desarrollo económico de un estado, sin duda es una medida eficiente. Pero ocurría que luego muchos de estos, ya formados, se iban a trabajar a la RFA porque ganaban más, entre otras cosas porque allí tenían que amortizar los gastos incurridos al sacarse la carrera; con lo que al final la Alemania oriental estaba incurriendo en un gasto que luego beneficiaba a otros. Y eso ya no es tan eficiente.

No es lo mismo, por tanto, eficiente que competitivo, y el sistema que buscamos debe ser ambas cosas. Pero no estaría escribiendo esto de no ser plausible, así que sólo nos queda pasar ya a describir en qué se concretaría un modelo que respete todos las premisas que hemos establecido y que de buena nota en los parámetros más determinantes. Se trata además, por las razones ya expuestas, de hacerlo con los mínimos cambios o alteraciones necesarias, lo cual, dada la ambición de los objetivos, no siempre ha de ser posible; y sin embargo tampoco harían falta actuaciones tan drásticas como se podría suponer. Así que ya es la hora de ver a dónde nos llevaría una economía verdaderamente basada en la ciencia.

 

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Como ya dije, si queremos dar a la economía un enfoque científico, debemos trabajar con valores absolutos, no cuestionables. Así, por ejemplo, es discutible que podamos o no encontrar un sistema que pueda operar sin un concepto como el del dinero. Pero es incuestionable que no podemos prosperar sin uno como el del trabajo, o mucho más concretamente, el de la producción. Debido a que hoy por hoy todavía necesitamos del trabajo para obtener esa producción, una verdadera ciencia económica trataría básicamente de la mejor administración de la fuerza de trabajo disponible, para obtener de ella el mejor resultado posible. “Mejor” quizá no sea el término más adecuado, porque puede que sea algo imposible de demostrar científicamente, por lo tanto debemos conformarnos con otro más asequible, que sería el de eficiente. En este caso el reto consistiría en encontar un sistema cuanto más eficiente, mejor.

Puesto que la eficiencia depende del máximo aprovechamiento de la fuerza de trabajo, la lógica nos dice que para ello lo mejor sería servirnos del máximo porcentaje de tal fuerza de trabajo. O lo que es lo mismo: tener pleno empleo o trabajo garantizado. Si bien hay que considerar que nuestro objetivo no es realmente la producción, sino el placer obtenido a través de ella… o sin ella, ya que se puede considerar un placer no tener que trabajar. El placer, por tanto, es una consideración individual, y desde esa perspectiva el trabajo no puede ser una obligación, sino un derecho que se pueda ejercer en el momento que se quiera, durante el tiempo que cada uno estime conveniente. Para que esto sea compatible con el orden social, sólo es preciso que el trabajo se corresponda con el consumo o recompensa. Dicho de otro modo: garantizando el trabajo la sociedad trasladaría al individuo la soberanía, pero también la responsabilidad, de su manutención o la preferencia entre disfrutar un patrimonio temporal o material.

Pero “aprovechamiento” no sólo implica utilizar la mayor cantidad de fuerza de trabajo posible, sino obtener de ella el máximo rendimiento. Hasta ahora, lo mejor que hemos encontrado en dicho sentido son las maravillas técnicas y organizativas de nuestras modernas y automatizadas factorías de producción en serie. Sin embargo, incluso estos prodigios tecnológicos y logísticos pueden mejorarse notablemente, al menos en la gestión del recurso humano. En ciencia, el máximo aprovechamiento de una fuerza pasa entre otras cosas por no emplear o gastar más que la necesaria. No hay motivo para pensar que con la fuerza laboral sea distinto. Esto quiere decir que la cantidad de personal empleado en cualquier fábrica, taller o factoría debería poder adaptarse inmediatamente a las necesidades de producción.

Eso significaría una libertad total de contratación y despido. Tanto mejor cuanto más se redujeran la burocracia, los requisitos y los plazos. También hay que apuntar que si nuestro concepto de eficiencia pasa por recibir lo más aproximado posible a lo que uno produce, cualquier pago por no trabajar tendría que retraerse de lo producido por otros trabajos o trabajadores, lo cual nos alejaría de este objetivo. Esto indica que no debería haber ni prestaciones por desempleo ni idemnizaciones por despido. Recordemos también que es la producción el agente capaz de impulsar esta aproximación a la eficiencia, y pagar por no trabajar no ayuda a la producción ni por tanto a esta eficiencia.

Por esto es tan importante no ya el pleno empleo, sino el empleo garantizado, porque de lo contrario estas medidas serían imposibles o catastróficas. De este modo, para los despedidos no sería nada dramático ya que en breve tendrían otra ocupación, además de que para la empresa, debido a su formación o aprendizaje, tendrían preferencia para volver a contratarlos cuando las circunstancias lo requerieran. Incluso podrían cobrar un pequeño suplemento de esta mientras trabajaran en otras para asegurarse su vuelta o de lo contrario tener que devolver lo percibido. Se trataría de poner en valor el conocimiento y la pericia, y buscar fórmulas inteligentes para que la libertad y los intereses individuales no se contrapongan a un ordenamiento logístico eficiente.

Asimismo, si queremos que lo que reciba el trabajador sea lo más aproximado posible a lo que produce, y puesto que no todos los trabajadores de una misma empresa tienen la misma capacidad productiva, ni tienen el mismo valor para esta, tampoco tendrían por qué cobrar lo mismo. De esta manera, los sueldos habrían de ser individuales y cambiantes, negociados directamente entre el empleado y la empresa, en base al rendimiento y el valor aportado, que de esta forma serían incentivados. El empleo garantizado evitaría abusos por una u otra parte, ya que en breve plazo el trabajador podría contar con otro empleo, y la empresa con otro trabajador. Con ello el empleado no sólo se involucra más con las vicisitudes y el devenir de la empresa, sino que serviría para evitar el llamado “efecto rebaño”, según el cuál los empleados procurarían no destacar productivamente del grupo, ni por debajo para no llamar la atención de los jefes, ni por encima para no ser mal mirado por los compañeros, mediocrizando de este modo el rendimiento de toda la plantilla.

Sin duda la intensidad de trabajo aumentaría, aunque no hay que confundir esto con explotación, puesto que esta tiene que ver más con la recompensa que se obtiene, o no, de este trabajo. Y puesto que cada uno sería libre de pedir la remuneración que considerase oportuno, o en su defecto adaptar el rendimiento a la recompensa ofrecida, al menos en el plano subjetivo no habría conciencia de explotación.

Una consecuencia curiosa es que cualquier circunstancia que afectara al ambiente de trabajo de algún modo cotizaría o entraría en valor, ya que si este fuera malo, los trabajadores demandarían más dinero para quedarse, de manera que los malos modos, despotismo, intransigencia, etc, podrian costar bastante caro. Mientras que al revés ocurriría todo lo contrario, de manera que ello presionaría a que este ambiente de trabajo fuera incomparablemente más sano. Ahí el balance placer/displacer mejoraría muchísimos enteros, aunque sólo fuera porque nadie se vería obligado a quedarse donde no quiere o detesta.

Además de todo esto, permitiría un ajuste más sutil; ya que hay puestos para los que no se necesitaría una gran valía ni especiales aptitudes o actitudes, se podría preferir situar en estos a gente menos preparada o capaz, siempre que sus demandas salariales estuvieran en consonancia con ello. Lo cual ya no sólo sería ajustar cuantitativamente la plantilla a cada momento según las necesidades de producción, sino también cualitativamente a las necesidades de cada puesto. Un ajuste más fino se antoja imposible. Pero lo es, porque todo entraría en consideración, de modo que los trabajadores que viviesen cerca tendrían más interés en retener el empleo, de forma que sus demandas serían más moderadas que quienes viviesen más alejados, para los que el tiempo, combustible, etc,  gastado en el camino también pesaría. De un modo tan simple, la distancia media hasta los puestos de trabajo iría cayendo progresivamente de forma más que notable, con el ahorro y la eficiencia resultante, tanto a nivel personal como social.

No todo habrían de ser ventajas: un ordenamiento que da total libertad de contratación y despido, donde además los sueldos serían individuales y cambiantes, hace complicadas e inefectivas las huelgas, especialmente si las reivindicaciones  son salariales, precisamente porque esa individualidad retributiva es incompatible con casi cualquier tipo de demandas o propuestas conjuntas. Por fortuna otra cosa serían aspectos organizativos y sobre todo de seguridad. Pero si tenemos que decirlo todo, ya que hablamos de ciencia y eficiencia, hay que apuntar que las huelgas, además de no tener nada que ver con la ciencia y en sí mismas tampoco con la eficiencia, si queremos un sistema basado en la libertad de elección, el libre intercambio del producto del trabajo y la libre cotización de las distintas consideraciones placer/displacer individuales, si queremos vernos libres del castigo impuesto por abusos en las relaciones de poder, no han de tener cabida en él todas las medidas de fuerza, ni de unos ni de otros, porque el objeto de la fuerza es precisamente coartar y quebrar la libre voluntad. De todos modos, a quienes más beneficia la desactivación de las medidas de fuerza es a quienes menos fuerza o poder tienen.

Todas estas medidas beneficiarían enormemente a las empresas, las unidades productoras, por lo que por lógica debería ser algo bueno. Aunque el pensamiento frentista que ha imperado hasta ahora nos hace temer que entonces, por fuerza, esto ha de ser malo para el obrero. Pero ni la ciencia ni la lógica nos dicen por ningún sitio que tenga que haber capitalistas y trabajo asalariado; para ellas la empresa puede concebirse simplemente como trabajo colectivo sumamente organizado. Crear riqueza y repartirla son problemas distintos, que no tienen relación directa el uno con el otro. Por ello toda medida que vaya a favor de la primera, no sólo no tiene por qué influir desfarorablemente en la segunda, sino que al menos incrementa la cantidad a repartir.

De hecho lo que la lógica nos dice es que si el trabajo es lo que genera valor, éste debería ser el comprador, no el comprado. Que si es la medida del valor de cambio, comprar trabajo equivaldría a comprar dinero; cosas que sólo le vería la lógica un “economista”, pero no un científico, ni mucho menos un lógico. Es un sistema defectuoso la raiz de todas esas complicaciones. Si no queremos/podemos cambiarlo, este será un problema que no responda a razones técnicas, sino humanas, y por lo mismo más difícil de enmendar con criterios lógicos. Pero puede hacerse, como veremos más adelante. Era preciso decir todo esto, porque si suelto sin más que, además de todo lo anterior, las empresas apenas pagarían impuestos y cotizaciones, más de uno habría dejado de leer ahí mismo.

.                                          IMPUESTO AL CONSUMO.

Gravar con impuestos el trabajo, como se hace ahora, es algo disparatado y sin sentido, porque no sólo es que así se perjudique este trabajo, sino porque es inútil y redundante, ya que el importe de tales impuestos o cotizaciones lógicamente las empresas tienen que reflejarlos en el precio al que venden sus productos, de manera que al final son los consumidores quienes de todos modos acaban pagándolos. Las empresas aquí actuarían como simples intermediarios, y es de sobra sabido que cuantos menos intermediarios e complicaciones  innecesarias se introduzcan en un sistema, más eficiente será.

Se trata principalmente de un asunto de gestión de riesgo. Aquí hay que apuntar algo muy interesante, y es que a nivel social el riesgo apenas existe. Es decir, una empresa cualquiera puede quebrar, pero todo el sector entero no lo hará mientras exista demanda. En este caso además, la quiebra de esta empresa beneficiará al resto, que se hará con su cuota de mercado y beneficios resultantes. En sectores “sanos” es prácticamente un juego de suma cero. Por eso es absurdo que el estado, que no lo padece, haga recaer sobre las empresas, -que sí lo sufren- el riesgo de que el trabajo no se materialice, de momento no pueda venderse, y aún así tenga que pagar impuestos por algo que no tiene, que aún no ha recibido. Es decir, el impuesto debe ser por el trabajo que se recibe o cambia de manos, no por el que se realiza, del mismo modo que uno no tiene que pagar impuestos por el trabajo que hace en casa para sí mismo.

Gravar impuestos al trabajo en sí, en vez de al producto de este trabajo, perjudica a quienes obtienen menos rendimiento de tal trabajo. Es decir, impide que el margen de rentabilidad a partir del cual puede operar o compensar tal trabajo descienda, impidiendo el desarrollo de tales trabajos. Y es curioso que en estos casos siempre se aduzca que estos trabajos serían ineficientes cuando es justo todo lo contrario, es un ineficiente sistema impositivo el que impide a trabajadores y empresas operar cerca de la cota cero de rentabilidad, que sería precisamente donde -en mercado verdaderamente libre- residiría la eficiencia a nivel social y el pleno empleo.

Por todo esto, el impuesto no debe recaer sobre las fuerzas creadoras de la producción, sino sobre las que destruyen o restan valor a lo producido, es decir, el consumo. No sólo un impuesto al consumo tiene muchas más ventajas que uno al trabajo, sino que es más justo. Podemos poner como ejemplo de ello unas explotaciones agrarias, una bastante más fértil que la otra. Ambas explotaciones contarían con los mismos trabajadores y pagarían los mismos impuestos. Pero la producción no sería la misma, ni los beneficios resultantes, que quedarían libres de la acción de impuestos al trabajo. Lo que se propone es simplemente el cambio de cotizar por unidad producida en lugar de por unidad productora, porque lo que crea la riqueza no es el trabajo como tal, sino el producto de ese trabajo, por tanto debe ser ese producto y no ese trabajo el que cotice.

Pero una de las cosas más efectivas y determinantes del impuesto al consumo es que afecta también a la ganancia capitalista. Porque los impuestos al trabajo sólo afectan al trabajo, es decir, a los costes, presionando con ello los sueldos a la baja. Pero todo aumento de precio después de acabado el trabajo, en el trayecto de la fábrica al mercado, que es donde se agrega la ganancia capitalista, a todo ese añadido de precio ya no le afecta el impuesto. Lo cual quiere decir que gravamos los rendimientos del trabajo mientras dejamos sin cotizar los del no-trabajo. El enemigo es el consumo, no la producción, y en ese sentido fiscalizando el trabajo en vez del consumo nos estamos dando un tiro en el pie.

Pero para entender bien el alcance de todo esto, nada mejor que un ejemplo. Vamos a comparar el resultado de la aplicación de un impuesto al trabajo y otro al consumo; pero también cómo afectan a empresas con la misma ocupación pero muy distinto rendimiento. Ambas contarían además con el mismo suministrador de material, porque este es otro aspecto sobre el que también conviene reflexionar. Las revelaciones que se extraen de todo esto son realmente asombrosas, por lo que conviene releerlo las veces que haga falta para llegar verdaderamente a entenderlo.

Así, tendriamos una empresa “A”, que por cada 100 euros de valor de producto, tendría estos costes: 40 de material, 40 de trabajo, más el 40% de impuestos a este trabajo, que sería 16. En total suman 96, con lo que el beneficio se quedaría en 4 unidades o un 4%. Por su parte, la empresa “B”, pagaría 40 al proveedor, 30 de trabajo, y 12 de impuestos. En total 82, con un beneficio de 18 unidades o un 18%.

.                                       SISTEMA DE IMPUESTOS AL TRABAJO.

.                                          EMPRESA “A”                               EMPRESA “B”

Materiales:                               40                                                   40

Trabajo:                                    40                                                   30

Impuestos (40%)                     16                                                   12

Total                                          96                                                   82

Precio venta                           100                                                 100

Beneficio                               4  –   4%                                         18  –  18%

Aquí ya empezamos a ver cosas interesantes; observamos cómo los impuestos al trabajo afectan más a quien más trabajo emplea o más paga por éste, es decir, a quien más en precario se mantiene, acentuando las diferencias en lugar de lo contrario, y condenándolo a no poder reducirlas, por ejemplo comprando más o mejor maquinaria. Si la empresa “A” llegara a caer, su competidora, para suplir su producción cesante, sólo necesitaría 30 trabajadores más, con lo que 10 quedarían en paro. La empresa “B” incrementaría notablemente sus beneficios, sin tener que bajar los precios, incluso pudiera ser al contrario, al tener menos competencia. Hasta el proveedor podría verse afectado al tener  ahora la empresa “B” más volumen y más fuerza para negociar precios. Es un ejemplo muy claro de que premiar o exaltar la eficiencia particular puede no sólo no promover, sino ir muy en contra de la eficiencia general o social.

Ahora veremos cómo quedaría la cosa con un impuesto al consumo en vez de al trabajo. Pero para ello primero debemos calcular cómo afectaría primero al proveedor, porque la cosa cambiaría mucho para todos. En su anterior precio de venta de material -40-, deberia incluir el precio del trabajo, sus impuestos y lógicamente su plusvalía. Si la media de rentabilidad de las empresas “A” y “B”, es de un 11%, y dado que la complejidad suele aumentar según avanzamos en las etapas de producción, y con ello el riesgo y el beneficio, la rentabilidad en estas etapas iniciales o en los proveedores suele ser menor. Pero pongamos que esta sea de un 10%. Para un precio de 40, obtendría un beneficio de 4 en cada empresa. Eso daría un precio de coste de 36. Dado que los impuestos al trabajo ya estarían incluidos, y con el nuevo ordenamiento no lo estarían, es preciso dilucidar cuál es el precio del trabajo sin tales impuestos.

Para calcularlo, tendriamos que sumar al precio de ese trabajo que desconocemos, “X”, el 40% de “X”, de modo que sumen 36. O lo que es lo mismo: 1,4 X = 36.  Esto nos da: X = 25,7. (Los impuestos pagados serían de 10,3) Ese es el precio del trabajo. A lo que habría que sumar el 10% del beneficio que querría lograr el proveedor, y esto se calcula a partir de la cifra final, de venta, no de coste. Esta cifra final sería “X” a la que restándole el 10% de “X” daría como resultado 25,7. Lo cual viene a ser 0,9 X = 25,7. O lo que es lo mismo: “X” = 28,5. Lo que daría un beneficio de 2,8. Y con esto ya podemos calcular cómo quedarían las cuentas aplicando el impuesto al consumo en lugar del impuesto al trabajo. Hay que decir que es un impuesto final, por lo que éste no se paga en los sucesivos pasos o transferencias entre empresas.

 

.                                                SISTEMA DE IMPUESTO AL CONSUMO

.                                       EMPRESA “A”                                    EMPRESA “B”

Materiales:                           28,5                                                    28,5

Trabajo:                                40                                                       30

Total:                                     68,5                                                    58,5

A esto habría que añadir el beneficio que se desee obtener, y a todo junto sumarle un 40% de impuesto al consumo. Para que el resultado final nos diera la misma cantidad como precio de venta al consumidor, 100, tanto la empresa “A” como “B” tendrían que vender a 71,5. Los beneficios se adjuntan en unidades y tantos por ciento respecto al precio de venta. Esto nos da los siguientes resultados:

Precio de venta:                 71,5                                                    71,5

Beneficio:                       3  ó  4%                                              13  ó  18%

Impuestos:                          28,5                                                    28,5

Esto ya se está poniendo muy interesante, por lo que, para verlo aún más claro, ponemos los beneficios e impuestos todos juntos, incluyendo al proveedor.

.               SISTEMA IMPUESTOS AL TRABAJO.              SISTEMA IMPUESTOS AL CONSUMO.

.                     IMPUESTOS          BENEFICIOS                       IMPUESTOS     BENEFICIOS

Emp.  “A”              16                    4   ó   4%                                  ( 28,5 )             3  ó  4%

Emp.  “B”              12                   18  ó  18%                                ( 28,5 )           13  ó  18%

Prov.                     20,6                  8  ó   10%                                     –                  5,6  ó  10%

Total.                    48,6                 30                                              ( 57 )               21,6

Y aquí es donde nos encontramos lo más sorprendente y revelador: vemos cómo la recaudación de impuestos pasa de 48,6 a 57, es decir sube un 17%, sin que el precio de venta tenga que sufrir alguna variación, simplemente por hacer cotizar también a la ganancia del capital. Pero lo más asombroso es que la ganancia capitalista se reduce en unidades, pero no en porcentaje, porque el beneficio se reduce en la misma medida que lo hacen los costes o necesidades de capital. De este modo se produce una curiosísima situación en la que todos resultan beneficiados. ¿Cómo es posible?

La clave está en que sin impuestos al trabajo, éste es más barato, de modo que una misma cantidad de capital puede movilizar o “comprar” más trabajo. Esto puede resultar muy beneficioso para el capital, en especial el extranjero, para crear factorías de venta internacional. El trabajo en principio cobraría igual, pero las cotizaciones dejarían de presionarlos a la baja y su repentina “baratura” haría que estuviera más demandado y cotizado. El estado recaudaría más impuestos, y los consumidores, aunque hemos hecho los cálculos para que coincida el precio de venta, también podrían beneficiarse, y mucho, de un aspecto no menos curioso…

Resulta que con impuestos al trabajo el capital tiene que pagar un 40% más en concepto de cotizaciones del trabajo, pero como la espectativa de beneficios las calculan en base al volumen de capital empleado, esta ganancia incluye también la parte equivalente al impuesto. Eso quiere decir que si el impuesto o cotizaciones suponen un 40% y se espera un beneficio del 10%, el capital deberá ganar también el 10% de ese 40% pagado en impuestos, para lo cual el precio final del producto se vería incrementado ni más ni menos que en un… ¡4%!

Pero aún hay más. Aunque hemos dicho que todos resultan beneficiados por el cambio de impuestos al trabajo por un impuesto al consumo, no es así, hay un sector que saldría perjudicado, y mucho. Porque, lógicamente, si descienden las necesidades de capital, menguan tambien las ganancias de quienes hacen de ello su negocio: la banca. De hecho incluso lo ponen en peligro, porque la diferencia es enorme, podríamos estar hablando de precisar casi un 40% menos de capital, por lo que muchas empresas no necesitarían préstamos de la banca, con lo cual podrían abaratar sus productos aún más.

Y esta es la increible y demoledora diferencia entre gravar impuestos al trabajo o al consumo. Las consecuencias podrían ser tremendas. Si los precios bajaran un 4%, eso significaría que los consumidores podrían adquirir un 4% más de productos, lo cual haría incrementarse la producción y con ella el trabajo. Esto podría significar bajar el desempleo ¡cuatro puntos! Parece mentira que cambios tan simples y tan lógicos puedan tener efectos de tal calibre, pero lo mejor es que ocasionaría todavía muchos más.

Al tratarse de un impuesto final, lo pagarían todos los artículos que se vendiesen en las tiendas, al igual que ahora ocurre con el IVA. Pero resulta que los productos nacionales pagarían casi todos sus impuestos con él, en tanto los foráneos, que ya habrían pagado sus cotizaciones en sus paises de origen, se encontrarían ahora un nuevo impuesto de cuantía muy importante. Esto daría a los productos nacionales una extraordinaria ventaja competitiva por el simple hecho de cambiar a un sistema impositivo más eficiente.

Otra consecuencia muy importante es que así cotizarían todos los productos que se vendieran en el país, lo cual es muy interesante, en especial para estados con grandes desequilibrios en la balanza de pagos; porque lo que hacemos cuando adquirimos productos extranjeros es pagar a través de ellos sus cotizaciones y con ellas las jubilaciones en sus paises de origen. Por eso, entre otras cosas, son tan nocivos los déficits comerciales. Otro efecto muy curioso es que los productos nacionales destinados a la exportación llegarían a las fronteras del país sin haber pagado apenas impuestos, por lo que habría que poner aranceles… ¡a los productos propios! Y no sólo eso, sino por las circunstancias antes descritas, seguramente habría que quitarlos a los foráneos.

También ocurriría que al desligar sueldos de cotizaciones, estas dejarían de presionarlos a la baja, ya que aumentos y descensos en unos, se ven reflejado en las otras. Pero podría pasar que si los sueldos se desvinculan de las cotizaciones, también el sueldo que se cobra al final de la vida laboral, la jubilación, asimismo podría desvincularse de aquellas. Eso haría innecesarios los complejos cálculos para determinar la cantidad a la que se tiene derecho, ya que probablemente se igualarían por tramos, subiendo las pensiones mínimas y rebajando las máximas, haciéndolas más igualitarias. Pero lo más importante es que dejarían de estar fijadas. Ello otorgaría al estado una herramienta extraordinaramiente práctica, ya que podría utilizar los cada vez más onerosos gastos en pensiones a modo de lastre, reduciéndolos cuando las cosas van mal, y aumentándolos antes de coger demasiada altura o velocidad, convirtiéndolos en un formidable estabilizador de la economía.

Además, la flexibilidad que otorgaría al sistema daría oportunidad de plantearse el modelo que mejor se adapte a las necesidades reales de la gente. Hasta ahora los obreros han peleado duramente por obtener unas mejores condiciones para su jubilación, pugnando por que les quedase lo más cercano posible al 100% de su sueldo.  Pero sipudiéramos elegir… ¿no  prefeririamos cobrar más cuando se está pagando la casa, criando y pagando los estudios a los hijos, cuando más apetencia de viajes o asistencia a eventos se tiene,  que luego cuando el gasto en estos apartados es más residual?

Curiosamente esto puede haber beneficiado más al empresariado que a ellos mismos, ya que en un sistema donde priman las relaciones de poder, al capital no le interesa un proletariado ni un estado fuerte y solvente, porque ello le dificultaría imponerles sus condiciones. Cuanto más cerca de los números rojos mantenga a ambos, mucho mejor. Por ello parece más conveniente disfrutar un sueldo más generoso que el que se reciba a la hora de la jubilación, mucho más cuando un estado menos ahogado financieramente con el pago de las pensiones, puede ofrecer un excelente instrumento para complementarlas, -que se explicará más adelante- que serviría además para impulsar el trabajo y la economía, de cuya marcha dependería a su vez las pensiones; creando de ese modo un círculo virtuoso que redunda en aquello que hemos cifrado la clave de la economía: la producción.

También hay que decir que en un sistema basado en la producción y la libertad la jubilación sería un derecho, no una obligación. Así, el cobro de la pensión sería compatible con seguir desarrollando su trabajo. En este sentido, una opción interesante sería prejubilarse antes a cambio de estar disponible para cubrir bajas o necesidades, cobrando la diferencia, mejorando de este modo la gestión de la plantilla, ya que los recambios tendrían gran experiencia en vez de tener que recurrir a lo contrario, optimizando así el recurso del conocimiento, a la vez que el cese de la actividad laboral se va produciendo paulatinamente y no de golpe.

Porque en contra de lo que solemos considerar, no hay un número limitado de puestos de trabajo, de forma que si alguien continúa en su puesto tras la jubilación no estaría “quitándole” el trabajo a nadie, ya que cuando compramos algo, lo que hacemos es intercambiar el producto de nuestro trabajo por el del trabajo ajeno, por tanto toda producción genera a la vez derechos a consumirla. Si el trabajo es el verdadero generador de valor (placer), además de la medida del valor de cambio (precio), crear trabajo sería equivalente a crear dinero. Aparte se produciría un efecto curioso, y es que la persona jubilada que siguiera trabajando, estaría contribuyendo a pagar su propia pensión, (tanto a través de su mayor capacidad de consumo como por el consumo ajeno de los bienes que produce) con lo que el conjunto de trabajadores tocaría a menos parte.

También hay que apuntar que el estado también se beneficiaría de que el trabajo quedase libre de sus propios impuestos, porque también para él este sería más barato. Puede parecer absurdo, pero en este caso es que lo es. Actualmente el estado paga o asume el coste de la cotización de sus empleados o subcontratas, importe que directamente se le descuenta para futuros pagos de su pensión, pero que mientras tanto ese gasto ya ha tenido que ser reflejado en sus presupuestos, inflándolos, casi siempre tanto que incurren en déficits que tienen que ser financiados con deuda. Deuda con sus intereses que podrían ahorrarse por el simple hecho de cambiar impuestos al trabajo por impuestos al consumo.

Y no sólo eso, los impuestos al trabajo absorven una gran cantidad de recursos en gestión y control, tanto para el estado como para las empresas, siendo las más pequeñas, con mucho, las más perjudicadas, porque son las que asumen más gastos de administración en relación a su volumen de negocio. Por ello, la simplificación y agilización de papeleo que resultaría del cambio a un impuesto al consumo, supondría para todos, pero para ellas especialmente, un ahorro y un alivio muy importante.

Pero si es tan ventajoso… ¿por qué no se hace así? Aquí entra en juego algo que rara vez nos planteamos. Creemos que el sistema se asienta sobre firmes soportes, que todo está minuciosamente estudiado y planificado, y que si se hace así y no de otra manera es porque alguien ha analizado pormenorizadamente los pros y los contras y ha llegado a la conclusión de que este modelo es el más seguro o más efectivo. O simplemente que si tal modelo ha triunfado es, como en la selección natural, el mejor o más evolucionado. Pero la verdad nos puede sorprender y hasta estremecer. Porque en realidad es que hemos llegado aquí por las vicisitudes sucedidas a lo largo de la historia y a las soluciones que les fueron dando a cada momento. No hay nada planificado, y mucho menos a largo plazo.

Si en su momento gravaron las actividades productivas fue simplemente porque era lo más sencillo. El recaudador llegaba y lo tenía fácil: tanta tierra, tantos maravedís, y así con cada cabeza de ganado, molino, etc. A nadie le preguntaban la cuenta de resultados o el volumen de negocio; un zapatero pagaba tanto y un curtidor esto otro. Sencillo y efectivo, y las reclamaciones al rey. Pero hoy en día el volumen de información que podemos procesar es infinitamente mayor, por tanto quizá sea hora de plantearse nuevos modelos.

 

.                                         TRABAJO GARANTIZADO.

 

Hasta aquí nos hemos esforzado en otorgarle a las empresas las mejores condiciones operativas posibles, de forma que todas estas facilidades puedan disparar la actividad y el trabajo. Pero nada asegura que estas medidas por sí solas puedan acabar con el desempleo. Y este hecho sería extraordinariamente grave porque los trabajadores no contarían con ningún tipo de protección ante esta circunstancia, por lo que el estado tendría que hacerse cargo de ellos, pero no para darles una prestación, como hasta ahora, sino un empleo.

Ahora bien, podriamos estar hablando de cifras muy importantes. En paises con un paro estructural tan amplio como España, no es descartable que éste no bajase de dos millones de personas. ¿Cómo podría el estado emplear a tal cantidad de gente? Y sobre todo… ¿en qué?  Además hay que tener en cuenta que la industria pública no debería interferir en los campos de actividad de la privada, porque competiría con ella en superioridad de condiciones, restándole cuota de mercado, y con ello actividad y empleo, con lo que no estariamos haciendo más que quitar de un lado para poner en otro. Por ello el estado tendría que limitarse a actividades o sectores de los que aquella no pudiera o quisiera ocuparse. ¿Y cuales son estas? Pues evidentemente aquellas que le son menos rentables.

La tremenda efectividad alcanzada por las cadenas de montaje, ha hecho que oficios que antes eran rentables, como la reparación de relojes, calzado, electrodomésticos, etc, en muchos casos hayan dejado de serlo. En esta ocasión no es que el estado tenga que ponerse a ello, pero eximiendo el pago  del impuesto al consumo a este tipo de actividades, podrían volver a hacerlas rentables. En principio no parece algo muy inteligente, al fin y al cabo va en contra de la doctrina de eficiencia que estamos promulgando. Pero lo es mucho más de lo que parece, y es así por una cuestión muy simple: balance de recursos.

Desde hace tiempo, nuestras capacidades productivas exceden con mucho las posibilidades materiales del planeta, y hace que cada vez nos sobre más mano de obra a la vez que se van haciendo cada vez más escasos los materiales. En estos casos, lo inteligente es aprovechar el recurso más abundante para recuperar o reducir el consumo de aquel que escasea, porque de hecho nuestra capacidad productiva está marcada, fijada y condicionada por la disponibilidad material. Ésta constituye el límite que aquella no puede traspasar. Por ello, la única manera de incrementar esta capacidad productiva es aumentar a su vez la disponibilidad material por medio de su recuperación o reduciendo su consumo.

Y esto no puede hacerlo la industria privada, pero no sólo porque sea menos rentable, sino porque, como ya vimos, a los contenedores de valor, el valor no se lo da la abundancia, sino la escasez, por ello a quienes monopolizan los medios de producción y los contenedores de valor no les interesa demasiado ni lo uno ni lo otro, es decir, ni aumentar la producción ni la disponibilidad de materiales. Este es por tanto el gran error del liberalismo y el porqué conduce a un callejón sin salida.

Así, el estado se haría cargo del reciclaje y recuperación de materiales a gran escala, tanto en el ámbito doméstico como en el industrial. Esto no sólo favorece la disponibilidad de materiales, sino que mitiga el de la gestión de residuos, haciendo de un gran problema el principio de una solución, y todo por el módico precio del empleo de unos cientos de miles de unidades de trabajo, de los millones que el sistema tan alegre como inconscientemente desecha.

Muchos aducirán que esta es una inversión deficitaria y por tanto ineficiente, sólo sostenible por la capacidad del estado para acumular déficits permanententes. Pero sus cálculos y argumentario se basan en el dinero, y aquí una vez más vemos las ventajas de cambiar de perspectiva y de unidad de medida. Hasta ahora, la contaminación que vierten las empresas al medio ambiente no pasa directamente factura a su cuenta de resultados, mientras sí tiene un impacto directo en nuestra salud, displacer y calidad de vida. Pero lo mismo pasa con los distintos artículos una vez terminada su vida útil; lo cual incumbe tanto a los usuarios al deshacerse de ellos, como a la responsabilidad que tienen las empresas en la duración de esta “vida útil”.

Eso quiere decir que tanto contaminar como desechar (valga la redundancia), salen en gran parte “gratis”. Pero al conjunto de la sociedad no, pues al final es esta la que tiene que asumir el coste de la factura, sino en forma de dinero, desde luego sí en forma de displacer. Y puesto que la sociedad paga, en justicia la sociedad tiene plena legitimidad para revertir esta situación a cuenta de los impuestos, tanto más por cuanto estos afectan al consumo en  lugar de al trabajo, es decir, que pagan más quienes más potenciales desechos pueden generar, y quienes más energía y emisiones han demandado con su consumo. Cuidar de nuestro entorno o nuestro planeta puede que no sea “rentable” en términos dinerarios, pero indudablemente sí lo es en consideraciones de placer/displacer. Además, a fin de cuentas, se trata de recuperar desechos empleando para ello otros “desechos”, en este caso del mercado laboral, con lo que la eficiencia de tal medida está más allá de toda duda.

Nuestro desarrollo, además de los límites materiales, también se encuentra con los energéticos. En comparación, el recurso humano es mucho más abundante que los otros dos, o al menos dependen de este, y es por ello el que debe resolver las limitaciones que los otros plantean. De este modo el estado también debería ocuparse de la generación energética, especialmente la renovable, mediante la creación de paneles e instalaciones fotovoltaicas y termosolares, así como plantas maremotrices, de biomasa, aerogeneradores, etc. Esto puede ir contra lo de no interferir en los campos de actividad de la industria privada, pero aquí el estado podría optar por dos vías: o bien servirse a sí mismo, es decir, fijar su tope de producción anual a las estimaciones de su propio consumo, o ir desaciendose de instalaciones dividiéndolas en participaciones y vendiéndoselas a pequeños inversores particulares.

Aquí ya conviene hablar de acciones más concretas, -y con ello más suceptibles a la discusión y mejoras- en este sentido, una propuesta muy interesante es cubrir gran parte de la superficie de los pantanos con plataformas flotantes con paneles fotovoltaicos. Estas instalaciones contarían con numerosas ventajas sobre las radicadas en tierra, como las de no consumir terreno, ni necesitar allanarlo o adaptarlo, por lo que así puede aprovecharse para otras actividades, de este modo, la compra o alquiler del mismo se ahorra. Además, sobre el agua es más sencillo hacer girar los paneles en seguimiento al sol. Dado que se instalan donde ya hay una planta de generación y distribuición eléctrica, el cableado hasta ella es ínfimo. Aparte de que este cableado iría bajo el agua, a temperaturas más bajas, lo cual favorece la eficiencia en la conducción y reduce las pérdidas. Todo ello también sería un importante ahorro. Puesto que los pantanos están vigilados de por sí, no sería preciso destinar muchos más recursos a ello, con la ventaja adicional que, al estar en el agua, los paneles serían de más difícil acceso.

Otra ventaja es que las plataformas o barcazas podrían ser modulares, de forma que llegarían prácticamente montadas de fábrica, con lo que la puesta en funcionamiento podría ser casi inmediata. Por si esto fuera poco, la luz se refleja en el agua, con lo que tales paneles captarían más luz solar que en tierra. También ocurre que ante una circunstancial sobreproducción, en algunos lugares u ocasiones la solución tal vez pudiera ser tan sencilla como girar al revés las turbinas del pantano y subir el agua en vez de desembalsarla. Y por si no fueran bastantes ventajas y ahorro, hay otro no poco menos importante y vital, y es el del mismo agua. Al reducir la superficie expuesta al sol, así como la radición incidente sobre ésta, la evaporación se reduciría notablemente. En un futuro donde el agua será un recurso vital, sólo por esto ya merecería la pena hacerlo.

También sería interesante el aprovechamiento de la biomasa, especialmente en los montes, ya que al desbrozar y recoger la leña caida se reduciría notablemente el riesgo de incendio junto a buena parte del combustible de éste. La idea seria hacer pelets para alimentar calderas de calefacción. Esto podría ir acompañado de facilidades para la explotación ganadera del monte, cosa que mantendría la maleza bajo control y que reduciría el riesgo de ignición, aparte de facilitar las tareas de extinción cuando ya estuviese prendido. Todo esto serviría para ocupar bastante gente en zonas muy castigadas por la emigración y el desempleo.

En vez de llevar los trabajadores al empleo, concentrándolos así cada vez más en las zonas urbanas, lo ideal sería llevar el empleo a los trabajadores, y ahí el principal reto lo encontrariamos en las zonas rurales, donde el desempleo ronda el 20-30% y la despoblación y su envejecimiento es una constante que compromete su futuro. El desafío es colosal, porque se trataría además de reducir los desplazamientos y con ello el despilfarro de energía y tiempo, lo cual casi obligaría a dotar a cada población de suficientes medios de producción. Esto pasa por la tierra, y ahí encontramos el primer y principal problema.

Como ya expuse al principio, lo que le da valor de cambio a la tierra es que no todos tengan libre acceso a ella; al contrario de lo que ocurre con el sol y el aire. Pero eso en cierto modo es antinatural, puesto que otros medios de producción, como pueda ser una fábrica, son inequívocamente obras humanas, en tanto la tierra no, esta ya estaba ahí antes de la existencia del hombre. Si el trabajo es lo que crea las cosas, es el trabajo quien debe tener su soberanía. Y en el caso de la tierra, si el  mismo derecho de posesión es cuanto menos discutible, su preeminencia sobre los derechos del trabajo no debería ser aceptable.

Hay otra diferencia fundamental entre el sector agrario y el industrial, y es que en este último, para crear empleo y medios de producción, prácticamente sólo se necesita aplicar trabajo, mientras que en el campo, son únicamente quienes tienen acceso o propiedad de la tierra quienes tienen capacidad para crear esos empleos o aplicar esos trabajos. Aquí, el trabajo, la creación de valor, queda enteramente subordinado al control de un soporte de valor, como es la tierra. Y ese es precisamente el problema, que el trabajo, para poder desarrollar su actividad creadora, tiene que ofrecer una renta o tributo a los propietarios de los contenedores de valor, y eso no es justo, ni práctico, ni muchísimo menos, eficiente.

Aquí, sin atacar el ploblema de raiz, que sería la atribución o acaparamiento privado de algo que no ha creado enteramente el trabajo (la tierra y contenedores de valor en general), es enormemente complicado llegar a soluciones satisfactorias. Pero podemos salir del paso con algunas al menos aceptables, que forzarían a concesiones por ambas partes, en base a dos premisas: la soberanía de los propietarios sobre sus tierras, y la soberanía de los trabajadores sobre su trabajo. Asimismo, los intereses comunes deben tener prevalencia sobre los intereses privados. En base a ello, cuando ambas partes entren en conflicto, el árbitro debe ser la eficiencia. Pero como esto dificilmente se puede visualizar sin ejemplos prácticos, vamos con algunas ideas o medidas para la creación de empleo y en busca de esa eficiencia.

Una de ellas sería un plan nacional en que se determinasen las necesidades y se programasen e incentivaran los cultivos en los que no se alcanza a cubrir las demandas del mercado, así como primar especialmente a aquellos que precisan más cantidad de mano de obra. En poco tiempo, cada ayuntamiento y por ende cada propietario podría tener un analisis aproximado de las caracteristicas de las tierras y a través de este conocimiento determinar qué cultivos son los más adecuados. Esto unido a las facilidades para la información que otorga la red y los contenidos multimedia, en poco tiempo se pueden emprender con razonables expectativas cultivos de los que nunca antes se hubiera tenido noticia.

Tanto daría que fuera realizado en explotaciones privadas o públicas, las últimas se ocuparían de la producción que las privadas dejaran de cubrir. Pero… ¿en qué tierras o bajo qué regimen? Lo preferible es que fueran acuerdos voluntarios, pero esto se antoja complicado cuando el sistema es tan reacio a abonar dinero por el arrendamiento, por lo que se hacen precisas soluciones más imaginativas. Una de ellas sería pactar el alquiler por varios años a cambio de mejoras en las tierras, como instalar un sistema de riegos por goteo, pozos, motores, balsas, limpiezas, etc, que favorezcan su ahorro o productividad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si el trabajo humano es nuestro principal recurso, y el que genera el valor, el consumo es su contrario, aquello que le resta valor y lo destruye. El ahorro, por su parte, es trabajo no consumido, o excedente. Todo nuestro progreso tecnológico tiene su base en la liberación de excedentes que a su vez permitieron habilitar nuevos excedentes. Toda maquinaria puede considerarse un ahorro o inversión de trabajo. Por ello no debería haber ninguna duda sobre cuál es la mejor opción. Es algo que muestra hasta qué punto ha degenerado la autoproclamada “ciencia económica”, ya que sólo esta podría defender una aberración como la “sociedad de consumo”.

 

 

Por si fueran pocas razones, un valor de cambio basado en el trabajo o displacer, y por tanto deflacionista, tendría consecuencias importantes sobre los contenedores o soportes de valor. Puesto que los precios bajarían continuamente, sería imposible usarlos para la especulación. Esto sería inmediatamente visible en bienes como la tierra, en especial en los terrenos urbanizables, que al no poder esperarse obtener benefico o plusvalor por su simple tenencia, al consolidarse la tendencia deflacionista su valor de cambio caería en picado, acabando repercutiendo fuertemente también en los precios de la vivienda. En definitiva, pondría el recurso del trabajo, generador de valor, por encima de los contenedores de valor, lo cual es signo de eficiencia.

Vamos a tratar de resumirlo: nuestro principal recurso es el trabajo y el conocimiento humano, junto a la intensidad y eficiencia con la que se realice. Pero esta depende en gran parte de la recompensa que se obtenga o no de este trabajo. Para hacer que esta recompensa sea lo más justa posible, y por tanto eficiente, la medida que lo determine debe ser lo suficientemente precisa. Obviamente tenemos un conocimiento infinitamente más preciso de todo lo que conlleva nuestro propio trabajo, para valorarlo adecuadamente, que el que podamos tener acerca del valor real de cada artículo que compramos. Aparte de ello, es muchísimo más complicado “especular” con el valor del propio trabajo, -es hasta difícil de concebir- y en cambio no sólo es más fácil hacerlo con el valor de distintos bienes, sino que es más frecuente, hasta el punto que en ocasiones se puede vivir de ello como un “trabajo”. Por todo ello, el coste o displacer del trabajo es una medida mucho más precisa, y sobre todo eficiente, que la del valor, utilidad o placer de los artículos producidos mediante este trabajo.

Ahora bien, una cosa es conocerlo y otra hacerlo efectivo. Hay que ser conscientes que todo valor es un valor relativo respecto al de otra cosa. Es un concepto muy parecido al que en astrofísica tienen del movimiento, que siempre se mide y determina “respecto a…” y eso no les impide hacer cálculos extremadamente precisos y ser unos de los máximos exponentes de la ciencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta diferencia, debido a las mejoras en las condiciones y tiempos de trabajo, así como en la productividad inducida por la mecanización del proceso productivo, cada vez es mayor, y por ello cada vez toma más relevancia quién se queda con toda esta plusvalía. Si el precio quedara muy cerca del precio de coste, aparte de no dejar margen para el intermediario capitalista, toda la ganancia recaería en el consumidor, que recibiría más placer del que paga. Por contra, si el precio lo determinara el placer o valor que tiene el artículo para nosotros, la ganancia sería para los productores, que recibirían mucha más recompensa o placer que el displacer experimentado, sobre todo si no participan de este displacer o trabajo, como los intermediarios capitalistas, y en cambio se apropian de la mayor parte de la recompensa. Por ello, la primera opción es mucho más justa, además de más sencilla y eficiente, como más adelante se demostrará.

Entre otras cosas porque, si bien es cierto que un trabajo puede producir muy distinto displacer a diferentes personas, la parte más decisiva del displacer que produce el trabajo es precisamente el tiempo de trabajo, y dado que el tiempo discurre igual para todos, eso homogeniza de forma importante el displacer de todo trabajo, de manera que los costes de éstos se mantendrán no sólo homogeneos, sino bastante estables. Por contra, el placer que nos produce un artículo, varía enormemente para cada persona, de tal modo que unos estarían dispuestos a pagar muchísimo, algunos no los adquirirían ni a precio de coste, e incluso otros no los querrían ni regalados. Esto quiere decir que mientras los costes permanecen bastante fijos o estables, la parte más flexible es el placer o valor asignado. Aparte de ello, necesitamos un sólo trabajo y en cambio precisamos muchas mercancías.

Dado que estamos “programados” para buscar el placer, de modo que el mismo dinero no tiene más valor que en lo que sirve para procurarnoslo, nuestra riqueza puede considerarse el saldo o diferencia entre placeres y displaceres.

Otra cuestión que tomaría un nuevo cariz desde la nueva perspectiva, seria el de las llamadas: “externalidades”. Fenómenos como la contaminación, que tienen gran impacto en la salud y en el grado de satisfacción de las personas, que considerariamos nuestra verdadera riqueza, deben entrar por tanto en nuestros cálculos económicos y a su justo precio. Nada más. Sopesando pros y contras, pero mirando a la cara al problema y abordándolo con decisión.

Lo cual tendría características que recuerdan al concepto marxista de ‘plusvalía’. Si bien ésta se mostraría con una naturaleza y ubicación muy distintas a la descrita por Marx, dejando de girar en torno al eje patrón-obrero, para ser más bien una cuestión entre productores-consumidores. Cosa lógica, además, ya que un planteamiento científico debe tener validez en todos los ámbitos y supuestos, y mientras que un modelo con patrones y asalariados sólo es opcional, sin producir ni consumir no hay economía alguna. Así, toda ganancia capitalista vendría de un proceso de intermediación entre productores y consumidores, más o menos impuesta, en cualquier caso privilegiada y superflua, pero sobre todo ineficiente, y que se beneficiaría tanto de los unos como de los otros.

Llegados a este punto, es importante comprender cómo se puede desarrollar este proceso, ya que debido a los continuos avances técnicos y a la mecanización resultante, los trabajos tienden a ser más livianos y llevaderos, mientras que la productividad, particularmente en la industria, aumenta cada vez más y más rápidamente. Ello hace que la diferencia entre el displacer que conlleva un trabajo y el placer resultante de lo producido a través de él se incremente constantemente, por lo que cada vez es más importante determinar lo que sucede y quién se beneficia de esto que no me resisto a llamar: ‘plusvalor’.

Por eso es tan importante aprovechar todas las unidades productoras, que toda la gente que lo desee pueda obtener un trabajo, ya que de no ser así no podría exigir a cámbio de éste la recompensa que creyese justa, y entonces ya no sería una sociedad basada en el libre intercambio de placer, sino que imperaría las relaciones de fuerza y poder, ya que una sociedad que amenaza al individuo con dejarle fuera de sus medios de producción, le golpea donde más le duele, su instinto de supervivencia, con lo que en poco se diferencia con arrebatarle el fruto de su trabajo con una navaja. Cuando alguien tiene que conformarse con lo que le ofrezcan, en vez de trabajar por lo que cree justo, sólo en parte trabajará por la recompensa, pero por otra podrá tener mucho más peso el castigo, la amenaza de perder el trabajo y su medio de subsistencia. Una sociedad o sistema económico basada en el miedo y el castigo, no es una sociedad libre, ni mucho menos feliz; es una sociedad sal

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